Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (marzo 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

Sacerdotes eucarísticos y eucaristizadores

San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis afirmó que «no se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Por ello, la eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo» (n. 16).

El «fin de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos es remediar los tres abandonos más perjudiciales de un pueblo: el de Jesucristo Sacramentado, el del cura y el de las almas, mediante la formación y el sostenimiento de núcleos de almas sólidamente piadosas que desagravien y acompañen al Primero, auxilien al segundo y aproximen al Uno y al otro a las terceras» (Manuel González, «Instrucción pastoral», en El Granito de Arena, 20/2/1918, n. 250, p. 81).
Queridísimo D. Manuel: Han pasado 100 años desde que tú escribiste estas palabras en El Granito de Arena para definir el fin de la Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos, tantas veces soñada por ti, desde que te encontraste con la dura realidad de tu diócesis de Málaga y que logró ver la luz en febrero de 1918. Se disolvió en 1931, debido a las circunstancias sociales que atravesaba España. En tu libro Aunque todos…yo no, expresaste este deseo: «No pierdo la confianza en el Corazón de Jesús que la resucitará». Deseo que fue profecía.
Entrevistamos al P. César, de la diócesis de Guayaquil, que ha sido el instrumento elegido por Dios para hacerla renacer de nuevo. Él comparte con nosotros el camino recorrido hasta este momento. Estamos seguros que alcanzará del Amo abundantes gracias para que produzca muchos frutos en nuestra Iglesia de hoy.

San Manuel González fundo hace cien años los Misioneros Eucarísticos Diocesanos. Sin embargo, fue una rama de la Familia Eucarística Reparadora que desapareció. Gracias a Dios, ahora está renaciendo. ¿Cómo ha sido este camino de volver a los inicios para renacer casi 100 años después?
Realmente el camino empezó hace un poco más de ocho años cuando surgió la idea de constituir una fraternidad de sacerdotes diocesanos en Guayaquil. Éramos nada más que cuatro sacerdotes. Decidimos que nuestro patrono sería don Manuel y cuando se lo contamos a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret nos contaron la historia de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos. Fue entonces cuando pensamos en retomar la Obra.
Durante mis estudios en Roma, el padre Andrés Ulloa y yo nos reuníamos una vez a la semana con la Hna. Mª del Carmen para conocer más profundamente la espiritualidad eucarística reparadora y así empapados poder ser fieles al carisma. Luego con la ayuda de Aurora Mª López y después de haber buscado sin fruto los estatutos de la Obra, nos pusimos a redactarlos. Hace casi seis años que nos reunimos mensualmente en Guayaquil y hace dos años que los estatutos fueron aprobados por tres años como experiencia. Esperamos dentro de un año recibir la aprobación definitiva.

¿Cuántos sois en la actualidad? ¿Estáis presentes solo en Ecuador?
En Guayaquil somos 12 sacerdotes quienes integramos oficialmente la fraternidad, 11 pertenecemos a la arquidiócesis de Guayaquil y uno a la diócesis de Babahoyo. También nos acompañan otros tres sacerdotes y cuatro diáconos que aún no han formalizado su pertenencia, junto a varios seminaristas. También tenemos contacto con un grupo de cinco sacerdotes de la diócesis de Coro, en Venezuela, quienes han manifestado su deseo de constituirse MED.

¿Cómo es vuestra vida en cuanto MED? ¿En qué se diferencia en MED de un sacerdote diocesano?
Procuramos vivir los cuatro fundamentos de nuestra fraternidad. El primero es tener a nuestra parroquia como prioridad y, aunque algunos tenemos también otros cargos en la diócesis, nuestra parroquia es la niña de nuestros ojos. Así entendemos era la idea de san Manuel, puesto que en Lo que puede un Cura hoy y en Un sueño pastoral destaca mucho la vida parroquial del sacerdote. Nos debemos distinguir en esa misión pastoral por dar y buscar compañía al Abandonado, viviendo así desde la misión sacerdotal, la tarea eucaristizadora. Asímismo es para nosotros esencial la promoción vocacional y la fraternidad sacerdotal, ejemplos que vemos claramente en la vida de san Manuel. Por último, siguiendo lo señalado por nuestro fundador, procuramos ser misioneros directores de almas, dando tiempo para atender personalmente a aquellos que desean irse perfeccionando en la vida espiritual.

¿Habéis encontrado dificultades? ¿Cómo se han ido sorteando?
Hasta ahora la única dificultad encontrada ha sido lograr que los padres sean constantes en los encuentros mensuales. Como la mayoría son jóvenes, trabajan sin desmayo y les cuesta mucho separar el día para hacer nuestro retiro espiritual y reunión. La verdad es que esa disciplina ha costado un poco, pero con el tiempo se va logrando.

¿Cuáles son vuestros anhelos más profundos para el futuro?
El primero es alcanzar la aprobación definitiva de los estatutos. El segundo sería que muchas más personas conozcan la espiritualidad de san Manuel y la vivan, para que nuestras parroquias sean auténticamente eucarísticas. El tercero, que la fraternidad crezca y que sea una realidad en muchas diócesis.

¿Cómo es la relación de los Misioneros Eucarísticos con las restantes ramas de la Familia Eucarística?
Procuramos servirles en todo aquello que nos solicitan, conservando siempre nuestro corazón diocesano, puesto que debemos servir a todos los movimientos apostólicos, que en nuestra diócesis son muchísimos.

Mª del Carmen Ruiz Izquierdo y Mónica Mª Yuan Cordiviola, m.e.n.
Publicado en El Granito de Arena, Resonancias en nuestra Iglesia de hoy.

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