Hora Santa para la noche del Jueves Santo

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La Victoria del Amor

(Se han elegido cuatro textos del Evangelio para contemplar y meditar. Para la oración comunitaria se puede tomar sólo alguno y los demás dejarlos para la oración personal)

Nos hemos sentado esta tarde a tu mesa Señor. Hemos escuchado tus palabras encendidas, hemos contemplado tus gestos significativos, hemos compartido tu pan y tu copa. Ha sido una celebración muy intensa. Ahora queremos volver a pasar por el corazón todas estas realidades, queremos interiorizar y entrañar todo este misterio.

Queremos estar aquí contigo aunque no se nos ocurra nada, queremos dejarnos mirar por Ti, queremos dejarnos amar por Ti. Tu presencia Jesús es gracia, es regalo, es fuerza, es consuelo. Estar aquí junto a Ti es una predilección.

  • Jn 13, 1- “Los amó hasta el extremo”

 «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Fue en las últimas horas de intimidad que Jesús pasó entre los suyos, cuando quiso darles la última prenda de su amor. Fueron horas de dulce intimidad y, al mismo tiempo, de amarguísima angustia; Judas ya se había puesto de acuerdo sobre el precio de la infame venta; Pedro le va a negar; todos, dentro de breves instantes, le abandonarían. En este ambiente, la institución de la Eucaristía aparece como respuesta de Jesús a la traición de los hombres, como el don más grande de su amor infinito, a cambio de la más grave ingratitud. El buen Jesús, casi agotando la capacidad de su amor, se entrega al hombre no sólo como Redentor, que morirá por él en la Cruz, sino como alimento, para nutrirlo con su Carne y con su Sangre.

La Eucaristía perpetuará su presencia viva y real en el mundo. En la última Cena, Jesús nos deja, junto con el Sacramento del Amor, el testamento de su caridad: el testamento vivo y concreto del ejemplo admirable de su humildad y de su caridad en el lavatorio de los pies; y el testamento oral que anuncia su mandamiento nuevo. El Evangelio de hoy nos ha presentado a Jesús lavando los pies a los Apóstoles y termina con estas palabras: «Os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como Yo he hecho».

Se llevan al altar los signos del pan y del vino, mientras se canta: Ubi caritas et amor, ubi caritas deus ibi est.

Miramos, contemplamos los signos de la Eucaristía: el pan y el vino, signos de la entrega de Jesús. Y el sagrario, expresión de su presencia permanente entre nosotros. Señor Jesús, tenemos mucho que agradecerte. Vivimos hoy como comunidad, como Iglesia. Sal a nuestro encuentro y enséñanos a descubrir los signos de tu presencia en nuestras vidas. Haznos crecer en deseos de conocerte y permanecer junto a Ti, para que nuestro modelo de conducta sea vivir siempre imitando tu ejemplo y dando frutos de bondad, de alegría, de perdón y de unidad. Nos pides permanecer en tu amor, ser fíeles, crecer en nuestra pobre fe, alimentar nuestra vida con tu presencia y para esto es necesaria la intimidad contigo, buscar los momentos para encontrarte, para conocerte y para estar contigo.

Silencio meditativo (Música de fondo)

Decimos todos:

Señor Jesús, en esta hora de silencio y de paz,

al adentrarnos en la noche de tu entrega,

en que las sombras de la inquietud se acercan,

queremos estar contigo que nos amas hasta el extremo.

Tú has puesto ante nosotros lo que tú eres;

nosotros ponemos ante Ti lo que somos,

para adorarte en espíritu y en verdad.

En la intimidad profunda de esta noche santa,

en que tus palabras son tu testamento,

tu voluntad última, tu oración,

haz de nosotros amigos fieles,

discípulos verdaderos, enamorados de tu amor.

 

Es noche de Alianza Nueva, de banquete del Reino;

noche sacerdotal en que te consagras del todo;

Noche de gracia en que nos salvas.

Acepta, Señor, nuestra compañía en esta hora;

siembra en nosotros tu Evangelio

y haznos capaces de vivir contigo

y desde Ti todas las cosas,

amando, como Tú, hasta el extremo.

