Editorial (septiembre 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2018.

Pedagogos de la fiesta verdadera

Toda nación, todo grupo social, toda familia, todo movimiento, tiene momentos especiales, aniversarios que se festejan con especial relevancia. La fiesta, el deseo de celebrar, parece estar inscrito en lo más íntimo del ser humano. Nuestra sociedad actual, a todos los niveles, es claro exponente de esta realidad. Fiestas de fin de año, fiestas de Primera comunión, fiestas entre amigos, fiestas para cerrar el curso, fiestas…, fiestas…, fiestas…


Israel tenía múltiples celebraciones que Dios mismo le había indicado mostrando, con ello, una verdadera pedagogía de las festividades. Así, desde la creación debía guardarse el sábado, porque era el día en que Dios descansó tras la creación del mundo. La Pascua era la fiesta con la que se recordaba la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud. En Pentecostés, o fiesta de las semanas, se celebraba el tiempo de cosecha. Y así, otras muchas fiestas jalonaban (y lo siguen haciendo) el año judío. Todas ellas implicaban el recuerdo de las maravillas que Dios había obrado en el pueblo y las personas, la acción de gracias por este obrar misericordioso y la entrega personal y comunitaria, como respuesta a ese amor, de aquí las ofrendas y sacrificios que en ellas se realizaban.

Jesucristo, como buen judío, celebró desde niño estas fiestas, llegando a perderse durante tres días en el Templo cuando acudió por primera vez a Jerusalén por la Pascua. El Evangelio nos habla de numerosas ocasiones en que Jesús celebra esta y otras fiestas, por ejemplo, la de las Chozas (cf. Jn 7,2). ¡Quién podría tener el corazón más henchido de gratitud al Padre que su Hijo! ¿Quién celebraría con más autenticidad cada una de estas fiestas, que Jesús? No en vano, quienes no aceptaban esta forma tan libre y misericordiosa de vivir llegaron a llamarlo comilón y borracho (cf. Mt 11,19).

La humanidad de todos los tiempos ha tenido motivos para la celebración de la fiesta, sean victorias militares o acontecimientos familiares. Es innegable que todo, absolutamente todo, genera en el corazón humano un deseo de celebración, de compartirlo. Como el padre bueno de la parábola: «había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,32).

Es innegable que en nuestros días no faltan encuentros y reuniones autodenominadas fiestas pero que poco tienen que ver con una sana celebración. Son lógica consecuencia de una sociedad que no logra encontrar el sentido de su vida. El hombre de hoy desea la fiesta pero cuando no halla en su interior el motivo más profundo para ello (la gratitud a Dios y a los demás) corre el riesgo de desvirtuar toda celebración, optando por excesos que logran, a veces, hasta quitarle toda consciencia. Quien es incapaz de descubrir los motivos verdaderos para la celebración intenta ahogarlos en alcohol o disfrazarlos con sonrisas prefabricadas.

Los cristianos de todos los tiempos han sido siempre conscientes de su misión en este mundo: ser portadores de una Buena Noticia, aquella que da sentido a la vida y a las fiestas. No en vano, día tras día miles, de iglesias en todo el mundo abren sus puertas para celebrar (hacer fiesta) la gratitud por la vida y la libertad que se nos regala, por el amor que Dios nos tiene, por el cariño que recibimos, por la cercanía entrega de Jesucristo… Más aún nosotros, miembros de una Familia Eucarística, ¿celebramos con gozo cada una de las Misas en las que participamos? ¡Qué buen programa para nuestra vida!: Aprender a celebrar, es decir, vivir con autenticidad la mayor de las celebraciones, la Eucaristía. «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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