Historias de familia (febrero 2018)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2018.

La corrida catequística de Valladolid, 1913

Que san Manuel González fue un catequista cabal, no cabe duda. De algún modo su buenhacer como tal trascendió desde un apartado rincón de Andalucía y llegó hasta los cardenales españoles que organizaban el que sería, en 1913, el primer Congreso Catequístico Nacional de España. Con fecha de 26 de febrero de 1934 el nuncio de Su Santidad en Madrid, escribía a Roma una carta en la que, preocupado por la difícil situación del obispo Manuel González García que vive «de pura limosna en esta capital», sugiere una idea: que se le encargue la organización de la catequesis en España. Aquello no prosperó, pero la relevancia de san Manuel González como catequista sería recordada muchos años después y el papa san Juan Pablo II en 1982 le calificaría como uno de los maestros de gran talla en la educación en la fe.


El I Congreso Catequístico Nacional de España tuvo lugar en Valladolid durante el mes de junio de 1913. Su celebración coincidió con el debate en torno a la cuestión del catecismo en la escuela primaria pública que había suscitado el gabinete presidido por Romanones, que gobernó desde el 14 de octubre de 1912 al 27 de octubre de 1913. Sin embargo, el Congreso se había gestado antes incluso de la formación de aquel gobierno liberal, pues el 10 de marzo de 1912 el papa Pío X había autorizado su celebración mediante una carta que dirigió al entonces arzobispo de Valladolid y promotor del Congreso, Cardenal Cos, y ya el 29 de mayo de 1912 se había reunido por primera vez la comisión organizadora. De modo que es posible que fuese el éxito que se preveía para este Congreso lo que desatara el debate sobre la enseñanza del catecismo en la escuela pública.
La propuesta del Gobierno de eliminarla fue tan contestada que finalmente el Real Decreto de 15 de abril de 1913 sobre «enseñanza de la doctrina cristiana y la Historia Sagrada en las escuelas» seguiría preceptuando la obligatoriedad de esta «quedando exceptuado de recibirla los hijos de padres que así lo deseen, por profesar religión distinta de la católica» (art. 2). Don Manuel, con guasa, llegó a escribir «que, al demonio, a Romanones, a Altamira y a toda la compañía, les ha salido el tiro por la culata en lo de meterse con el Catecismo, pues a sus gestiones hay que atribuir las dos terceras partes o por lo menos la mitad del entusiasmo y de la asistencia del Congreso» (El Granito de Arena, 20/8/1913, n. 140, p. 2).

Congresos catequísticos
Congresos catequísticos se habían venido celebrando desde que en 1889 el obispo de Piacenza, el hoy beato Juan Bautista Scalabrini, concibió el proyecto de organizar una reunión de clérigos, religiosos y laicos, con objeto de estudiar la forma de convertir el catecismo en un instrumento útil en la educación de la juventud. Intervino en aquella primera reunión Mons. Sarto, entonces obispo de Mantua, que poco después se convertiría en el papa Pío X, quien el 15 de abril de 1905, en la encíclica Acervo minis, dictó las normas que habrían de seguirse en la Iglesia para que el catecismo llegara a todos los católicos. A partir de ese momento la iniciativa se extendió a otros países. El primer congreso catequístico en Francia tuvo lugar en 1908. En Alemania congresos regionales con estas características se celebraron ya desde 1906. La propuesta para organizarlo en nuestro país partió del arzobispo de Valladolid, que supo encontrar el apoyo de gran parte de la Iglesia española.
Precisamente fue don José María de Cos quien invitó personalmente al arcipreste de Huelva a participar en el Congreso. Lo hizo en diciembre de 1912, en Roma, cuando don Manuel acompañaba al arzobispo de Sevilla que, junto al de Valladolid, recibían del papa el capelo cardenalicio. Con gracia relatará en El Granito la escena de la invitación: «en una de aquellas agradables sobremesas del Colegio Español donde nos hospedábamos, hubo de decirme, imitando el dejo de nuestra tierra: don Manué que cuento con Ud. para la corrida catequística de Valladolid. Ante un empresario tan alto y tan amable y una contrata tan honrosa y gustosa para mí, no hubo más que bajar la cabeza y cerrar el trato» (El Granito de Arena, 20/7/1913, n. 138, p. 2).
Diecinueve obispos, además del nuncio de su Santidad y otros prelados, participaron en la reunión vallisoletana. En la sintética memoria que los organizadores enviaron a L’Osserva-tore Romano al finalizar el Congreso, se destaca que fueron cuatro mil los participantes llegados de toda España; que pasaron de trescientos los trabajos presentados y que fueron muy meritorias las lecciones prácticas dadas por el eminente pedagogo sacerdote Andrés Manjón, por el arcipreste de Huelva y por los escolapios Esteve y Garrigós. Entre los asistentes había muchas Marías y treinta de los cuarenta y cuatro directores de Centros diocesanos de estas. Don Manuel escribirá en El Granito que llenaron «uno de los largos coches del rápido» que en cinco horas y pico los llevaría desde la Estación del Norte madrileña hasta Valladolid (cf. El Granito de Arena, 20/8/1913, n. 138, p. 3).