 

Canto: Como el Padre me amó

  • Jn 15, 9-17 – “Permaneced en mi amor”

 “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor […] Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos […] No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros […] Lo que os mando es que os améis los unos a los otros”.

Somos muy amados, somos divinamente amados. El origen de tanto amor está en el Padre. Cristo prolonga este amor y llega a nosotros de manera asombrosa, visible y palpable, en su presencia eucarística. Sí, la Eucaristía es este estupendo don de amor, es una extraordinaria victoria del amor sobre el mal y sobre la muerte.

Hoy el Señor nos ha recordado, de nuevo, una transformación extraordinaria: la transformación de la sangre derramada por un crimen de los enemigos en sangre de Alianza. Esta transformación es verdaderamente estupenda, es una verdadera victoria del amor.

Este amor es definitivo, eterno, por eso Jesús nos pide permanencia. Permaneced en mi amor. El amor verdadero siempre es fiel, hasta la muerte. Dejémonos amar por el Señor. Él nos ama con un amor sin límites. Si caemos, nos levanta; si nos manchamos, nos limpia con su misma sangre. Si reconocemos nuestras flaquezas, Él nos da un beso de perdón.

Se llevan al altar los signos de la toalla y la jofaina, mientras se canta: Permaneced en mi amor

Miramos los signos del lavatorio: la toalla y la jofaina que nos hablan de un Dios que por amor nos lava los pies. El mandamiento que Jesús nos da es el del amor. La iniciativa parte de Jesús. Él nos amó primero. Su amor es invitación, es punto de partida para el nuestro; y algo más, es gracia derramada que nos capacita para amar como Él mismo nos amó. Su amor es el del Padre, su amor es el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

Señor, enséñanos a mirar a cada persona con una mirada fraterna. No permitas que nuestro corazón se cierre a tantas injusticias que nos rodean y a tantos hombres como sufren. Haz que sepamos reconocer en cada ser humano tu rostro vivo para que te adoremos y te sirvamos por medio de nuestra entrega y nuestra solidaridad.

Silencio meditativo (Música de fondo)

Nuestro Padre nos ofrece con su vida un testimonio de vida realizada en plenitud. Él supo permanecer en el amor, en el amor de Jesús Eucaristía. Y es consciente que esa permanencia en el amor es posible porque se nos ha concedido como don.

«Este es el precepto mío, que os améis los unos a los otros como Yo os he amado. Él nos ha amado hasta el sacrificio: es decir, hasta hacerse Hostia. Su precepto es, pues, que nos amemos hasta hacernos hostias de amor por nuestros prójimos.

¡Jesús mío! ¡Hacerse hostia el egoísta, y duro, y ruin, y avaro, y sensual corazón humano! Aun poniendo tu ejemplo por delante, ¿te atreves a pedir, a esperar, qué digo, a mandar que haya hombres-hostias?

Sí, sí, el que dijo: Éste es mi precepto, acababa de decir en esa misma noche: Este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros; tomad y comed… ¡Precepto y Sacramento del mayor amor! El precepto de la ley se ha hecho posible por el milagro del Sacramento» (Mi comunión de María, en OO.CC. I, n. 1.164).

 

Decimos todos:

Señor, enséñame a amar como tú, con la misma generosidad e intensidad.

  • Enséñame a perdonar como tú.
  • Enséñame a curar como Tu.
  • Enséñame a servir como Tú.
  • Enséñame a sufrir como Tú.
  • Enséñame a orar como Tú-
  • Enséñame a compadecer como Tú.
  • Enséñame a compartir como Tú.
  • Enséñame a despojarme como Tú.
  • Enséñame a vivir como Tú.
  • Enséñame a dar la vida como Tú.

 

Canto: Nadie te ama como yo

  • Lc 22, 39-46 – “Levantaos y orad”

«Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: “Pedid que no caigáis en tentación”. Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: ¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación».

