Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (enero 2019)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2019.

Aprendí de san Manuel que se consigue más con la alegría que con la exigencia

Entrevistamos a María Luisa Ramos (Willy), hija de una gran amiga de Mª del Carmen Varela, la persona que por intercesión de san Manuel, se curó milagrosamente de su enfermad y que fue instrumento de Dios para la definitiva aprobación de su causa de canonización. Willy está casada, tiene 43 años, es madre de tres niñas y un niño, y es una apasionada por san Manuel, su vida, sus enseñanzas y su testimonio.

Querida Willy, al ponernos en tu lugar y pensar en la curación milagrosa de un miembro de la familia, el corazón se nos llena de alegría, de fe, de esperanza ¿podrías contarnos cómo has vivido tú la curación de tu tía? ¿Cómo fue el proceso?
La mayoría de las personas lo perciben y expresan así, como tú me lo planteas, sin embargo para mí no fue tan fácil, me costó bastante comprenderlo, hacerme a la idea de que un milagro había acontecido en mi familia. Hasta el pasado año no entendía por qué me había tocado a mí. Yo creía en los milagros, de hecho el nacimiento de mi hija Irene era para mí un milagro de san Juan Pablo II. Nunca me había faltado la fe, pero a pesar de todo, san Manuel todavía no me había tocado el corazón.

Recuerdo cuando me llamó Ramón, hijo de María del Carmen, y me dijo que la curación de su madre parecía ser un milagro. En ese mismo momento, me dijo que irían a mi casa unas hermanas a hacerme algunas preguntas, iban a estudiar el caso y se necesitaban testigos. Ni qué deciros del susto que esto suponía para mí, pensaba qué me preguntarán, serán preguntas de catecismo; yo desconocía totalmente cómo se llevaba a cabo un proceso de este tipo.

Así fue como conocí a las hermanas Misioneras Eucarísticas de Nazaret, especialmente a Ana Mª Palacios. Los años pasaron, con las hermanas nos veíamos esporádicamente y, sin embargo, unos años antes de la canonización, Ana Mª empezó a escribirme desde Palencia y realmente puedo decir que gracias a ella conozco a san Manuel. Me empapó de él, me escribía sus pensamientos, me contaba su vida, me regalaba sus libros. Yo empecé a querer a san Manuel y a tenerle devoción a través de ella. De hecho, aun hoy, la hermana pasa todos los días una foto de nuestra familia por la tumba de D. Manuel. ¡Qué regalo!

Así comienzo a entenderlo todo, a encontrar el sentido de este gran acontecimiento en mi vida, en mi familia. San Manuel me abre un nuevo camino.

Tienes una cuenta de Instagram en la que hay fotos de pinturas que tú haces, que no por casualidad, también están vinculadas con san Manuel, ¿quieres contarnos un poco cómo se despierta en ti este talento artístico y en qué punto del camino se encuentra con el deseo de dar a conocer a san Manuel?
s una larga historia. Yo era financiera, había estudiado Dirección de empresas, trabajaba de esto, pero lo dejé porque era incompatible con mi salud. Desde los 17 años tengo una enfermedad en la que se me van dañando los nervios de la pierna a la espalda, llevo un total de ocho operaciones y esto me exige pasar mucho tiempo en reposo.

Cuando dejo el trabajo empiezo a trabajar desde casa para una gestoría. Al principio el reposo no me impedía hacerlo. Sin embargo, cuando tenía ya los cuatro niños, se me hacía muy difícil llegar a todo. Yo necesitaba ser útil, mi padre siempre me lo había inculcado, tenía que ser productiva y tal vez esto llegó a pesarme en negativo. En ese momento, me llega la discapacidad del todo y tengo que dejar este otro trabajo.

Para canalizar el dolor que la enfermedad me provoca, un médico me recomienda buscar algún hobby. En un primer momento, quise hacer restauración, pero no encontré plaza, entonces pensé en la pintura y me metí de lleno allí, casi como autodidacta, en casa. Después una amiga me consiguió una profesora muy buena, así que voy a sus clases y pinto en casa.

Es un talento que Dios me ha dado y que me ha ayudado mucho, nunca pensé que esto también fuese camino hacia san Manuel. El dinero que reúno con la venta de los cuadros lo destino al pago de las imágenes de nuestro santo, tal es el caso de la que se ha colocado hace poco tiempo en la capilla del Santísimo en la catedral de Santiago. Es mi apostolado, la manera de difundir su persona, su obra y, a la vez, el camino por el cual se encauzó mi dolor y mi deseo de ser útil.

