Historias de familia (marzo 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2018.

Por temor a la cencerrada… Don Manuel González y los problemas para celebrar matrimonios

«¡Cuidado con la invención de ahora de casar a la media noche¡ ¿En dónde se ha visto eso? El uno, porque está amancebado y le da vergüenza; y el otro, porque es viudo y le tiene miedo a las cencerradas; este porque no tiene traje nuevo para lucirlo en la iglesia; aquél, porque no quiere perder el jornal y cada uno por su estilo prefieren rebujarse a casarse como Dios manda. Al bueno de mi hijo se le ha ocurrido que todo eso se arregla casándolos a media noche o de madrugada y aquí nos tiene en vela como un sereno siempre que se les ocurre a los novios; y todo lo que se le ocurre responder a los cargos que le hago, como padre que soy, de que se va a matar, es que ¡pobrecillas las almas¡»


No resulta fácil desentrañar este párrafo que escribe D. Manuel en su Artes para ser apóstol (OO.CC. II, n. 4908) al narrar una anécdota de su admirado pae Pérez, aquel sacerdote del que tanto aprendió en sus años de seminarista. La que rememoraba en estas páginas hay que situarla en 1897 (Campos Giles, J., El obispo del Sagrario Abandonado7ª, t. I, p. 57), cuando pasó unos días con él en un pueblo, probablemente el pueblo donde vivían sus padres, pues es precisamente el padre de D. José Pérez quien acaba explicando a su invitado, con esas palabras, cuál es el motivo de que su hijo, sacerdote, regrese a casa de madrugada y entre algarabía ¿Por qué celebraba aquel cura matrimonio a altas horas de la noche? La respuesta era sencilla: lo hacía por las almas, «por las pobrecillas almas».

Don Manuel debió aprender bien aquella lección pues en su desempeño como párroco y más tarde como obispo, siempre tuvo gran celo en todo lo referente al sacramento del matrimonio y preocupación porque se celebrase válidamente, pues él sabía bien que solo cuando se contraía en la forma establecida por la Iglesia el matrimonio era válido y por tanto sacramento. Hay testimonio de que fueron muchas las ocasiones en las que se ocupó de tediosas gestiones para pedir la dispensa de algún impedimento que prohibiera el matrimonio y también de otras en las que, pensado en aquellas almas que se les habían encomendado, solicitó celebrarlo en forma extraordinaria, o en la forma secreta, casi siempre para que pudieran hacerlo sin que se viera perturbada la vida y la fama de quienes estaban en esa situación familiar irregular.

Un poco de historia
No es cuestión fácil comprender cómo se ha venido regulando la celebración del matrimonio en la Iglesia. El mismo D. Manuel lo reconoce cuando en su Anecdotario pastoral (El Granito de Arena, 5 y 20/7/1942, nn. 832-833) relata, en tercera persona, ese chasco pastoral, que sufre el párroco novato que ve entrar por la puerta a un feligrés exigiéndole contraer matrimonio canónico, y amenazando que de no hacerlo lo haría en forma civil. Se dio cuenta en ese momento que, pese a haber obtenido el grado en Derecho canónico, no sabía qué gestiones habían de hacerse para celebrarlo. Afortunadamente con la gracia de Dios y la gracia andaluza don Manuel supo reaccionar: «¿Con que Ud. quiere casarse pronto y bien? Como el Sacramento del matrimonio es la unión de un hombre con una mujer para toda la vida, sin poderse ya separar hay que pensarlo mucho…Así que usted va a dedicar dos días a pensar, y después se viene por aquí, y ¡ todo se arreglará!».

No hay que juzgar a Don Manuel como un mal conocedor de las leyes. Lo que sucede es que, en esto, como en tantas otras cuestiones, le tocó vivir en un momento de cambio. En este caso el cambio en la forma de celebrar los matrimonios y precisamente en el momento de tener que hacerlo por primera vez, se daba cuenta que realmente no conocía cuales eran los trámites que había de seguir.

Debían ser muchos los casos de matrimonios que se celebraban de manera irregular, como los que acababa atendiendo el bueno del pae Pérez. Eran personas que a menudo se habían comprometido de alguna forma privada (a veces simplemente se habían dado mutuamente palabra de matrimonio), y que por tanto no estaban unidos en matrimonio válido. Con frecuencia se trataba de matrimonios que se denominaban clandestinos, no reconocidos por la Iglesia, una situación que en España se llamaba amancebamiento. Tan complicada y grave llegó a ser la situación que el papa Pío X, en 1907, promulgaría el Decreto Ne temere, una norma que tenía por objeto resolver muchas cuestiones hasta entonces dudosas en relación con la forma válida de casamiento. Siendo párroco en estos años D. Manuel tendría que estudiar para cada uno de estos casos complejos que se le presentaban, cuál era la forma más eficiente de atender a celebrar el matrimonio de aquellos que acudían a él, y así lo haría, siempre en bien de las almas, de «las pobrecillas almas».

El primero y no el último
Algunos documentos conservados en el archivo del obispado de Huelva que llevan la firma de D. Manuel están relacionados con esta cuestión. No hay testimonio de aquel primer matrimonio que debió celebrar a poco de llegar a Huelva al que nos hemos referido. Solo sabemos que se le ocurrió acudir a un «capellancito corto de estudios y largo de prácticas» que le daría una clase de «Teología pastoral sobre lo que hay que hacer para casarse como la Santa Madre Iglesia manda», suficiente para poder atender a aquel joven cuando regresara.

