Encuentro de animadores UNER 2018 (Madrid)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2018.

Eucaristizar con audacia y gratuidad

Del 14 al 16 de septiembre pasado tuvo lugar, un año más, el Encuentro de animadores organizado por la Delegación UNER, en Madrid. Durante las jornadas de trabajo se tuvieron varias ponencias, momentos de oración y dinámicas para estudiar el lema del año: «Reaviva el don de Dios que hay en ti» y presentar las activivades del curso que comienza. El último día se hizo presente la Superiora general de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, hna. Mª Teresa Castelló Torres, y animó a todos los miembros de la FER a seguir trabajando incansables en la eucaristización del mundo actual. Ofrecemos, a continuación, sus palabras.


Los carismas en la Iglesia no son algo estático y rígido, no son piezas de museo. Son más bien ríos de agua viva (cf. Jn 7, 37-39) que corren por el terreno de la historia para regarla y hacer germinar las semillas del bien. El carisma es siempre una realidad viva y como tal está llamada a dar sus frutos, como nos enseña la parábola de las monedas de oro que el rey entrega a sus siervos (cf. Lc 19.11-26), para crecer en fidelidad creativa, como nos recuerda constantemente la Iglesia.

Durante estos últimos años se han dado, gracias a Dios, acontecimientos importantes en la vida de la Familia Eucarística Reparadora como son la canonización de nuestro fundador; un Congreso sobre su vida y obra, la Asamblea general de las MESN o el Capítulo general de las MEN.

Todos estos eventos, sin duda alguna, nos habrán ayudado a reavivar el carisma eucarístico-reparador que todos hemos recibido como vocación, cada cual en su estado de vida. Y ahora con el lema «Reaviva el don de Dios que hay en ti» (2Tim 1,6), seguiremos profundizando y creciendo en el don que se nos ha dado.

Preciosa tarea
«Reaviva el don de Dios que hay en ti» (2Tim 1,6) son unas palabras que san Pablo dirige estando encarcelado en Roma mientras todo le hacía suponer que iba a ser ejecutado en poco tiempo. Estando en esas condiciones escribió a su querido hijo Timoteo para advertirle de algunas cosas que estaban pasando en el momento presente y de cuáles iban a ser las características de los tiempos que estaban por llegar en el futuro. Por esa razón, aunque el panorama era ciertamente sombrío, escribió a su joven colaborador Timoteo exhortándole a no desfallecer en la preciosa tarea de anunciar el Evangelio que se le había encomendado.

Son palabras que hoy podemos poner en boca de nuestro fundador, san Manuel González, que en la actualidad nos dirige a todos y cada uno de nosotros, a cada uno de los que conformamos esta querida Familia Eucarística Reparadora: «reaviva el don hermoso que has recibido, el de participar en este precioso carisma y, que el Espíritu, dador de vida, ha custodiado y lo ha hecho crecer. A pesar de las debilidades o cansancios, más allá de desengaños o desilusiones, haz memoria de ese don precioso que conservas, el don que ha prendido en ti el deseo de vivir y ser testigo del desbordamiento de amor que se hace presente en la Eucaristía». Y fiado de ese don, volvamos a escuchar la voz de Jesús que nos llama: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5, 4). «No tengas miedo, ten confianza, el Señor está contigo».

La experiencia que tuvo el joven sacerdote Manuel González García en Palomares del Río dio origen, como bien sabemos, a una espiritualidad eucarística-reparadora. Más allá de las circunstancias ambientales de abandono y falta de cuidado en que se encontraba la parroquia de Palomares del Río y, especialmente el Sagrario, lo decisivo para él fue el encuentro con la Presencia, el encuentro con Cristo Eucaristía vivo en el Sagrario, el encuentro con el Evangelio vivo. Ante esta situación brota en san Manuel la necesidad de predicar el Evangelio de la Eucaristía, la necesidad de reparar, que surgen, precisamente, de la conciencia de un agradecimiento por el amor desbordante del Señor, un amor que «¡no se parece a ningún otro amor!» (OO.CC. I, n. 17).

Canto agradecido
San Manuel González fue un testigo infatigable del amor reparador, un amor que fue un canto agradecido desde la experiencia de la confianza filial. Por eso fue capaz de introducirse en los espacios de mayor abandono, dolor y sufrimiento, y supo afrontarlos con dedicación y generosidad. Y así es como nos recuerda, con su vida, que, a pesar del sufrimiento, a través de él y en ocasiones gracias a él, hizo de su existencia un verdadero canto de gratitud a Jesús Sacramentado.