«El Jueves Santo no es sólo el día de la institución de la Santa Eucaristía, cuyo esplendor ciertamente se irradia sobre todo lo demás y, por así decir, lo atrae dentro de sí. También forma parte del Jueves santo la noche oscura del Monte de los Olivos, hacia la cual Jesús se dirige con sus discípulos; forma parte también la soledad y el abandono de Jesús que, orando, va al encuentro de la oscuridad de la muerte; forma parte de este Jueves Santo la traición de Judas y el arresto de Jesús, así como también la negación de Pedro, la acusación ante el Sanedrín y la entrega a los paganos, a Pilato. En esta hora, tratemos de comprender con más profundidad estos eventos, porque en ellos se lleva a cabo el misterio de nuestra Redención.

Jesús sale en la noche. La noche significa falta de comunicación, una situación en la que uno no ve al otro. Es un símbolo de la incomprensión, del ofuscamiento de la verdad. Es el espacio en el que el mal, que debe esconderse ante la luz, puede prosperar. Jesús mismo es la luz y la verdad, la comunicación, la pureza y la bondad. Él entra en la noche. La noche, en definitiva, es símbolo de la muerte, de la pérdida definitiva de comunión y de vida. Jesús entra en la noche para superarla e inaugurar el nuevo día de Dios en la historia de la humanidad» (Benedicto XVI).

Getsemaní es la agonía del alma. Cristo asume todo el miedo, toda la tristeza, toda la repugnancia que pueda sentir el hombre. Se resiste a beber el cáliz que tiene delante. Se resiste dramáticamente, una lucha –agonía– que llega hasta el sudor de la sangre. No es pecado, es una terrible tentación.

Y también es una buena noticia: que el miedo la tristeza, la repugnancia, todas las depresiones humanas están redimidas.

 

Silencio meditativo (Música de fondo)

Al Jesús de Getsemaní vamos a presentarle los dolores del mundo, ponerlos en esa misma tierra que él regó con su sudor.

  • Mira, Señor, a los que tienen miedo: a la pérdida de salud, de trabajo, de prestigio; miedo a situaciones difíciles; miedo a la soledad, miedo a la muerte; miedo por persecución y amenazas, miedo sin saber por qué.
  • Mira, Señor, a los que viven la tristeza y angustia, los que se sienten solos, por fracasos por desilusiones, por infidelidades, por depresión, por la pérdida de un ser querido.
  • Mira, Señor, a los que están esclavizados: por las condiciones de vida y trabajo, incluso en la familia; esclavizados por el vicio y las patologías; esclavizados por el pecado.
  • Mira, señor, a los que han perdido la ilusión y la esperanza, que viven sin sentido, descontentos, desanimados, cansados; los que caminan sin saber por qué y hacia dónde.
  • Mira, Señor, a todos tus hijos a todas tus hijas que te buscan aún sin saberlo, que te necesitan, aunque no te pidan nada, que te llaman incluso en silencio. Mira, Señor, a todos los que sufren.

 

Canto: En mi Getsemaní

  • Jn 17, 11b. 14-15.20-21 – “Cuida en tu nombre a los que me has dado”

«Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros […] Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno […] No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado».

Jesús está dispuesto a aceptar las consecuencias de su vida, las consecuencias de su fidelidad a Dios y a los demás: tomar la cruz y salvar al mundo. Pero la muerte no hace gracia a nadie. Esta noche te pedimos, Jesús, ser como tú: Atentas al Padre y a los hermanos con tu entereza, con tu confianza. Nosotras somos débiles y, muchas veces, pecadoras que sucumbimos ante el primer problema; que huimos y no tenemos fuerzas; que no nos comprometemos lo suficiente. Nos parecemos bastante a Pedro, que incluso te negó. Que sepamos vivir nuestra hora, y la hora de cada día.

«¡Si se enteraran, si se enteraran! Marías, Discípulos de san Juan: ésa es vuestra misión: enseñar o recordar a los hombres que hay Jueves santo, que hay que agradecerlo siempre» (Qué hace y qué dice…, en OO.CC. I, n. 460).

 

Decimos todos:

Lo más importante, Señor, no es…

  • Que yo te busque, sino que tú me buscas en todos los caminos.
  • Que yo te llame por tu nombre, sino que tú tienes el mío tatuado en la palma de tus manos.
  • Que yo tenga proyectos para mí, sino que tú me invitas a caminar contigo hacia el futuro.
  • Que yo te ame con todo mi corazón y todas mis fuerzas, sino que tú me amas con todo tu corazón y todas tus fuerzas.
  • Que yo trate de animarme, de planificar, sino que tu fuego arda dentro de mis huesos.
  • Porque ¿cómo podría yo buscarte, llamarte, amarte… si tú no me buscas, llamas y amas primero?

