El silencio de María (oración para el Sábado Santo)

EL SILENCIO DE MARÍA
Sábado Santo

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Canto

• Introducción

En esta oración comunitaria queremos contemplar a nuestra Madre Inmaculada Dolorosa, adentrarnos en el silencio de su Corazón. No es un día de muchas palabras. Es mejor acallar las nuestras y dejarnos empapar por las enseñanzas que nos ofrecen las actitudes de la Virgen junto a su Hijo muerto.

Llevaron a Jesús hasta el sepulcro y corrieron la losa. ¡Qué silencio! ¿Dios ha muerto? La muerte de Dios parece ser el final del mundo. El Hijo de Dios, tu Hijo María, muerto.
¿Cómo aprendiste a guardar silencio, María? Tu silencio era distinto. No tenía notas de amargura. ¿De dónde brota tu silencio?
Hoy cuando todo duerme y espera, queremos detenernos en tus tres últimos silencios, los que marcaron los momentos más llenos de dolor para tu Hijo y también para ti: el silencio ante la Pasión, el silencio ante la cruz y el silencio ante el sepulcro vacío

1. El silencio ante la Pasión

«Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban […] Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato […] Pilato les dijo: “Pues ¿qué mal ha hecho?”. Ellos gritaron más fuerte: “Crucifícalo”» (Mc 14,55; 15,1.14).

Esa noche acompañaste a tu Hijo en la distancia. Lo habías presentido desde el comienzo. Había llegado la hora y sólo cabía esperar, confiar y guardar silencio. Escuchabas a los discípulos alterados, los viste con miedo, inquietos, aterrados Tú callabas y tratabas de confortarlos. Nadie puede imaginar tu dolor en esa hora de angustia. ¿Qué estaría pasando en el Pretorio? ¿O en la casa del Sumo Sacerdote?
«¡Qué escenas de ensañamiento de la crueldad, de la bajeza y de la degradación humanas, y de dolores los más atroces padecidos por el cuerpo más sensible de todos los cuerpos humanos!» (El rosario sacerdotal, en OO.CC. II, n. 2.504).
Tenías miedo María. Era normal ese miedo. No temas, te dijo el Ángel y desde entonces, no temías. Sólo callabas. No querías huir, querías verlo. Acompañarlo aunque fuera de lejos. Querías que Él te viera. Querías que vuestras miradas se encontraran. ¡Cómo conforta la mirada de una madre cuando se carga con la cruz! ¡Cómo conforta a una madre la mirada del hijo!
Nosotros tenemos miedo ante el posible fracaso. Nos aferramos a nuestros sueños y no pensamos que tal vez el Señor tenga pensada otra cosa. Hablamos sin descanso por miedo a callar, por miedo a escucharle. Vamos de un lado a otro inquietos, como los discípulos. Miramos de lejos, porque no queremos que se note que tenemos el acento del Maestro.

– Silencio meditativo

Decimos juntos: «Madre inmaculada, fortalécenos en todos los momentos de la vida para que podamos seguir a tu Jesús en la cruz y en la gloria»

– Canto

2. El silencio ante la Cruz

«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” […] Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,25-27.29-30).