El agradecimiento cristiano es siempre gratuito, así lo expresa él mismo: «hacer y dar todo el bien que permitan las fuerzas naturales y sobrenaturales, sin esperar nada en recompensa de los beneficios por la acción» (OO.CC. III, n. 5.213).

Este camino de gratitud nos recuerda a la Virgen María que para san Manuel fue un modelo insustituible, por ser la reparadora por excelencia, «mujer eucarística» (EdE 53), «modelo insustituible de vida eucarística» (SC 96), ya que «nadie más que Ella […] entendió su palabra y su corazón […] Ella fue la única en todo consecuente» (OO.CC. I, n. 1.298).

La Virgen María hizo de su vida una auténtica gratuidad. Con su Magníficat nos sitúa en la actitud del amor agradecido y nos invita a asumir esta actitud. Ella no esperó hasta el final de su vida para dar gracias al Señor, sino que cantó el Magníficat desde el principio y así toda su vida, todo su camino, se fundamenta en esta actitud agradecida.

Medios para reavivar el don
San Manuel González respondió con audacia, con creatividad, con generosidad a la gracia carismática. Si, como dijimos al comienzo, los carismas no son algo estático sino ríos de agua viva, quiere decir que hoy nosotros somos los responsables de que el río siga su cauce. Sin duda alguna necesitamos medios para poder reavivar el don, necesitamos una adecuada formación, urge hacer proyectos, convocar encuentros, tener reuniones, organizar asambleas. Todo ello es importante pero, sobre todo, la invitación que se nos hace a reavivar el don de Dios, nos pone ante una actitud de discernimiento, una palabra que tal vez solo la utilizamos en el ámbito de los ejercicios ignacianos.

El discernimiento
El papa Francisco nos ha recordado en varias ocasiones la necesidad de hacer discernimiento y concretamente en su última exhortación apostólica Gaudete et exsultate: «Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes […] El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una instrospección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (n. 175).

El sentido de pertenencia
El sentido de pertenencia es reconocer que hay una vocación personal y, a su vez, institucional, es tener identidad como grupo, porque cada miembro da rostro al cuerpo, pero también toma del cuerpo parte de su identidad. Al formar parte de una Rama de la Familia Eucarística Reparadora: UNER, MESN o MEN, todos hemos hecho un proceso de identificación con la misma. Hemos sido llamados por el Señor personalmente para vivir un mismo carisma, una misma misión, viviendo un camino de comunión. El sentido de pertenencia se forja en el trayecto, en el caminar juntos, no viene dado por el hecho de figurar en un mismo archivo general.

Hay que reconocer también que el cariño a la Obra, que la UNER, tiene nombres propios, experiencias comunes, dolores y alegrías compartidos. Somos portadores de una historia común, por ello el sentido de pertenencia viene al sentirme parte de la Familia Eucarística Reparadora, haberla asumido como propia con todo lo que ello lleva consigo de don y tarea. «No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento» (SC 84).

A san Manuel no le faltaron técnicas pedagógicas, sus propuestas no se quedaron en la teoría. De modo gradual lo que piensa lo va desarrollando de tal forma que sea asequible a todos, se entienda, y sea así más fácil de ponerlo en práctica: «Llevar con prisa al pueblo ese Evangelio de la Eucaristía; el pueblo ha dejado de sentir por Jesucristo aquella irresistible simpatía que le movía a seguirlo, hasta olvidándose de la comida, porque ha dejado de verlo. Jesús y el pueblo se entienden con solo verse. Ésa es la mejor obra de caridad individual y social que podemos vosotros y nosotros hacer por el pueblo: mostrarle a Jesús, hacérselo ver, ¿cómo?, predicándole el Evangelio vivo de la Eucaristía, y predicándoselo con tal desnudez de pretensiones oratorias, con tal viveza de fe, con tal persuasión de palabra y conformidad de vida a la palabra, que al eco de nuestra predicación llegue el pueblo casi a oír, ver y sentir al Jesús de sus hasta naturales simpatías en la Hostia consagrada» (OO.CC. III, n. 4.815).

Evangelización siempre nueva
Termino con unas palabras del papa Francisco de la exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre nueva» (n. 11).

Pidamos al Espíritu Santo que, tal como lo hizo en nuestro Fundador, san Manuel González, infunda en nuestro corazón la audacia y la gratuidad para ser auténticos testigos del desbordamiento de amor que se hace presente en la Eucaristía.

Mª Teresa Castelló Torres, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo.

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