¿Cómo surgió la posibilidad de entronizar la imagen de san Manuel en la catedral de Santiago, en la capilla de la que nos hablas? ¿Cómo nació la idea y que significó para ti?
El verano pasado fuimos con mi familia unos días a Galicia. Allí vive D. Carlos Álvarez Varela, sobrino de mi tía Mª del Carmen y rector del seminario de San Martín Pinario, gran devoto de san Manuel, de hecho gracias a él está su imagen en el seminario.

Uno de los días que pasamos en el seminario, el deán de la catedral me dice que le haría muchísima ilusión tener a san Manuel en la catedral, que le tiene mucha devoción y que, para rezarle, va todos los días al seminario. Le dije que contara con ello, no sabía cómo, pero lo conseguiríamos.

En un primer momento, pensé en acudir a las Marías de los Sagrarios que conozco y pedirles que me ayudaran a conseguir el dinero necesario. Sin embargo, esa misma noche, coincidiendo que la habitación donde nosotros dormíamos lindaba con la pared de la capilla en la que está el Sagrario, sentí como una revelación muy fuerte: tenía que confiar plenamente en el Señor y abandonar todo lo mío a Él.

Con la ayuda de mi hermana María, ese mismo verano, había hecho una exposición de cuadros en casa, en la que había vendido casi todos, ese dinero era para mí como un ahorro. En esa noche del seminario me dije, el dinero de los cuadros es para la imagen de san Manuel.

Al despertar a la mañana siguiente, lo tenía muy claro: ¡ya está, tenemos el dinero! Hablamos ese mismo día con el escultor y le pedimos la figura. Por cierto, le estoy enormemente agradecida, pues postergó muchos trabajos para tenerla lista lo antes posible.

Para mí era una gran ilusión. De pequeña iba siempre con mi madre a rezar a la catedral, ella es de Galicia. Siento esta catedral como propia, tiene para mí un significado muy grande, y que san Manuel pudiera estar allí era algo que me emocionaba. Yo no sabía dónde lo pondrían y cuando me dicen que su lugar es la capilla del Santísimo, no lo podía creer. Además, ¡junto a la Virgen del Carmen! Fue sentir que se cerraba un ciclo: el milagro de curación de mi tía Mary Carmen, la imagen de san Manuel junto a la Virgen que lleva su nombre y en un lugar sumamente lleno de valor para mí, gracias a lo que mi madre fue sembrando en mi infancia.

Ahora quiero que todos los seminaristas de Santiago tengan la imagen de san Manuel para sus parroquias cuando los ordenen sacerdotes, es mi meta, pues todos son muy devotos suyos. De esta manera, también podrán formar grupos de Marías que sigan eucaristizando el mundo.

¡En tu vocación de esposa y madre de familia, ¿en qué te ayuda la amistad con san Manuel? ¿Cómo vives su cercanía en el día a día??
En la exigencia de la alegría y de transmitir paz. Yo soy rebelde e inquieta por naturaleza y ese deseo de transmitir paz es muy importante para mí: la paz familiar, la paz del corazón, dar tranquilidad al que tienes al lado. Yo era muy exigente y el Señor me mostró que hay dejarse más en sus manos, ir a lo esencial.

Aspiro a que quienes me rodean vean a Dios en mí, haciendo vida la jaculatoria de san Manuel que dice: «Corazón de Jesús, que quien me mire, te vea». Es lo que más deseo, con paz, alegría y felicidad. Aunque a veces falte, lucho por la alegría y la paz. He aprendido de este gran santo que se llega allí más desde la armonía que desde la exigencia.

Además, me parece importante educar a mis hijos en la libertad, para que sean en el día a día testigos de Dios: en el supermercado, en casa, en el coche, en lo que surja, en cualquier sitio. Ser testigo en lo pequeño que es lo difícil, incluso cuando toca ir contracorriente, pues lo grande es fácil de hacer. De hecho nuestro lema es: «nuestra familia es diferente», encarnando un poco este deseo de construir desde lo pequeño. A veces cuesta, en esos momentos es cuando el abrazo del Señor y de san Manuel, me impulsan a seguir adelante.

Tienes cuatro hijos preciosos, un gran regalo de Dios, no solo porque la vida siempre es un don, sino también porque los embarazos han supuesto para ti un riesgo, una llamada fuerte a la confianza y la generosidad ¿Cómo valoras la vida?
La vida para mí es el regalo más grande, de hecho yo siempre quise tener muchos hijos. Sin embargo, después de tener a mi primera hija, Sofía, los médicos me dijeron que no podría tener más hijos, ya que por mi salud era muy riesgoso. Así fue como iniciamos un proceso de adopción ya que nos movía el deseo de dar vida, y el Señor trajo a nuestras vidas a Elena, «mi regalito del cielo», como yo le digo.

Aun así, en medio de este camino, incluso antes de llegar Elena, quedo embarazada de Irene. A su nacimiento atribuyo la intervención milagrosa de san Juan Pablo II, no solo porque ella nació bien, sino porque al contrario de lo que los médicos esperaban, pude tener salud suficiente para ella y para acoger a Elena. Ambas me necesitaban y Dios permitió que pudiera darles lo mejor de mí.

Por último, Santiago, el más pequeño, no por casualidad lleva ese nombre, el embarazo fue complejo, con 25 semanas de gestación ya estaba prácticamente para nacer y con la fuerza de la oración todo se fue solucionando. Recuerdo que llamé a D. Carlos, de quien os hablé antes, y le dije: «Reza mucho por mi niño, para que todo salga bien. Él irá a tu seminario».

La vida es un privilegio para mí, mis hijos son un regalo que Dios me ha dado y nuestra gran misión es acercarles a Dios, que quieran al Señor. Somos sus cuidadores temporales para conducirles por el camino del bien y la felicidad.

Desde tu experiencia de fe, ¿qué le dirías a alguien que se enfrenta al dolor, a la limitación física? ¿Cómo vives tú la enfermedad?
Me gustaría decirles lo que decía san Manuel, que toda cruz tiene su almohadilla, solo hay que descubrirla, todo tiene su sentido. El dolor no es malo, lo que pasa es que la sociedad busca convencernos de que la enfermedad es un fracaso. De hecho, un médico una vez me dijo no ya que mi operación había sido un fracaso, sino que yo era un fracaso. Esto es una pequeña representación del pensamiento que muchas veces pulula actualmente.

Es necesario decir que los no válidos somos muy válidos. Yo me miro y veo que puedo. Sin embargo, a veces se nos minusvalora, se nos mira con discriminación. En el dolor, el Señor me ha dado la gracia de estar cerca de Él, soy una privilegiada y la gente no lo sabe. Es un don que Dios me ha dado casi desde el principio: el saber que en la enfermedad podía ser útil. En este sentido, he aprendido mucho de san Juan Pablo II, yo creo que en el final de su vida, viviendo él la enfermedad, dignificó al enfermo.

No tengo miedo del dolor, Dios sabe lo que quiere de mí, Él saca sus frutos, sabe también que no camino sola, que en mi mochila van personas, y, aunque a veces me inquieta lo que pueda venir, confío.

Eres una persona optimista, llena de esperanza, en ningún momento dejas de sonreír. ¿Dónde está la fuente de tu alegría?
Soy alegre por naturaleza, pero sin duda que la fuente de mi esperanza y alegría está en el Señor. Me gusta mucho acercarme al Sagrario, incluso muchos días que paso en reposo, me uno mentalmente a Él, me voy interiormente a mi Sagrario.

La Eucaristía es mi vitamina, mi fuerza. Para mí son muy fáciles las épocas de reposo porque me encuentro muy cerca del Señor, le siento darme la mano, incluso tengo una cruz que me han traído de Tierra Santa, es la cruz del enfermo y al cogerla en las manos es como un abrazo. Cuando tengo dolores muy fuertes, incluso noches sin dormir, la aprieto en mi mano y verdaderamente siento que el Señor me sostiene.

San Manuel me ha enseñado a dar alegría y paz a cualquiera, sin prejuicios, porque todos tienen derecho a recibir una sonrisa.

San Manuel te ha concedido muchas gracias, te ha hecho muchos milagros, ¿cuál crees que es el más grande, el que más te ha tocado el corazón?
El regalo más grande que me ha hecho es el de haber tocado el corazón de mi esposo, Eduardo. El era creyente, pero no practicante, lo había sido en su día, pero en un determinado momento ya no. Yo siempre rezaba por él, su falta de fe me costaba, pero intentaba esperar con paciencia el momento del toque de gracia.

Ese momento llegó el verano pasado. Ahora es él quien me busca para ir a Misa diariamente. Es un gran devoto de san Manuel y lee sus libros. Es una felicidad inmensa para mí poder compartir la fe con mi marido, me encanta verlo fascinado en la adoración eucarística, en el grupo amigos de san Manuel en Madrid. Hemos encontrado un tesoro juntos, así lo vivimos y compartimos.

Sin duda, encontrarte con san Manuel fue un plus en tu vida de fe, ¿cuál crees que es su mensaje para hoy? ¿A qué nos invita?
San Manuel, su persona me parece tan actual, nos dice tanto. Sobre todo creo que nos invita a algo muy fácil y a la vez, muy difícil: sonreír y crear la paz. Parece fácil y no lo es porque la vida te puede, pero no es imposible, Él nos da prueba de ello, basta mirar su rostro, su sonrisa, un hombre lleno de Dios y con los pies en la tierra.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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