La liturgia, encuentro con Cristo (marzo 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

El Domingo de Resurrección: indicaciones para el día tercero del Triduo Pascual

«Es propio de la fiesta pascual que toda la Iglesia se alegre por el perdón de los pecados que ha tenido lugar no solo en aquellos que han renacido por medio del Santo Bautismo, sino también en aquellos que desde hace tiempo son contados entre el número de los hijos adoptivos de Dios» (S. León Magno).

El Domingo de Pascua, que comienza con la Vigilia Pascual, es el día central del Año Litúrgico: el día que hizo el Señor. Con este domingo de abril (2018) la Iglesia da inicio a la Pentecostés o cincuentena. Este y los cincuenta días siguientes hasta el domingo de Pentecostés hay que celebrarlos con alegría y júbilo, como si de un solo día festivo se tratara, más aún, como si fuese solo un gran domingo. Estos son los días en los que se canta de modo especial el Aleluya (cf. Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario [NUALC], n. 22).

El cirio pascual, que tiene su lugar preferentemente junto al ambón, aparece encendido desde la Vigilia pascual en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad de este tiempo, tanto en la Misa como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés.

La Eucaristía pascual
Aunque la celebración culminante es la santa Vigilia, nocturna y prolongada, no se descuidan tampoco las demás celebraciones del Día de la Resurrección. Tanto es así que la Iglesia anima a que ya la oración matutina (Laudes del domingo de Resurrección) pudiera ser ofrecida a todos los fieles (cf. Ordenación General de la Liturgia de las Horas [OGLH], n. 213).

La Misa del día de Pascua se debe celebrar con la máxima solemnidad. Su peculiaridad viene ya expresada en el mismo saludo inicial: «El Dios de la vida, que ha resucitado a Jesucristo, rompiendo las ataduras de la muerte, esté…» (Misal Romano, Ordinario de la Misa. n. 2).

En lugar del acto penitencial conviene hacer la aspersión con el agua bendecida durante la celebración de la Vigilia; durante la aspersión se puede entonar un canto de índole bautismal (cf. MR, Ord. n. 6). Con la misma agua bendecida se llenan los recipientes (pilas) que se hallan a la entrada de la iglesia (cf. Carta circular de la Congregación para el Culto Divino sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales [FP], n. 97).

En el caso de que no se hiciera la aspersión con el agua pascual, el Misal propone iniciar la invitación del acto penitencial con esta significativa monición: «En el día en que celebramos la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva» (MR, Ord. n. 3).

En la Liturgia de la Palabra, la primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, libro que se proclama durante el tiempo pascual en lugar de un texto del Antiguo Testamento. La lectura del Apóstol se refiere al misterio de Pascua vivido en la Iglesia. Pero, sobre todo, destaca la proclamación del Evangelio de san Juan sobre el hallazgo del sepulcro vacío. También puede leerse el relato evangélico propuesto para la noche santa. Si, para bien de los fieles, en lugar de las Vísperas Bautismales hubiera que celebrar Misa vespertina, se puede proclamar la narración de Lucas sobre la aparición a los discípulos que iban de camino hacia Emaús (cf. Ordenamiento de las Lecturas de la Misa [OLM], n. 99). Tras la Secuencia se canta solemnemente el Aleluya. Conviene proclamar el Evangelio con luces e incienso: el mismo Cristo resucitado sigue hablando a su pueblo.

En lugar del Símbolo niceno-constantinopolitano, la profesión de fe conviene realizarla con el Símbolo llamado «de los apóstoles» (MR, Ord. n. 19). Recuérdese que en la Misa no puede admitirse un «Credo» o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados (cf. Instrucción de la Santa Sede Redemptionis Sacramentum [RS], 69).

En la Plegaria Eucarística, que es la oración de bendición a Dios y consagración de los dones, hay prefacio propio que puede resaltarse con el canto. La monición al Memorial conviene que sea la tercera: «Proclamemos el Misterio de la fe». El pueblo, como expresión de su sacerdocio bautismal, prosigue aclamando: «Sálvanos, Salvador del mundo, que nos has liberado por tu cruz y resurrección». El Misal propone, además, dos bellos embolismos dentro de la anáfora: «Acuérdate, Señor, de tu Iglesia… en el día santísimo de la resurrección de NSJC» y «acuérdate también de los neófitos que hoy por el bautismo y la confirmación han entrado a formar parte de tu familia».

Hoy se resalta expresivamente el gesto de la paz que actualiza el saludo pascual de Cristo resucitado –especialmente si no se ha mantenido durante la Cuaresma– y también el envío final o despedida con Bendición solemne y doble Aleluya.

«Es costumbre muy difundida que la asamblea dominical, después de la despedida diaconal, permanezca todavía en la iglesia para terminar con un canto. Sería apropiado que, en relación al tiempo litúrgico, este canto se dirigiera a la Madre de Jesús. En el Tiempo de Pascua, la antífona Regina coeli u otro canto que ensalce conjuntamente la Resurrección de Cristo y el gozo de la Madre del Resucitado» (cf. Orientaciones de la Santa Sede en el Año Mariano [Orientaciones AM], n. 21).

El Officium gloriosum: la oración vespertina
Se celebran las Vísperas a la tarde, cuando ya declina el día, «en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto». También hacemos memoria de la Redención por medio de la oración que elevamos «como el incienso en presencia del Señor», y en la cual «el alzar de las manos» es «oblación vespertina» (cf. OGLH 39). En este día, y en esta Hora del ocaso del sol, contemplando la luz de la tarde, nuestras voces invocan con fe «la luz gozosa de la santa gloria del eterno Padre, Jesucristo bendito» en el Espíritu Santo. La Iglesia quiere que se conserve, donde aún está en vigor, o que se restaure en la medida que sea posible, la tradición de celebrar las Vísperas Bautismales del día de Pascua, durante las cuales, y al canto de los salmos, se hace una procesión al baptisterio (cf. FP 98). Ciertamente, conviene celebrar las Vísperas de modo solemne por dos grandes razones (cf. OGLH 213): para santificar el ocaso de un día tan sagrado y para conmemorar las apariciones en que el Señor se manifestó a sus discípulos.

En muchos lugares, tiene lugar la veneración –con un beso o incensación– de la fuente bautismal y/o de la Cruz Gloriosa. Asimismo, al final de estas II Vísperas del Domingo de Pascua se canta el Regina caeli. Los fieles, que se habían asociado al dolor de la Virgen por la Pasión del Hijo, quieren así alegrarse con ella por el acontecimiento de la Resurrección (cf. Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia [PPL], n. 151).

También en el Domingo de Pascua, máxima solemnidad del año litúrgico, tienen lugar no pocas manifestaciones de la piedad popular: son, todas, expresiones cultuales que exaltan la nueva condición y la gloria de Cristo resucitado, así como su poder divino que brota de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte (cf. PPL 148). Entre los ejercicios de piedad que se relacionan con la Pascua se cuentan las tradicionales bendiciones de huevos, símbolos de vida, y la bendición de la mesa familiar (cf. PPL 150).

Manuel Glez. López-Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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