Beatificación del P. Arnáiz, s.j.

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2018.

Un nuevo beato, compañero de camino

La semblanza biográfica de D. Tiburcio Arnáiz que se recoge en el folleto editado para seguir la ceremonia de su beatificación concluye con unas preciosas palabras que pronunciara san Manuel González en el funeral de aquel buen padre jesuita en julio de 1926, «que el mundo no se ha de salvar con discursos, ni combinaciones políticas, sino con santos y solo con santos».

Puntuales y desafiando a la lluvia miles de malagueños se echaban a la calle en la mañana del 20 de octubre para llegar a la catedral, que se llenó pronto con todos aquellos que no querían perderse la ceremonia de beatificación de este «sacerdote manso, humilde y obediente, misionero infatigable del Sagrado Corazón», como dice el himno compuesto para esta ocasión y que se entonaría en la ceremonia. Personas muy sencillas y diversas entre el público, las mismas que han venido llenando la iglesia del Sagrado Corazón los días 18 de cada mes, cuando se celebraba la Misa en su memoria, en aquella iglesia regentada por los jesuitas. Los restos del P. Arnáiz reposan en la iglesia del Sagrado Corazón gracias a una concesión pontificia que tramitó el obispo de Málaga ante el nuncio, recogiendo los deseos de sus feligreses que «de ninguna manera querían oír hablar de su enterramiento en el cementerio». Se da la providencial circunstancia de que, habiendo sido asaltada la iglesia del Corazón de Jesús en Málaga durante los sucesos de 1931 y posteriormente en el 1936, la tumba del padre Arnáiz nunca sufrió daño alguno.

Recordando a dos santos
Las palabras proféticas, pronunciadas por D. Manuel «yo espero que la Iglesia hablará algún día y dirá a los hombres cuáles han sido las virtudes del padre Arnáiz», resonaron de nuevo en Málaga. Se escucharon ahora en la monición de entrada leída por una de las Misioneras de las Doctrinas Rurales, una asociación pública de fieles que se afanan en seguir la tarea de aquel infatigable misionero. En el altar, una imagen del Sagrado Corazón venía a recordar que en el amor al Corazón de Jesús el nuevo beato encontró siempre su gran estímulo, su fuerza.

En la homilía, el prefecto de la Congregación para las causas de los santos, cardenal Giovanni Angelo Becciu, glosó las enseñanzas que nos transmite el nuevo beato, el cual representa para la Iglesia de hoy el modelo de quien no niega a Cristo, sino que lo pone como antorcha para solucionar los males de nuestro tiempo, de quienes se llenan de Cristo para llevarlo a los demás. «El se sentía –dijo el Cardenal Becciu– corresponsable de los males espirituales y morales, así como de las heridas sociales de su tiempo y era consciente que no podía salvarse sin salvar a los otros».

La ceremonia que se había abierto con palabras de san Manuel se cerró con la intervención de la directora general de las Misioneras Rurales que, tras agradecer a todos los que habían contribuido en el proceso, volvió a recurrir a las palabras del santo obispo de Málaga, quien, estando de cuerpo presente el padre Arnáiz, no dudó en calificarle como ejemplo a seguir por religiosos, sacerdotes y fieles, pidiendo a los presentes: «sed padre Arnáiz».

Aurora Mª López Medina

Los cardenales también aplauden
Acababa de leer la fórmula de beatificación en un impecable latín, se volvió y vio cómo se iba descubriendo, lenta y majestuosamente, la imagen del nuevo beato. Las cámaras no lo mostraron, atentas a la cautivante sonrisa del P. Arnáiz, pero el prefecto de la Congregación para las causas de los santos, cardenal Giovanni Angelo Becciu, comenzó a aplaudir entusiasmado. La Iglesia de Málaga, de España, del mundo entero, tenía un nuevo beato inscrito en su libro. Los 3.000 fieles congregados dentro de la catedral malagueña y los que estaban fuera, sonriendo incluso con la lluvia, entonaron la mejor melodía con los instrumentos más selectos: lágrimas emocionadas acompañadas de un aplauso cerrado que duró varios minutos. Las rúbricas no le impedían manifestar, él también de esta forma, el entusiasmo y contagiarlo a cuantos allí se encontraban, por eso unió sus palmas a las de tantos miles.

El P. Arnáiz pisó ese mismo suelo catedralicio hace un siglo y llevó la Buena Noticia a los cuatro puntos cardinales. Era un testigo coherente y feliz, un soñador con los pies en la tierra. ¡Es un modelo tan necesario en nuestra Iglesia! Las causas nobles son aquellas que dan sentido a toda una vida y al gozo y, por paradójico que pueda sonar, al mismo sufrimiento. Es curioso. En nuestros días, cuando se contempla la vida de un santo, no es extraño detenerse en las penurias vividas y no tanto en los que gozos que son, en realidad, los que dan sentido a todo tipo de sufrimiento. Los santos han descubierto el gran tesoro y los sufrimientos son, simplemente, parte del camino. Una parte incómoda, es cierto, pero transitable con una sonrisa cuando se tiene clara la meta.

No en vano san Manuel González había comentado, emocionado, en el funeral del P. Arnáiz, el entusiasmo con que le había manifestado sus anhelos: «Se imagina, Sr. obispo, ¿qué será y qué sentiremos cuando vayamos al cielo y veamos que Jesucristo nos acaricia? ¡Jesucristo mismo, Sr. Obispo! ¿No conmueve a V. E. pensar que Jesús le ha de acariciar?». Por todo esto, junto a sus palmas, el cardenal, no pudo contener una inmensa sonrisa contemplando el rostro radiante del nuevo beato.

Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, San Manuel González, San Manuel González García.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *