La FER en el mundo (Palomares del Río)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2018.

Un Sagrario que dirige nuestra vida

Son esos días en que Dios Padre mira a su hijo Jesús, que devolviéndole la mirada exclama: «mandemos al Espíritu de la alegría a Palomares del Río, porque se está preparando una fiesta entrañable para un cura de pueblo; es uno de mis discípulos, Padre, que celebra el 25º aniversario de su ordenación sacerdotal; se llama Miguel Ángel, y es que solo su nombre ya dice mucho».


– ¿Y no es allí, Hijo, donde revelamos nuestro amor a otro sacerdote que está hoy junto a nosotros?
– Sí, Padre, es san Manuel González que también soñó con ser cura de pueblo, pero al entrar en el Sagrario y vernos tan solos, cambió su misión para dar y buscar compañía a los Sagrarios abandonados.
– ¿Y quién fue el que le ordenó?
– Pues, casualmente, fue aquel obispo de Roma, hoy san Juan Pablo II, que llevó nuestra palabra a todos los rincones del mundo.
– Vaya, dice el Padre, este cura está rodeado de santos, y no hay dos sin tres.

Gratitud, perdón, entrega
Y mira si se desarrolló con alegría esta fiesta, que las primeras palabras de la Eucaristía fueron: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres». Misa concelebrada con muchos compañeros venidos de distintas parroquias, diáconos, acólitos, a la que asistió toda la comunidad parroquial, demostrando el afecto que te tenemos y animada por el coro parroquial que demostró sus aptitudes.
En tu homilía, Miguel Ángel resaltaste cuatro aspectos centrales:

  • Fueron tus primeras palabras de agradecimiento a todas aquellas personas que, de una manera u otra, te ayudaron en tu camino: primero al Señor, después tu madre, familiares, amigos, conocidos, compañeros, etc.
  • En segundo lugar, y qué importancia tiene, pediste perdón. El pedir perdón demuestra humildad, virtud imprescindible de un servidor del Señor, el cual, murió en la cruz perdonando. Pero, Miguel Ángel, ¿de verdad tenemos que perdonarte de algo? Todos tenemos defectos y virtudes, y nosotros te queremos como eres. Sigue así. No cambies. No hay nada que perdonar.
  • En tercer lugar nos hablaste del servicio, por eso elegiste el pasaje evangélico en el que el Señor se ciñe una toalla para demostrarnos que el amor verdadero es el verdadero servicio. Echando cuentas, 25 años de sacerdote son 9.125 días, 219.000 horas, 13.140.000 minutos de servicio. No se a ti, pero a nosotros nos parece una barbaridad. Gracias por cada uno de esos millones de minutos sirviendo a la comunidad.
  • Y en cuarto lugar nos dijiste que todavía te quedan ganas e ilusión por seguir. Esto denota que el Señor sigue a tu lado dándote fuerzas en tu ministerio. Afortunados nosotros que podemos seguir contando con tu vitalidad.
    Después vinieron las ofrendas, hechas con cariño para la ocasión, presentadas al altar por familiares y amigos que te quieren: una casulla, una imagen del pastorcito eucarístico, un copón, un cáliz, etc.

Regalos y presentes
Antes de terminar, numerosas personas te hicieron regalos con mucho afecto y cariño. Uno de ellos, muy emotivo, fueron unas preciosas sevillanas dedicadas a ti, cantadas por tu familia: «Cuántos años de esperanza/ de alegría y formación/ cuantos buenos compañeros/ que la vida me brindó/ Cuántas gracias debo darle/ a todo el que me ayudó/ Y yo seguiré en mi sitio/ hasta que lo quiera Dios/ predicando su palabra/ y enseñando la oración.
Veinticinco años hace/ ya de aquella ordenación/ en las manos de aquel papa/ juraste seguir a Dios/ Y gracias debemos darle/ por aquella bendición / Tuviste el privilegio/ de que un santo te ordenó/ y alumbrara tu camino/ como Cristo le envió.
Terminan las sevillanas con la siguiente estrofa: Cuánto y cuántas devociones/ cuánto y cuántos corazones/ sin ninguna otra razón/ que dedicando la vida/ a tu bella vocación.
Y después de la bendición y la paz, fin de fiesta en donde, por resumir, no faltó de nada, compartiendo todos esta inmensa alegría. Sí, verdaderamente Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres.
Señor, una petición: que pueda celebrar sus bodas de oro, sirviéndote a Ti y a los demás. Que la Virgen del Rocío y de la Estrella de Palomares te bendigan siempre.

UNER de Palomares del Río

Amigo, hermano, discípulo de san Juan
«No os turbéis. Creed en Dios y creed en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, pues voy a prepararos un puesto (Jn 14,1-2).

Padre, prepara una de esas estancias para que la ocupe nuestro hermano Tomás, que ya ha conocido tu gloria, y que el camino que Jesucristo inició y él también imitó, siga para alabanza tuya.

ue el discípulo incrédulo, Tomás, el que preguntó a Jesús: «Señor, no sabemos adónde vas.¿Cómo podemos conocer el camino? Le dice Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14,5-6).

Tomás, en Palomares encontraste el Camino, que no es otro que el de trabajar incansablemente por el Reino de Dios, y ahora gozas ya también de la Verdad y de la Vida que nunca acaba.

Fue Tomas un hombre entregado a los demás, un discípulo de S. Juan comprometido con la esencia del ser cristiano, esto es, con la caridad. Quizás, más de acción que de oración, aunque sin abandonar su misa diaria, alma de Cáritas parroquial por la que luchó todos los días de su vida, junto con su esposa Conchita, que seguro continuará su obra. Hijo adoptivo de Palomares que supo ver y reconocer en su persona el trabajo infatigable por los más desfavorecidos.

Pero también, y justo es reconocerlo, trabajó en la iglesia y en la casa de las hermanas Misioneras Eucarísticas de Palomares en todo aquello que necesitaba una reparación o una mejora. Jamás decía que no.

No sé si recordáis el centenario de la UNER que se celebró en Palomares del Río en 2010. Se hizo una pared de ladrillos con los nombres de los países, y al ser llamados los participantes de estos países, se les entregaba el ladrillo dejando al descubierto lo que estaba detrás, que era la figura del por entonces beato Manuel González. Cuento esto porque, por supuesto, fue Tomás el artífice de todos estos ladrillos, y todavía conservo el que nos hizo a mi esposa y a mí por haber colaborado.

En fin, así era Tomás, hombre bueno y generoso. Cuida de nosotros desde esa estancia que el Señor ha preparado para ti. Adiós, amigo. Adiós, hermano. Adiós, discípulo de San Juan.

Julián Crespo (UNER Palomares del Río)
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo.

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