Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2018.

Me has robado el corazón, hermana mía, esposa, con una sola mirada tuya (Ct 4,7-9)

Afirma san Manuel González que «la sonrisa apostólica nace de un corazón en paz con Dios y con los hombres y en guerra constante consigo mismo. San Juan Crisóstomo dijo que nada hay más violento, o que cueste más violencia, que la mansedumbre apostólica» (OO.CC. III, n. 5092).


La sonrisa, la cara buena, es reflejo de un alma buena. La verdadera sonrisa, limpia, sincera, sencilla, espontánea, transparente, es espejo de un alma enamorada de Cristo; es signo de un corazón que arde en amor por Cristo. La sonrisa apostólica es un apostolado directo, menudo, natural, que provoca constantes preguntas: ¿por qué esa persona siempre sonríe?, ¿de dónde le brota tanta alegría y serenidad?, ¿por qué no pierde la sonrisa incluso en las contrariedades de la vida o en el sufrimiento? Es buen apostolado dejar sembradas, indirectamente, esas preguntas.

Nuestro tiempo de adoración eucarística, hoy es un espacio maravilloso para dejarnos mirar por el Amado, como expresa el Cantar de los Cantares: «Toda bella eres, amada mía, no hay defecto en ti. Me has robado el corazón, hermana mía, esposa; con una sola mirada tuya, con una vuelta de tus collares» (Ct 4,7.9).

Somos miembros de la Amada, de la Esposa de Cristo, de la Iglesia. Mirando a Cristo–Esposo y dejándonos mirar por él, en adoración eucarística, le diremos con pasión: «Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, que es fuerte el amor como la muerte» (Ct 8,6).

Así ha de ser nuestro diálogo con Jesús Eucaristía: diálogo apasionado, encuentro de enamorados, búsqueda de plenitud, fuego ardiente,… para salir del tiempo de adoración con el rostro luminoso, como Moisés cuando salía de la Tienda del Encuentro, en el desierto; o bajaba de la Montaña del Sinaí: «En cuanto Moisés, entraba en la tienda, la columna de nube bajaba, mientras, el Señor hablaba con Moisés» (Ex 33,9). «Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí con las tablas del Testimonio en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, por haber hablado con el Señor» (Ex 34,29).

Oración inicial
Oh Dios, Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tomadnos posesión por completo con vuestro infinito amor; en especial, cuando estemos en amorosa y humilde adoración ante Jesús Eucaristía, para que seamos iluminados más y más por su luz, y así reflejemos su gloria con una sonrisa siempre limpia y nítida, signo de vuestra presencia. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
«Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras de piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu» (2Co 3,7-8).

«Todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vemos transformados en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor» (2Co 3,28).

Los apóstoles iban muy gozosos (Heb 5,41).

La alegría es uno de los frutos del Espíritu Santo. El papa Francisco nos viene insistiendo, una y otra vez, en presentarnos ante los demás no con cara avinagrada o tristona, sino con alegría consecuencia del encuentro con Cristo: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (EG 1).

Escuchamos a san Manuel
San Manuel González nos advertía de no caer en chascarrillos y donaires, para alegrar a otros, sino estar abiertos a evangelizar a tiempo y a destiempo: «Para el apostolado de la sonrisa no hay zonas vedadas; a todas partes debe y puede llegar ese gracioso apostolado, que pudiera llamar tan fructuoso como difícil» (OO.CC. III, n. 5091).

Nuestro santo como obispo eucarístico por excelencia, sabía muy bien que de este Sacramento del Amor procedía toda la fuerza para mantener viva la alegría: «Se alimenta de Eucaristía y de este principio: La gloria y el cuidado de mí y de mis cosas para Dios, el trabajo de este instante para mí» (OO.CC. III, n. 5092).

Vivir el momento presente con toda intensidad es lo que nos pide Dios a cada instante. Con mucha más razón hemos de vivir así la Eucaristía: eterna novedad, fascinante encuentro y asombrosa comunión con Jesucristo: «La digestión y asimilación de este alimento y principio produce un estado de alma en el que ésta no se ocupa ni preocupa más que de esto solo: hacer muy bien y muy en paz lo de ahora, lo que en este instante me pide Dios por medio de mi deber» (OO.CC. III, n. 5092).

La gracia de la Eucaristía penetra en el alma y transforma en reflejo de Cristo a quien se deja asimilar por Él: «Ese estado de alma habitual a la par que abre todas las válvulas del corazón para que por él circule en corriente libre el oxígeno de una sólida esperanza y de un sano optimismo, afloja todos los músculos duros y tirantes de la cara y dibuja en ella la más angelical y beatífica de las sonrisas» (OO.CC. III, n. 5092).

La alegría signo de santidad
El papa Francisco sigue insistiendo en este fruto del Espíritu como signo de santidad: «El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es “gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14,17), porque “al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo”. Hemos recibido la hermosura de su Palabra y la abrazamos “en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo” (1Ts 1,6)» (GE 122).

San Manuel está convencido de ello porque lo ha practicado cientos de veces y así nos lo transmite hasta hoy: «¡El bien que puede hacer la palabra apostólica que sale al mundo acompañada de esa sonrisa! Diríase que es aceite que suaviza engranajes y quita chirridos y estridencias, que es resplandor de cielo irradiando sobre las sombras de nuestras tristezas y miedos. Es aroma y es dulzura que obliga sin violencia a oler y a tragar lo desagradable y lo repugnante a nuestra sensualidad» (OO.CC. III, n. 5094).

Acción de gracias al Espíritu Santo por la sonrisa
Gracias, Espíritu Santo,
por suscitar el apostolado de la sonrisa,
por convertirnos en misioneros de la alegría.
Gracias, Espíritu Santo,
porque nos das la paz y el gozo,
porque nos arrancas tristeza y amargura.
Gracias, Espíritu de Amor,
porque nos alimentas con la Eucaristía,
porque nos envuelves en luz y gloria.
Gracias, Espíritu de Amor,
porque nos haces vivir en el Amado,
El que es el eterno Presente.
Gracias, Dador de la mano de Dios,
porque nos tocas con tus dones,
nos transformas en signos de Cristo.
Gracias, Dedo de la mano de Dios,
porque traes tu fuego a la tierra
y nos colmas de tu amor.
Gracias, Santo Espíritu,
porque tu alegría ardiente
es fruto de estar en Cristo.
Gracias, Santo Espíritu,
porque, en el sufrimiento,
contigo, hay alegría.
¡Gracias, gracias, gracias!

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre Dios, que, por medio de tu Hijo, nos envías el Espíritu Santo de Amor, que derrama en nosotros el aceite de su gracia que nos unge con el aroma del buen olor de Cristo y la dulzura de sus caricias, para que seamos resplandor de su luz, con una sonrisa limpia y sincera siempre en nuestro rostro. PJNS

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, Orar con el Obispo del Sagrario Abandonado.