Con mirada eucarística (diciembre 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2018.

También Europa nace en Belén

Es diciembre, el mes en el que conmemoramos el nacimiento de Dios. Cómo pasa el tiempo. Es el mes en el que sucedió algo extraordinario por allá, por un pueblecito de Palestina llamado Belén, y que muy pocos supieron que estaba sucediendo.

A partir de entonces los hombres conocemos el rostro de Dios y le ponemos nombre: Jesús. Unos sencillos conocedores de la Verdad, apóstoles, discípulos, sacaron fuerzas, incluido el martirio, para propagar a Cristo por el mundo entero. Pedro y Pablo recalaron en Roma. A España llegó Santiago. A partir de aquí tuvo lugar el maravilloso espectáculo de la cristianización de Europa, un espectáculo divino. La historia continuará después por las descubiertas tierras americanas.

Id y predicad
Y la historia continúa hasta hoy. Hace unos días, en la Fundación Pablo VI con sede en Madrid, ha tenido lugar un congreso sobre la participación de la Iglesia en la Sociedad Democrática. Se trata de analizar la contribución de la Iglesia española a la denominada «transición» y a los cuarenta años de nuestra convivencia democrática. A través de las distintas ponencias y sus participantes se ha puesto de manifiesto, en un lenguaje políticamente correcto, el papel importantísimo de la Iglesia en el terreno de la cultura, de la educación, del desarrollo social, y su relación con el Estado. Son cosas que se ven. Ya decía un jovencísimo Manuel González que sin el concurso de la Iglesia no hubiera sido posible nuestro desarrollo individual y social.

Pero hay que hurgar más allá, en el terreno de lo invisible, en el lugar de las raíces, pues sin ellas no es posible la existencia de los árboles. El proceso fue largo, siempre en movimiento y nunca acabado. Todo comenzó un 25 de diciembre de hace más de dos mil años.

Un mandamiento nuevo
Cristo nos trae la dignidad humana. El Dios todopoderoso decidió un día hacerse igual a nosotros, tomar forma humana en un cuerpo igual al nuestro, nacer, padecer y morir lo mismo que nosotros. Dios, el omnipotente, nos muestra a los hombres el camino de la igualdad. Todos somos seres igualmente valiosos.

Dios nos dice desde entonces que para Él no hay distinciones, ni por sexo ni por creencias ni por origen ni por nada, que todos somos igualmente hijos suyos, que todos podemos llamarlo padre, papá. Lo dice Jesús muchas veces en los Evangelios y lo pone en práctica al convocar junto a él a los más pobres, los más desfavorecidos, los desechados de la sociedad, pues todos los hombres estamos en posesión de idéntica dignidad: la dignidad divina. Nos dice que nuestro enemigo también es nuestro prójimo en una de las posadas existentes en el camino de Jerusalén a Jericó; nos dice, en aquella tremenda escena de la lapidación de una mujer, que nadie es superior a nadie ni mejor que nadie, pues ninguno estamos libres de pecado; nos dice en fin que nos amemos los unos a los otros como él nos ama.

Y este mensaje prendió como la pólvora y se extendió por toda la Europa romanizada de la época. Con tal fuerza prendió, que fue capaz de la muerte injusta de tantos y tantos cristianos, la misma muerte que Jesús había recibido en la cruz.
La dignidad divina del hombre merece la pena. Esta es la razón de su igualdad. Su consecuencia es el amor entre hermanos. Así comenzó a hacerse Europa.

Por causa de la justicia
Y el camino no fue fácil por aquella Europa de guerras intestinas, de guerras incluso en el nombre equivocado de Dios. Así es el hombre. Mas los principios cristianos estaban sembrados y crecían las espigas. Son los principios del Dios que es Jesús de Nazaret, los principios más humanos. A la Europa de la filosofía griega y del derecho romano se unía a su vez el cristianismo que transformaba todo para hacerlo mejor, a pesar incluso de que el cristianismo se presente bajo credos diferentes. Así sigue siendo el hombre. También hay cosas nobles que igualmente pueden verse. No se explica la difusión de la cultura sin la copistería medieval de los monasterios. No se explica la pasión por la búsqueda de la verdad sin el nacimiento de las Universidades, siempre al amparo de la Iglesia. Claro que hay sombras, pero hay más luces todavía: Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Francisco de Asís… La nómina es casi infinita.

Sin embargo, el iceberg oculta bajo el agua la parte más interesante y más potente. Los valores del Cristo, de Jesús de Nazaret, se hacen presentes en todas las partes de la historia de Europa, incluso aun cuando alguien los combata o hasta los niegue. No importa. Dios está siempre a la vuelta. Es totalmente congruente que importantísimos dirigentes actuales de la Europa de hoy reclamen para sus naciones una revitalización de las esencias cristianas. Es imposible la construcción de la ciudadanía europea sin la presencia del cristianismo.

Porque la dignidad del hombre, razón de su igualdad, culmina siempre en el amor fraterno, a pesar del odio y de la intriga, y busca la verdad. Buscamos la verdad en compañía, sobre todo la verdad última, esa verdad que realmente nos hace libres, buscamos la verdad del estado de justicia, donde el amor se expresa, esa justicia que no es otra cosa que la acomodación del obrar con la presencia de Dios en las conciencias. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia.

Todo esto sucedió en Belén, donde nació Jesús, el Cristo. Donde por cierto también nació Europa.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
Publicado en Con mirada eucarística, El Granito de Arena.

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