Tú, Madre, traspasada de dolor, de pie junto a la Cruz, sin una palabra, ni una mirada, ni un gesto de protesta o indignación contra los verdugos de su Hijo (cf. Oremos…, en OO.CC. I, n. 1.085).
Habías ido a su lado todo el camino que subía hasta el Calvario. En un momento te habías acercado a Él y te había dicho con cariño: Madre, hago todas las cosas nuevas. Y tú sabías que era verdad aunque no entendías tanto sufrimiento, tanta agonía. Ahora lo veías clavado en la cruz y llorabas en silencio. Había otras mujeres a tu lado que también lloraban y estaba Juan. Mirabas a tu Hijo en sus últimos suspiros de vida, escuchabas sus últimas palabras. Lo estaba haciendo todo nuevo y no acababas de comprender nada. Guardabas silencio. No gritabas, no suplicabas. Sólo mirabas a tu Hijo clavado y sufriendo.
Y, súbitamente, murió, entregó su espíritu. En ese momento querías morir con él. Sin embargo, sabías que no era tu hora. No querías que te dejara, no querías perderlo. Cuando lo bajaron de la cruz y te lo entregaron lo abrazaste como cuando era niño. No decías nada, sólo lo besabas y abrazabas en silencio. Llorabas, con una ternura profunda y cálida. Lo acariciabas, tocabas sus heridas queriendo cerrarlas. Sabías que sus heridas tenían un sentido salvador, lo sabías, lo esperabas.
No había rebeldía en ti, como la que hay tantas veces en nosotros ante la cruz, ante lo que no entendemos. Gritamos, increpamos, exigimos. A nosotros, que lo hemos dejado todo, como te habían dicho los discípulos, nos pagas con esto. La cruz supera nuestras fuerzas. Nos cuesta guardar silencio.

– Silencio meditativo
Decimos todos: «Madre Inmaculada, por el silencio con que acompañaste a tu hijo muerto, muéstranos el secreto de la entrega y de vivir sólo para tu Jesús».

– Canto

3. El silencio ante el Sepulcro cerrado

«José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó» (Mt 27,59-60).

María, callas hoy ante el sepulcro cerrado. Era un sepulcro nuevo, jamás usado. Un sepulcro lacrado, un huerto sellado. Y tú permaneces fuera, esperando. ¿Qué esperas? Podrían decirte los guardias en esta hora. Ha muerto tu hijo, no volverás a verlo. Y tú callas, no respondes. Todo está perdido, te dicen los discípulos, tus hijos. Y tú guardas silencio, no sabrías explicarles nada de lo que vive en ti. No sabrías cómo animarlos. Hay cosas que no se pueden recoger en palabras. Sólo ves el sepulcro y lloras. Lloras sin saber bien por qué, porque tú confías. Sabes, como lo supiste desde el comienzo, que aún sin entender, hay que aceptar con alegría y paz los caminos sinuosos de Dios. «En el fondo de aquella tristeza palpita una esperanza aliviadora, dulce… aquel sepulcro no estará ocupado eternamente…» (En busca del escondido, en OO.CC. II, n. 2.881).
Ante el sepulcro hoy te pedimos esa fe, Madre, ese silencio tuyo. Lloramos ante la losa que lo nubla todo, que lo oculta todo. ¿Qué ves detrás de la losa ciega? ¿Cómo ves la vida cuando todo habla de muerte? El silencio del mundo en esta hora, la oscuridad, el dolor, la tristeza. Y tu mirada habla de esperanza. Te miramos en esta hora de muerte, en la que tu hijo desciende a lo más profundo para rescatar a los muertos del abismo. Y tú, estás llena de esperanza. Miras la losa vacía, como nosotros, en silencio, y ves mucho más que nosotros. ¿Cómo poder llegar a tener un día tu mirada? Nosotros no vemos más allá de lo que vemos. Interpretamos todo tan humanamente, nos quedamos en la apariencia que nos desconcierta, queremos más y no logramos salir de nuestro dolor que ciega la mirada. Si pudiéramos mirar como tú, lograríamos llegar más allá de lo que tocan nuestras manos. Tocamos la piedra, la fría piedra que tapa la muerte. No vemos más que piedra. Nos quedamos en la piedra y no tenemos tu mirada.

– Silencio meditativo

Decimos todos: «Madre Inmaculada, acrecienta nuestra fe y nuestra confianza para ver y entender que detrás del sepulcro renace la Vida».

– Canto

• Conclusión

En este día nuestras parroquias, iglesias, capillas permanecen silenciosas, los altares desnudos, los sagrarios vacíos. Sólo María conserva viva la esperanza.
Sigamos contemplando en este Sábado santo a nuestra Madre Inmaculada Dolorosa, unidos a toda la Iglesia que espera en silencio el anuncio gozoso de la resurrección del Señor.
«Señor todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, resucitar también con él a la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor».

Publicado en eucaristia.