Discursos y sesiones
Además de los discursos que durante las sesiones fueron pronunciados por los prelados participantes, el congreso contó con otras sesiones específicas: una serie de sesiones prácticas, unas «veladas de proyecciones luminosas» y una «exposición catequística». Todo lo que de interés hubo en este Congreso se encuentra en los dos volúmenes que recogen la Crónica Oficial del Primer Congreso Catequístico Nacional Español, editado en Valladolid en el mismo 1913. Se trata de una serie de documentos que, pese al transcurso de los años, resultan de interés. Creo que sus conclusiones pueden trasladarse fácilmente a la actualidad. Por supuesto la narración de la lección práctica que impartió don Manuel a aquellos niños castellanos no ha perdido nada de su frescura con los años.
Seis fueron los templos en los que se desarrollaron las lecciones prácticas de catecismo. Unas sesiones que levantaron tanta expectación que cada uno de los catequistas invitados tuvo que impartir dos y no una como estaba previsto. Los párrocos prepararon grupos de niños que distribuyeron en aquellas seis iglesias. Los grupos recibirían las sesiones de catequesis mientras, desde una tribuna, los participantes en el Congreso observaban la forma en la que se desarrollaban. El arcipreste de Huelva (es curioso, pero siempre en las actas del Congreso se le llama de este modo y nunca por su nombre propio) dio sus sesiones en la iglesia de San Miguel, los días 27 y 28 de junio. Era don Manuel el único que lo hacía como párroco, pues en los otros cinco templos las sesiones se habían confiado a representantes de instituciones eclesiásticas, los hermanos de la doctrina cristiana, los escolapios, los padres jesuitas, y una al padre Manjón, quien por entonces era un reconocido catedrático de Derecho Canónico que, sin embargo, rechazaba honores y cargos, para poder poner en marcha las celebradas escuelas del Ave María.
El párroco de San Miguel era en aquel momento don Daniel Llorente, un entonces joven sacerdote que en 1942 fue ordenado obispo, y que dedicaría el resto de su vida a profundizar en el significado de la catequesis. Escribió en 1928 Tratado Elemental de Pedagogía Catequística, el libro que recomendaba don Manuel para la formación de los catequistas (cf. M. González Gallardo, Don Manuel González García. Vida, obra y pensamiento catequético, Pamplona, 1992, p. 700). Es curioso, pero don Daniel Llorente, para describir su dedicación a la catequesis, hablaba de tener por ella «chifladura», una expresión que sorprende al autor de su semblanza biográfica realizada para el Colegio de Valladolid donde trabajó durante años, pero que para nada extraña a quien conoce la obra de san Manuel González. A Don Daniel le correspondió presentar al catequista que impartiría su sesión en presencia de numerosas personas y de los obispos de Astorga, León, Ciudad Rodrigo y Osma.

