Centenario de la fundación de los Misioneros Eucarísticos

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2018.

Misioneros que acercan a todos al Sagrario

El primer viernes de febrero de 1918 (día 1) Mons. Manuel González García, entonces obispo de Málaga, presentaba su Instrucción pastoral de cómo se han de renovar con verdad nuestros pueblos por la acción eucarística mediante la cual se establecía la Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos. Ofrecemos, a continuación, un resumen de este documento, que fue publicado íntegramente en El Granito de Arena en las revistas del 20 de febrero y del 5 de marzo de 1918. La mayor parte de dicha Instrucción se encuentra también en las Obras completas (III, 4.837-4,861).

«A los venerables Sacerdotes y amadísimos fieles del Obispado: No en balde encarece tanto la Iglesia nuestra Madre a sus Obispos la obligación de la Visita frecuente de sus pueblos. Son tantos los frutos que éstos y aquéllos reciben de estas visitas que, aun sin el mandato de la Iglesia, habrían de hacerse.

Dedicado, como sabéis, al cumplimiento de este deber pastoral casi desde nuestra llegada a Málaga y conociendo ya la mayor parte de la Diócesis, hemos creído llegada la hora de empezar a hablaros acerca de lo que esas visitas nos van descubriendo, enseñando, pidiendo y de ir dictando medidas en conformidad con esas experiencias.

Lo que vamos descubriendo
Médico y padre más que legislador, vamos recorriendo los pueblos con oídos y ojos abiertos para descubrir enfermedades y, ¡ay!, ¡cuántos Sagrarios han oído los gemidos que a nuestro corazón han arrancado la vista de tanto enfermo y, ¿por qué no decir la verdad?, tanto muerto del alma!

Sí, a través de las férvidas y, más aún, delirantes demostraciones de cariño con que nos reciben los pueblos que visitamos, reveladoras, sin duda alguna, de lo arraigado y añejo de sus creencias, y de la hidalguía de sus pechos y aun a pesar de su índole festiva y graciosa, y formando contraste con la belleza y esplendidez del paisaje, hemos adivinado que padecen una gran inquietud o una gran tristeza.

¿La causa? La hemos indagado. Verdad que nuestros pueblos padecen mucha falta de pan como consecuencia de la pobreza de la tierra y de la exageración de los tributos. Pero no es ésa toda la causa: hemos hallado otra más honda y más eficaz.

El gran mal
Digámoslo de una vez, aunque el corazón se nos desgarre de pena: nuestros pueblos están desolados moral, espiritual y hasta económicamente porque están a punto de quedarse sin Jesucristo, o se han quedado sin Él.

¡Vivir tan cerca y tan separados Jesucristo y sus pueblos! Y ¿no es ése el Jesucristo de nuestros pueblos? En la mayor parte de éstos Él no es comido en la comunión, no es oído en la predicación, no es visitado en su casa, no es suplicado en la oración, no es imitado en las costumbres y no es tenido en cuenta para nada…

El remedio
¿Cuál es? A nuestro entender, muy fácil de decir y muy difícil de aplicar. Si el mal de nuestros pueblos que tratamos de curar y causa a su vez de incontables males de todos los órdenes es la incomunicación con Jesucristo, el remedio no puede ser otro que la comunicación con Él.

Si los sarmientos se han secado porque se separaron de la vid, no les queda otro recurso que, o dejarse llevar al quemadero, o esperar el milagro, que la naturaleza no sabe hacer, de una nueva incorporación a su vid. Sí, hay que pedir y que preparar el milagro de la reincorporación de estos pobres sarmientos de tan triste destino a su vid. ¡Ésa, ésa será la única y verdadera renovación!

Los Misioneros Eucarísticos Diocesanos
Urge, pues, llevar a los pueblos, no tanto ya misioneros que conviertan a pecadores empedernidos, cuanto directores espirituales que atraigan, afinen y avaloren las almas sencillas y dóciles.

La acción del misionero es la de la lluvia torrencial; la del director espiritual, la de la llovizna; aquélla, moja; ésta, remoja la tierra; aquélla es mucha agua, pero que se va; ésta, es poca agua, pero que se queda.

Sí, urge enviar guías a esas almitas de ordinario desconocidas o despreciables a los ojos del mundo, denostadas las más de las veces con el mote de beatas y que, acertadamente dirigidas, están llamadas a dar ellas solas al Corazón de Jesús toda la gloria que debía darle el pueblo entero.

Urge que salgan a los pueblos sacerdotes prudentes, celosos, ilustrados en la ciencia de las almas a buscar y a pulimentar margaritas preciosas con que tejer coronas de honor y desagravio a las sienes benditas y punzadas de Jesús crucificado y sacramentado.

Y a eso va esta obra de Misioneros Eucarísticos Diocesanos. Van a las almas a enseñarles lo bueno y dulce que es servir al Señor del Sagrario, enseñándolas a orar vocal y mentalmente, a vencerse, a andar por caminos de perfección y de caridad para los prójimos y a descansar sobre el pecho del Señor, como su patrono, el Discípulo predilecto. Fin de esta obra en pocas palabras: Proveer a los pueblos, por lo menos trimestralmente, de un sacerdote para formar y sostener núcleos de almas piadosas.

Otra palabra a los fieles
Hartas veces han llegado a nuestros oídos clamores vuestros parecidos al del paralítico del Evangelio: hominem non habeo. No tenemos hombres. Pueblos de muchas almas a los que la escasez, cada vez más alarmante, de clero priva de pastor. Aquí tenéis la Obra que va a poner a vuestro lado los hombres de Dios por quienes suspiráis.

Son Misioneros, porque van enviados por vuestro padre y pastor, que, no pudiendo hablaros ni consolaros, ni dirigiros a cada uno, se multiplica y se hace representar por esos sus Misioneros.

Son Eucarísticos porque toda su misión se reduce a llevaros junto a la puerta del Sagrario y meteros dentro del Corazón que allí dentro palpita por vosotros para que viváis la vida que de allí brota, que es la vida verdadera y la razón y el principio de todo legítimo bienestar del individuo, de la familia y de la sociedad.

Diocesanos porque la obra que van a realizar no se extiende a un solo pueblo ni a una sola clase de personas, sino a todos los pueblos y a todas las personas que pertenecen a esta diócesis de Málaga, para que personas y pueblos formen en plazo no lejano la diócesis eucarística por antonomasia, en donde Jesús sacramentado tenga tantos templos cuantos hogares y tantos Sagrarios cuantos corazones y se borre para siempre esa triste lista de pueblos abandonados y de Sagrarios más abandonados que los pueblos.

Que el Corazón de Jesús abandonado de nuestros Sagrarios derrame sobre esta Obra tanta gracia suya que pueda pronto realizar el milagro de la renovación verdadera de nuestros pueblos».

+ Manuel, Obispo de Olimpo
Admor. Ap. de Málaga
Publicado en El Granito de Arena, La FER en el mundo, Misioneros Eucarísticos Diocesanos.