Pero poco después se le presentarían casos más complicados, como uno que consta celebrado en septiembre de 1905. Debió ser triste tener que asistir a un matrimonio en articulo mortis; cuando, habiendo sido llamado para administrar la extremaunción a una moribunda, esta le confió que no estaba casada con el hombre que pasaba por ser su esposo y con el que tenía varios hijos en común. Ambos le pidieron «que santificase su unión con el sacramento del matrimonio», y ante D. Manuel aquellos dos feligreses manifestaron su consentimiento, poco antes de que ella falleciera. No dejó sin embargo de practicar las amonestaciones matrimoniales en la parroquia para cerciorarse de que no había habido impedimentos y tras comprobar que en efecto no los hubo, solicitó al arzobispado la inscripción de aquel matrimonio. Creo que este último detalle pone de manifiesto la delicadeza y la caridad que D. Manuel derrochaba con las almas sin descuidar para nada las exigencias de la justicia.

Otro caso parecido se le había presentado en mayo de aquel año. Lo recoge D. Luis Llerena (Don Manuel González García a través de la prensa, Huelva 2001, p. 201). Se trataba de una pareja que llevaba conviviendo 26 años, nunca se habían casado aunque nadie, tampoco sus hijos, conocían esta situación. Ella, viéndose muy enferma, recurre al párroco para que les case con discreción, sería otro matrimonio secreto.

¿Boda civil o en la iglesia?
Más divertido sin duda le resultaría a D. Manuel tener que atender, un año después en abril de 1906, al juez municipal encargado del Registro, que le contaba que había preparado el expediente para celebrar el matrimonio civil de un católico, miembro de una familia conocida en Huelva y que, extrañado entonces porque quisiera contraer matrimonio en la forma civil, le preguntó al novio por qué no se casaba en la Iglesia, a lo que contestó diciendo que él era viudo y temía por ello que sus amigos, al saber que se casaba de nuevo, le hicieran la tradicional cencerrada.

La cencerrada viene definida en el diccionario como «ruido desapacible que se hace con cencerros, cuernos y otras cosas para burlarse de los viudos la primera noche de sus nuevas bodas». Es fácil imaginar que los novios intentaran evitar esta burla. Como narra el propio D. Manuel en la carta que dirige al arzobispado y que se conserva en el archivo onubense, el juez se había comprometido, tras conocer la razón por la que no se casaban en la Iglesia, a interceder ante el arcipreste para que este les casara sin publicidad y, cumpliendo el compromiso, se acercó hasta San Pedro a consultar el caso con D. Manuel.

Poco después acudieron también los novios a hablar con el párroco quien, viendo la prisa que tenían en contraer matrimonio, se apresuró a solicitar la dispensa de las amonestaciones públicas y celebrarlo lo antes posible. Habiéndose, además, hecho el expediente civil ya constaba que ambos eran libres para contraer matrimonio y que no existían impedimentos, por tanto se daban los requisitos para que fuese lícito celebrar el matrimonio en secreto. Adjuntaba a la solicitud el correspondiente oficio con los nombres de los contrayentes y hacía para acabar una pregunta tendenciosa al canciller del arzobispado: «¿llegará mañana la dispensa?» añadiendo «solo en la semana pasada hemos casado doce parejas de amancebados. Parece que estamos en misión constante».

Seguramente serían muchos más los casos en los que D. Manuel debió gestionar la celebración de matrimonios en forma extraordinaria o en forma secreta, pero estas son dos referencias que existen documentadas.

Hay otro escrito que tiene que ver con un expediente matrimonial: en 1914 reclama la contestación a una solicitud de dispensa, realizada hacía algún tiempo, por joven inglés católico, que con el tiempo se convertiría en el administrativo jefe de la Compañía Río Tinto en Huelva, para contraer matrimonio con una compatriota de religión protestante. En este caso se dirige al arzobispado exigiendo una respuesta que les permitiese casarse ante la Iglesia, sin demoras.

Cientos de contrayentes
Cuando D. Manuel pasa a tener la responsabilidad del obispado de Málaga no dejará, sobre todo en sus visitas pastorales, de preocuparse porque los fieles reciban siempre que sea posible el sacramento del matrimonio, facilitándoles el que lo pudiesen hacer en la forma establecida para su validez, ahora mucho más clara gracias a la entonces reciente regulación de la forma canónica. Y de este modo sabemos que en algunas ocasiones tuvo que administrar el sacramento a tandas de ochenta a doscientas parejas (Campos Giles, J., El obispo del Sagrario Abandonado7ª, t. I, p. 297), sencillamente recabando de ambos el consentimiento, haciendo que se dieran las manos y sobre ellas administrando la bendición.

Hace unos días, en enero de 2018, el papa Francisco sorprendía a muchos celebrando en pleno vuelo la boda de dos miembros de la tripulación del avión en el que viajaba, después de que ambos le comentaran que estaban casados solo civilmente. Tras intercambiar con ellos unas sencillas palabras, unió sus manos y preguntándoles si verdaderamente se querían en matrimonio, les bendecía con una sonrisa. Dijo entonces el Papa: «este es el sacramento que hace falta en el mundo» (ABC, 18/1/2018, versión digital). Los escenarios cambian, pero la reacción del actual pontífice no es distinta de la tuvo san Manuel cuando a comienzos del siglo XX, se encontraba con fieles que, por una u otra razón, no habían contraído matrimonio ante la Iglesia, y que por ello no podían contar con la gracia sacramental que este conlleva para los cristianos. En uno y otro caso estos pastores no hicieron sino buscar el medio para que los fieles en esta situación pudiesen acceder a ese gran sacramento ¿Y con qué motivo? La razón es la misma que daba el pae Pérez: ¡pobrecillas las almas! O, si se quiere expresar con las palabras del canon que cierra el Código de Derecho Canónico, actuaron así «teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia» (c. 1752).

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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