Primera lección práctica
Las primeras palabras del arcipreste de Huelva son de saludo a los asistentes a quienes explica qué es lo que pretende conseguir de los niños, sencillamente: 1. Que vayan con gusto al catecismo, 2. Que se enteren del Evangelio, del catecismo y de la vida cristiana con esperanza de que la practiquen y 3. Que a la vista de esto las personas mayores se animen a asistir a las sesiones de catecismo para adultos. Como diríamos en su Andalucía, ¡don Manuel no daba puntada sin hilo! Para conseguirlo los principios básicos son dos, el método de enseñar jugando y el catequista.
Así lo dice a los congresistas que le escuchaban: «la catequesis es el catequista, dadme un catequista con vocación, ya sea por deber ya por caridad, con la preparación intelectual adecuada, que trate primero con el Corazón de Jesús en el Sagrario lo que va a tratar después con los niños y que, sobre todo, ame a estos con el amor que saca del Sagrario, dadme un catequista así y no me digáis … que le falta material docente, como cuadros murales, proyecciones cinematográficas, valiosos premios, etc.» (El Granito de Arena, 20/8/1913, n. 140, p. 6).
A continuación, se volvió hacia el lugar donde, expectantes, los niños aguardaban el comienzo de aquel catecismo tan especial junto a don Daniel. No perdió don Manuel la oportunidad de arrancar la primera carcajada a aquellos niños, algo nerviosos, y lo hizo bromeando con el contraste entre el joven sacerdote de la parroquia, alto y delgado, y él: «acostumbrados a vuestro catequista que es un serafín… aparezco yo, que soy un sifón». Aquellas risas rompieron el frío aquel día en la iglesia de San Miguel (El Granito de Arena, 20/8/1913, n. 140, p. 7). Don Manuel describió en su crónica para El Granito todo lo que sucedió durante aquella sesión de catequesis. Más tarde lo recogería en Partiendo el pan a los pequeñuelos (pp. 24 y ss. y OO.CC. III, nn. 4.621 y ss.).
Aquel cuento de los sobrinos del diablo, la distracción, la bulla, malos pensamientos y desobediencia, frente a los ángeles de la atención, el silencio, los buenos pensamientos y la docilidad, cautivó a aquellos niños, que enseguida se identificaron con los personajes y comenzaron a actuar. El triunfo de los ángeles y la muerte, taurina, de aquellos malvados diablillos usando la santa cruz, les hizo saber qué es lo bueno, lo malo y también cómo se deben persignar. El público presente irrumpió en aplausos ante el alborozo de aquellos niños (cf. El Granito de Arena, 20/9/1913, n. 142, pp. 2-5).
Siguió la explicación del Evangelio de aquel domingo, que era el de la multiplicación de los panes y los peces. Como haría tantas veces, don Manuel dejó que los niños explicaran a su manera todo lo que sucedía en aquel episodio del Evangelio, y las ocurrencias no faltaban, ante el asombro de los Congresistas que, divertidos como los mismos niños, atendían. Del milagro de los panes y peces pasó don Manuel al milagro de la Eucaristía y con ello dirigió la mirada y el corazón de los niños a ese alimento que está en el Sagrario (cf. El Granito de Arena, 5/10/1913, n. 143, pp. 1-4).

Segunda lección práctica
Al día siguiente de nuevo hubo catequesis en San Miguel, eran los mismos niños, aunque diferente el público. Quiso don Manuel comenzar, de manera pedagógica, preguntando sobre lo que habían aprendido el día anterior, comprobando que la divertida representación había surtido sus efectos. El Evangelio que correspondía al siguiente domingo era el de san Mateo donde dice: «un árbol bueno no puede dar frutos malos ni un árbol malo puede dar frutos buenos». «¡Vaya si tiene miga!» se apresuró a decir don Manuel, mientras les introducía en el secreto de distinguir la sombra del árbol bueno. Al momento eran los niños los que ponían ejemplos; habían entendido el sentido de la Palabra de Dios (El Granito de Arena, 20/10/1913, n. 144, pp. 1-4). Y a seguir jugando.
Ahora tocaba hacerlo con el reloj. Los niños se convertían en relojes que señalaban a lo largo del día los momentos de trabajar, jugar y rezar. Con ese reloj el tiempo corría tan deprisa que, rápidamente sonaron las doce y con ellas el fin de la catequesis. Quedaba el final y don Manuel aprovechó una leyenda que relacionaba la iglesia de San Miguel con el padre Bernardo de Hoyos, que fue el primero en difundir por España la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el primer tercio del s. XVIII.
Según se cuenta, este sacerdote jesuita que murió con 24 años, fue enterrado en este templo, pero por alguna razón el lugar exacto de su sepultura se desconoce. ¿Quién podría saber dónde se encuentran los restos de aquel venerado sacerdote? Se decía que el hecho de no contar con sus restos mortales dificultaba su proceso de beatificación. Don Manuel puso sobre la pista a algunos de los niños que no tardaron en comunicar a lo demás, que había alguien que conocía bien todo lo que pudo suceder en aquella iglesia hace doscientos años pues ya estaba allí cuando enterraron al padre Hoyos, era Aquel que estaba en el Sagrario y hacia allá se dirigieron todos. Gracias a este juego entendieron con sencillez la presencia real de Jesús en la Eucaristía (cf. El Granito de Arena, 20/11/1913, n. 146, pp. 3-6). El padre Bernardo de Hoyos tardaría en ser declarado beato (lo sería en 2010) pero aquella mañana en la iglesia de San Miguel «cayeron sobre las puertecitas doradas de aquel Sagrario los ecos de unos cuantos cientos de besos sinceros, puros, restallados, explosivos…».

Aurora Mª López Medina
Publicado en El Granito de Arena, Historias de familia, San Manuel González, San Manuel González García.

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