Editorial (diciembre 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2018.

Nada puede robarnos la Navidad

Llega diciembre y, junto con las luces navideñas en las calles y los anuncios de turrón, se comienzan a escuchar las voces de «nos están robando la Navidad», aludiendo a un sentido de descristianización de esta fiesta. Unas voces que, por lo general, pretenden aludir a una realidad evidente y consiguen dejar un sentimiento de tristeza y desasosiego en nuestro interior.

Si bien es casi una frase tópica para estas fechas del año, una frase a la que damos credibilidad total, deberíamos ser capaces de analizarla con lupa y repetirla solamente cuando hayamos corroborado su veracidad. ¿Es algo realmente tan obvio el robo de un regalo, el mayor de todos, que pudiera habernos hecho Dios jamás? ¿Dios dejará de hacerse hombre, de serlo, de estar con nosotros «todos los días hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20) por cuatro luces?

¿No será quizás más probable y preocupante, que los cristianos estemos demasiado atentos a lo exterior y, deslumbrados por estas luces pseudo-navideñas, no seamos capaces de entrar en nuestro interior para escuchar la voz serena y constante de Dios: «No temáis. Alegraos» (Mt 20,10. 9)?

En un mundo que con tremenda facilidad confunde placer con felicidad y celebración con algarabía, los cristianos estamos llamados a ser testigos de la verdad. Con el testimonio de una vida realizada y feliz más allá de las circunstancias que nos rodeen.

No deja de ser llamativo que la etimología griega de la palabra «testigo» sea la misma que la de «mártir». ¡Cuan acertada esta raíz en nuestros días! Aunque en no pocos países los cristianos sufren verdadero martirio físico en nuestros días, son mucho más numerosas aquellas zonas en las que nadie pierde la vida por razón de su fe. Sin embargo, ¡con cuánta crudeza se vive esta analogía entre testimonio y martirio! No es sencillo, por cierto, vivir cristianamente la alegría rodeados de luces y algarabía y demostrar que no es esto, externo, la causa de nuestra alegre esperanza. No es sencillo conservar la paz delante del telediario y creer firmemente que a Dios nada ni nadie se le escapa de las manos. No es sencillo ofrecer las lágrimas y sufrimientos de cada día. No es sencillo vivir el dolor, propio y ajeno, con la confianza ciega en Aquel que hace nuevas todas las cosas, y que no rehusó el sufrimiento sino que le dio sentido muriendo en una cruz.

No, no es sencillo ser cristiano, pero quienes hemos recibido la luz de la fe sabemos que solo siendo mártires de nuestro tiempo, ofreciendo la otra mejilla, perdonando lo imperdonable, 70 veces siete, entregando la propia vida a cada instante se alcanza la verdadera alegría, la única que perdura ante todo tipo de dificultades y gozos.

No, nada puede robarnos la Navidad, porque ningún ser humano jamás podría crearla. Solo un Dios que es 100% amor pudo inventar tal locura y hacerla realidad, no simplemente recuerdo, año tras año. Corroborar que la Navidad está ahí, a un paso, a unos días, es una invitación y aliciente a hacer de nuestras vidas «existencias verdaderamente navideñas», es decir, vidas que muestran y demuestran, con el testimonio de entrega y generosidad, que Dios está vivo, entre nosotros, todavía en el siglo XXI, y nos muestra el camino hacia la felicidad plena. Aunque suene paradójico, para un cristiano verdadero, las luces y los anuncios de turrón jamás nos robarán la Navidad, por el contrario, son aliciente para construir un mundo navideño, en el que el amor reine por doquier. «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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