Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (III)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

La Misa, memorial del Misterio pascual de Cristo

Proseguimos con el ciclo de catequesis que el papa Francisco está dedicando a la Eucaristía. Este mes ofrecemos la tercera, pronunciada el 22 de noviembre, y en la que reflexionó sobre la actualización del Misterio Pascual que acontece en cada celebración eucarística.


Continuando con las catequesis sobre la Misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la Misa? La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a nuestra vida.

Presente y actual
Por esto, para comprender el valor de la Misa debemos sobre todo entender el significado bíblico del memorial. Esto «no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino que se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a término la Pascua. Y la Misa es el memorial de su Pascua, de su éxodo, que cumplió por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no, es más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos.

La Eucaristía nos lleva siempre a la cumbre de las acciones salvíficas de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, derrama sobre nosotros toda su misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual “Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7)» (Const. dogm. Lumen gentium, 3).

Rayo de sol sin ocaso
Toda celebración de la Eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la Misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos lleva también a nosotros con Él para hacer la Pascua. En la Misa se hace Pascua.

Nosotros, en la Misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado, y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo –dice san Pablo– y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 19-20). Así pensaba Pablo.

Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos víctimas de nuestro pecado y del de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.

Nos comunica su amor pascual
Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la derrotó para siempre: «Resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida». (Plegaria eucarística IV). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él transformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la Eucaristía Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, con la certeza interior de que si incluso el otro me hiriera, yo no moriría; de lo contrario, tendría que defenderme. Los mártires dieron la vida precisamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin miedo. Esto es la Misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús; cuando vamos a Misa es como si fuéramos al calvario, lo mismo.

El triunfo de Jesús
Pensad: si nosotros en el momento de la Misa vamos al calvario –pensemos con la imaginación– y sabemos que ese hombre ahí es Jesús. Pero, ¿nos permitiremos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaríamos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando entramos en la iglesia para celebrar la Misa pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen las charlas, los comentarios y esas cosas que nos alejan de esto tan hermoso que es la Misa, el triunfo de Jesús.

Creo que hoy está más claro cómo la Pascua se hace presente y operante cada vez que celebramos la Misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la Eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, regalándonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La Misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo.

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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