Historias de familia (octubre 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2018.

Mi amor, un Dios crucificado. Mi refugio, los brazos de la Virgen. Mi fortaleza, la Eucaristía

Son palabras de la Sierva de Dios Concepción (Conchita) Barrecheguren, que figuran en la lápida del lugar donde reposaron sus restos desde 1978 hasta 2007; las mismas palabras que en mayo de 2016, en el acto de apertura del proceso sobre un milagro que se atribuye a su intercesión, usara el obispo de Orihuela-Alicante, Mons. Jesús Murgui para poner de manifiesto cuáles fueron los pilares que sostuvieron la vida de aquella muchacha granadina, María de los Sagrarios, que murió muy joven, con 21 años.


«No tendrá un día bueno», le auguraron los médicos a sus padres cuando con solo diecinueve meses superó una grave enfermedad. Para evitar el riesgo de contagios Dª Concepción y D. Francisco decidieron no llevar a su hija al colegio y hacerse cargo ambos de su educación. Fue la suya una vida breve, sin salud, que transcurrió en su hogar familiar en Granada desde diciembre de 1905 hasta el 13 de mayo de 1927 y, sin embargo, hay indicios de que fue una vida santa, prueba de ello es que su recuerdo permanece vivo entre los habitantes de esta ciudad y de otros muchos lugares.

Cartas dulces y consoladoras
Fue El Granito de Arena la primera revista religiosa que publicó sobre Conchita a poco de su muerte. «Pocas veces –escribía D. Manuel González– me trae el correo cartas tan dulces y consoladoras como la que hoy doy a leer a nuestra dilatada familia de Marías y Discípulos de S. Juan ¡abundan y corren tanto las noticias desagradables!» («Una buena carta y una María ejemplar», 3/7/1927, n. 475, p. 391). Una María de Granada le había escrito contándole sobre la muerte de su amiga Conchita, que también era María de los Sagrarios, «Yo la quería mucho, la conocía bastante, pero nunca llegué a saber la virtud que encerraba ¡La ocultaba con un cuidado!». En esta misma carta –que San Manuel decidió reproducir en El Granito–, esta amiga contaba cómo D. Francisco Barrecheguren descubrió tras morir su hija varios escritos que «aclaran el misterio de su vida y explican su paciencia en los 7 años de enfermedad, su dulce sonrisa delante de las muchas penas que el Señor le ha dado». Conchita era la María del Sagrario de Armilla, un pueblo cercano a la capital granadina, y, como contaba su compañera «su cariño a todo lo de las Marías era motivo de pena cuando por su falta de salud no podía venir a los pueblos, tanto que yo procuraba que no se enterara de los viajes a que no podía venir. Leía el Granito y todas las obras de V.I. sabiendo leerlas» (p. 392).

Los textos escritos por ella y que, con autorización de su padre, se reproducen en El Granito son notas de conciencia en los que se pone de manifiesto la fineza del alma de una joven que, en el que sería su último cumpleaños, escribía: «Te agradezco los innumerables beneficios y gracias que me has concedido en el transcurso de estos 21 años, y te ruego me perdones lo mal que he correspondido a ellos. Sí, Dios mío, vergüenza me da, pero es cierto que tú no has cesado de amarme y yo no he cesado de desagradarte ¿Podías esperar esto de mí? Pero yo, Señor, quiero enmendarme, quiero amarte, quiero conformarme en todo lo que dispongas de mí. Haz que los años que me queden de vida sean sólo para ti» («Reflexión del 27 de noviembre de 1926», disponible en la barrecheguren.com). De esta y otras notas se deduce que Conchita fue un alma que se dejó moldear por Dios y seguramente fue eso lo que llamó la atención de sus amistades que, casi sin darse cuenta, empezaron a apreciar cómo ella hacía con naturalidad suyos los planes de Dios, será esa la bondad que les atraiga y que lleve a difundir el ejemplo de vida de Conchita.

Hasta que, meses antes de su muerte, quedó postrada en su cama, había sido una muchacha normal, aunque ciertamente sin salud. Carecer de ella le había hecho dejar de pensar en seguir los pasos de santa Teresita e ingresar en el Carmelo como le hubiera gustado, pero la frágil Conchita alcanzó a comprender que la vocación a la que Dios la llamaba estaba allí, en su Granada, acompañando con su enfermedad al Señor y se vuelca en atender, no sólo «su» Sagrario de Armilla, también visita y cuidará de los de Otura y Güevejar. A pesar de lo profundos y serios que puedan llegar a ser los pensamientos contenidos en sus notas de conciencia hay que pensar que Conchita era una muchacha como otras tantas en Granada y que aquellas visitas a los Sagrarios de los pueblos vecinos resultarían excursiones divertidas de las que escribe que volvía muy contenta. Los vestidos y recuerdos que se conservan en el pequeño museo que recrea su vida en el carmen granadino que sus padres compraron para que allí respirara aire puro que aliviara su tuberculosis, son los que corresponden a cualquier muchacha de su edad, que tocaba el piano y disfrutaba con las vista de su ciudad al atardecer. Lo que la distinguía, lo que hizo que se extendiera su fama de santidad tras su muerte, fue su empeño en agradar siempre al Señor, y su única tristeza fue el temor de no llegar a hacerlo siempre, hasta el último momento de su vida.

