Apóstola de los Apóstoles

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2017.

María Magdalena: apóstola de la esperanza

El 22 de julio la Iglesia celebra la Fiesta de Sta. María Magdalena, mujer particularmente significativa para la Familia Eucarística Reparadora, por ser una de las valientes mujeres que permanecieron fieles a Jesús hasta el Calvario, y a quien el Resucitado confío una misión especial entre sus seguidores. El papa Francisco, el pasado 17 de mayo, dedicó su catequesis semanal en la Plaza de San Pedro a ella, destacando en esta ocasión su testimonio de esperanza. Publicamos a continuación el texto completo.


Queridos hermanos y hermanas: En las últimas semanas nuestra reflexión se mueve, por así decirlo, en la órbita del Misterio Pascual. Hoy encontramos a aquella que, según los evangelios, fue la primera persona que vio a Jesús resucitado: María Magdalena. El descanso del sábado había terminado hacía poco. El día de la pasión no hubo tiempo para completar los ritos fúnebres; por eso, en aquel amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús con ungüentos perfumados.

La primera en llegar es ella: María Magdalena, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su camino hacia el sepulcro se refleja la fidelidad de tantas mujeres que han dedicado años a los senderos del cementerio, en memoria de alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se rompen ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El evangelio (cf. Jn 20,1-2.11-18) describe a la Magdalena aclarando inmediatamente que no era una mujer de vida alegre. Efectivamente, después de la primera visita al sepulcro, vuelve decepcionada al lugar donde los discípulos estaban escondidos; cuenta que han movido la piedra de la entrada al sepulcro, y su primera hipótesis es la más fácil que se pueda formular: alguien debe haber robado el cuerpo de Jesús. Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la Resurrección, sino el de un robo perpetrado por desconocidos, mientras toda Jerusalén dormía.

Los evangelios narran después un segundo viaje de la Magdalena al sepulcro de Jesús. ¡Era testaruda! Fue, volvió, porque no estaba convencida… Esta vez, su paso es lento, muy pesado. María sufre por partida doble: en primer lugar, por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

Mientras se inclina cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, es cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada. El evangelista Juan reitera la persistencia de su ceguera: no se da cuenta de la presencia de dos ángeles que la interpelan, y tampoco sospecha nada cuando ve al hombre a su espalda: cree que es el jardinero. Y, en cambio, descubre el evento más impactante de la historia humana cuando finalmente la llaman por su nombre: «María» (v. 16).

¡Qué hermoso es pensar que la primera aparición del Resucitado –según los evangelios– haya acaecido de una manera tan personal! Que haya alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y nuestra decepción, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nombre. Es una ley que encontramos esculpida en muchas páginas del Evangelio.

En torno a Jesús hay muchas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es sobre todo Dios quien se preocupa por nuestra vida, el que la quiere aliviar y para ello nos llama por nombre, reconociendo el rostro de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno nos llama por nombre: conoce nuestro nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no? Cada uno de nosotros lo experimenta.

Una cascada que arrolla
Y Jesús la llama: «¡María!»: La revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de cada hombre y mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vacío. Los evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús no es una alegría suministrada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidad suave, sino con olas que arrollan todo. Tratad de pensar también vosotros en este momento, con el bagaje de decepciones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en su corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte». ¡Qué hermoso es esto!

Jesús no es uno que se adapte al mundo, tolerando que en él perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte; al contrario, nuestro Dios –me permito esta palabra– es un soñador: sueña con la transformación del mundo, y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

La alegría de anunciar
María quisiera abrazar a su Señor, pero ahora Él está orientado al Padre celestial, mientras ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así, aquella mujer, que antes de conocer a Jesús estaba a merced del maligno (cf. Lc 8,2), ahora se ha convertido en apóstola de la nueva y mayor esperanza.

Que su intercesión nos ayude también a nosotros a vivir esta experiencia: en la hora del llanto y en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado, que nos llama por nombre, y, con el corazón lleno de alegría, ir y anunciar: «¡He visto al Señor!» (v. 18).

¡He cambiado de vida porque he visto al Señor! Ahora no soy como antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Esta es nuestra fuerza y esta es nuestra esperanza. Gracias.

Papa Francisco
Publicado en El Granito de Arena, Iglesia hoy.

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