Señor, gracias por quedarte con nosotros. No llegamos a alcanzar lo que es tu presencia en la Eucaristía, en la Escritura, pero creemos en ti. Eres luz, fuerza, amor. Es de noche, pero nos iluminas; en esta noche santa, te sientes débil, pero sigues dándonos fuerza; nos pides que amemos, pero tú nos amas primero.

Se lleva ante el altar una estola, mientras se canta: Tus heridas nos han curado

 Contemplamos la estola como signo del sacerdocio de Jesús, del sacerdocio de nuestros días significado en nuestros pastores. Es un signo de la unidad, de la comunión en Jesús, de la entrega a los hombres, de la presencia de Cristo en nuestro mundo. El mundo necesita testigos de tu presencia Señor, porque en la vida de muchos hombres, la fe en Ti se ha apagado. Vivimos preocupados únicamente de nuestros intereses. Suscita hombres y mujeres generosos, capaces de olvidarse de sí mismos para poner sus vidas al servicio de los hombres, sobre todo de aquellos que más lo necesitan, y que se entreguen con alegría al anuncio gozoso de tu Evangelio.

Silencio meditativo (Música de fondo)

 

Decimos todos:

 Somos tus servidores,

Cristo Jesús, elegidos para ser apóstoles,

y destinados a proclamar la Buena Noticia

de tu vida, muerte, y resurrección,

la Buena Noticia que es fuerza de Dios para todos los que creen.

Señor, te pedimos servirte con rectitud de corazón,

sostenidos por el escudo de la fe, movidos por la caridad.

Que aprendamos de Ti la bondad y el amor sin doblez.

Que podamos mantenernos firmes en los momentos difíciles

y superar las adversidades con tu fortaleza.

Señor, queremos andar por el camino de la salvación,

llevados por la sabiduría y la fuerza de Dios, guiados por su Espíritu.

 

  • De la mano de María

En este último momento vamos a dirigir nuestra mirada a alguien importante, principal en toda esta historia: la Virgen María. Ella una vez más, con su humildad, no quiere protagonismos en esta historia, sino que prefiere el silencio, el anonimato. Pero, en esta noche santa, Ella también está presente. La Virgen contemplaría cada detalle de su Hijo, sabía que la obra cumbre de la Redención, prometida desde antiguo al pueblo de Israel, ya se iba a realizar y llevar a cabo. Ella contemplaría a su Hijo y sufría con Él. ¿Qué no habría en el corazón de esta Buena Madre en esa noche? Ella lo observaría todo y lo guardaría en su corazón, y lo aceptaría.

El dolor llega a su vida, pero no se deja vencer por él; sabe que este dolor es redentor, está para dar y generar vida. Es un dolor de entrega, de salvación. Al mismo tiempo nos muestra la delicadeza de Dios para con nosotros. Jesús, su hijo, ¡se ha querido parecer tanto a nosotros!; ha querido redimirnos hasta tal punto, que ha asumido todos los sufrimientos de la historia en todas sus circunstancias, entre ellos los de las madres en María.

Cristo se entrega por la salvación de las almas, María lo acompaña en esta entrega e intercede por nosotros, por nuestra salvación. Nosotros hemos de decir, siguiendo el ejemplo de María: Hágase, en las diversas circunstancias de nuestra vida. Fiat, pronunciaría de nuevo María. Su Hijo va a llevar a cabo la obra de nuestra Redención y, María callada, acepta y se prepara para esta hora clave.

Cada uno de los participantes enciende una vela como signo de querer permanecer en el amor, acompañando al Señor en esta noche santa.

 

Canto: No fue fácil María

Oración final

Te damos gracias Padre por la ofrenda de tu Hijo Jesús, te damos gracias por su amor agradecido y te pedimos nos ayudes a sentir en esta noche la fuerza de su amistad, de su misericordia y de su cercanía. Te pedimos Padre nos enseñes y nos capacites para darnos y entregarnos como Él. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

Publicado en eucaristia.