Aunque, para vencer este temor, contó Conchita con la fortaleza que encontraba en la Eucaristía y escribía en febrero de 1927: «Por ser María de los Sagrarios-Calvarios, gozo del privilegio de que pueda celebrarse el Santo Sacrificio de la Misa en mi misma habitación […] viene para consolarme, fortalecerme, para ayudarme a llevar mi cruz, pues si me dejase sola, abandonada a mis fuerzas, caería sin remedio aplastada por su peso ¿Cómo podré yo pagar a Jesús el favor que me dispensa tan inmenso de bajar del cielo en cuerpo y alma a mi pobre habitación, donde se renueva el Sacrificio del Calvario?» (pp. 392-393).

Apertura del proceso
El proceso de canonización de Conchita Barrecheguren García se abrió solemnemente en la tarde del día 21 de septiembre de 1938 («Apertura del Proceso de Beatificación de una “María”», en El Granito de Arena, 5 y 20/10/1938, nn. 742-743, pp. 150-152), en una sesión presidida por el arzobispo de Granada, Mons. Agustín Parrado. Al día siguiente, D. Francisco Barrecheguren escribía una cariñosa carta al entonces obispo de Palencia diciéndole: «En estos momentos de tanta emoción para mí, no me olvido de S. Iltma. Ayer se celebró la solemne sesión de Apertura del proceso de Conchita. Se celebró en Palacio ante una concurrencia enorme. Al pensar que quizás sea esta la primera de sus Marías de las que se principia la causa de Beatificación, me acuerdo doblemente de S. Iltma».

En otra carta, de noviembre de 1938, que se conserva en el archivo del proceso de canonización de D. Manuel, tras agradecer a su director que El Granito hubiera publicado la noticia del inicio del proceso le dice «Le ruego no me olvide en sus oraciones para que sepa corresponder a tanto beneficio de Dios; ahora en estos días he recibido otro nuevo y es que sea declarado público con todos sus privilegios correspondientes el oratorio que con carácter privado tengo aquí en el carmen donde murió Conchita. Parece que Dios tiene predilección por esta casita».

En Granada se llama carmen a un tipo de vivienda con jardín y huerto tapiado que se sitúa en las laderas de las dos colinas en las que se extiende esta ciudad. En una de ellas, el Realejo, se encuentra el carmen de Conchita y en la actualidad residen en él una comunidad de religiosas Esclavas de la Santísima Eucaristía y la Madre de Dios, que el día 13 de cada mes, abren sus puertas al público que quiera contemplarlo y asistir a la Misa en memoria de Conchita que estuvo enterrada allí desde 1978 hasta 2007, cuando sus restos fueron trasladados al Santuario de Nuestra Sra. del Socorro, donde desde entonces reposan junto a los de su querido padre. D. Francisco, tras enviudar, decidió a sus 65 años ingresar como misionero redentorista, profesó en 1947 y en 1949 fue ordenado sacerdote. El padre Barrecheguren murió, como su hija, en olor de santidad, en 1957 y en 1993 se inició en Granada el proceso para su beatificación.

Santidad y juventud
El próximo 3 de octubre se abrirán las sesiones del Sínodo de los Obispos. «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional» son los temas a tratar. Cuando en estos días se cumplen 80 años de la apertura del proceso de canonización de Conchita en Granada, y cuando hace poco más de un año, el 31 de marzo de 2017, que se cerró en Alicante el proceso acerca de la curación de una pequeña que sanó por intercesión de esta Sierva de Dios, creo que sería bueno rezar para que la Iglesia proceda pronto a proclamarla beata. Su vida es la de una joven que vivió a principios del s.XX y, sin duda, tuvo parecidos sentimientos, problemas, dudas, objetivos que los jóvenes cristianos de hoy. A pesar de los cambios de la sociedad, desligarse de ataduras para llenarse de la alegría que proporciona la gracia de Dios, que fue el empeño de Conchita, sigue siendo hoy una interesante propuesta para todos los jóvenes.

Por otra parte, del contemplar esta vida de amor a la Eucaristía –como escribió D. Manuel tras conocer y publicar aquellos primeros testimonios de la vida de Conchita– hay que esperar «que nuestra familia reparadora, después de recrearse en el perfume de esa vida de María ejemplar, alabe al Sembrador divino de esas flores preciosas en el jardín de su Obra y se estimule a la imitación más fiel y constante».

Aurora Mª López Medina, en el recuerdo de mi abuela Josefa Gavilán, que tanto me habló de Conchita
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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