El Evangelio a la lámpara del Sagrario (junio 2017)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2017.

Un Corazón que hace antes que dice

Siguiendo las huellas de nuestro padre, san Manuel González, y de la tradición de la Iglesia, adoramos en estos días del mes de junio el Corazón traspasado por amor de Cristo nuestro Señor. La devoción al Sagrado Corazón no solo ha de ser un momento de meditación o de devoción comunitaria, sino un ejercicio de fe que nos transforme y nos resitúe en la misión de eucaristizar.


La devoción al Corazón de Jesús es para toda la Iglesia y para cada creyente el recuerdo de la esencia de la fe, que no es otra cosa que confiar, dejarnos amar. Este dejarnos amar es el núcleo del encuentro con Cristo, que nos salva, alegra y entusiasma.

Al revivir en este mes la devoción al Corazón del Señor, herido por nuestros pecados, experimentamos la llamada a renovar en nosotros dos dimensiones de nuestra espiritualidad eucarística: la consagración y la reparación. Así pues, os invito y me invito a transitar en el «mes del Amo» estos dos caminos, el de la consagración y la reparación, con renovado entusiasmo, para vivir nuestra devoción al Divino Corazón al modo y estilo de don Manuel, orando con sus palabras: «Espíritu Santo, enséñanos por dentro y por fuera el Corazón de Jesús, y esto nos basta» (OO.CC. I, n. 364).

Consagración
Desde nuestro Bautismo somos consagrados, pertenecemos a Dios, somos sus hijos y miembros de su Iglesia. Por el Bautismo, Dios trino y uno hacen morada en nosotros. No siempre recordamos esto, y en muchas ocasiones vivimos apartados de esta realidad que nos configura, que nos hace hijos. La devoción al Corazón de Cristo nos devuelve la hondura de nuestra consagración bautismal, lanzándonos a vivir el momento presente desde la primacía de la vida interior y de la gracia. Vivir la devoción al Corazón de Jesús es vivir nuestro Bautismo en plenitud. El Corazón de Jesús nos invita a devolver a Dios Padre todas las gracias y todos los bienes que nos ha regalado por la fe, educando nuestro corazón desde la gratuidad y la universalidad.

Si pertenecemos a Él por el Bautismo, si somos suyos, todo es suyo. El acto de consagración al Corazón de Jesús que repetimos constantemente al decir «Corazón de Jesús, en vos confío» es un mero reconocimiento de que todo depende de Él y que sin Él no somos nada. Es abandonarnos en él, zambullirnos en su Corazón y encontrar en Él la paz y el sosiego, la fuerza y la seguridad. Es, en palabras de san Manuel González, «chiflarnos» por su amor: «En todo lo que uno diga, haga o proyecte, que entre en primer lugar y nombrado con su nombre el Corazón de Jesús, y cuando esto se hace de un modo habitual, yo no me meteré a explicar el modo y el porqué, pero es lo cierto que cuando se da uno cuenta se encuentra con una serie de hombres, mujeres, jóvenes, viejos y hasta chiquillos chiflados perdidos por el Corazón de Jesús. Y ¡no es nada la que se arma con un grupo de esos chiflados!» (OO.CC. II, n. 1722).

Aprendemos del Divino Corazón la pedagogía de Dios que es tan hermosa como silenciosa, la pedagogía del amor fiel y constante. Consagrarnos al Corazón de Jesús es repetir en nosotros aquí y ahora la experiencia de Cristo en el Jordán «Este es mi hijo amado, mi predilecto» (Mt 17,5).

Consagrarnos al Corazón de Jesús es vivir la grandeza del mismo acto de fe: soy una persona amada infinitamente por Dios y esto me mueve a confiar plenamente en Él. La devoción al Corazón de Jesús nos lleva a vivir la confianza como único camino que nos conduce al amor, es vivir su misericordia para con nosotros en la vida cotidiana, es abandonarnos a su plan de salvación.

Reparación
La experiencia de sentirse amados por Dios y de vivir en acción de gracias no siempre está presente en nuestra sociedad, en nuestro mundo, y muchas personas se alejan de Dios, se olvidan de Él, lo abandonan e incluso reniegan de Él, viviendo una total ingratitud. La realidad del pecado afea la hermosura de un Dios que es amor, por eso necesitamos movernos en la dinámica de la reparación, es decir del arreglo del pecado, de la limpieza del mal a fuerza de bien. Es desde esta realidad de abandono de Dios donde la reparación encuentra sentido y donde la devoción al Corazón de Jesús nos lleva a ofrecer el día, las alegrías y las penas, las luces y las sombras para que nuestra gratitud, nuestra ofrenda sea reparadora. Amar al Corazón de Cristo es amar nuestra propia felicidad, que pasa por la entrega generosa de todo lo que somos y tenemos a su acción, solo así podremos reparar, cuando la reparación sea camino de felicidad y libertad para nosotros.

De alguna manera, reparar el olvido de Dios a través de nuestras pequeñas o grandes ofrendas es construir la civilización del amor, como decía san Juan Pablo II: «Así –y esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador– sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá constituir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo» (Carta al prepósito de la Compañía de Jesús, 5/10/1986).

Civilización del amor que en muchas ocasiones está muy lejos de la vida ordinaria de nuestras ciudades y pueblos. Por eso, como Familia Eucarística Reparadora estamos llamados a hacer recobrar la alegría de la fe a aquellos que han sido bautizados pero viven alejados de Cristo y de la Iglesia. Esta realidad de lejanía de la fe se nos presenta como una motivación más para nuestra reparación. Ofrecernos para que otros crean, ofrecernos para que a través de nuestra vida la Iglesia sea creíble, ofrecernos para que por nuestro medio, el Divino Corazón llame a la puerta de tantos que han perdido el sentido de sus vidas. Civilización del amor que empieza y acaba por asociarse a Cristo: «Llorando con Cristo que llora, acompañando a Cristo abandonado, poniendo su corazón muy cerca del Corazón de Cristo, muy cerca, hasta que se punce con las espinas que coronan a éste, hasta que pasen al suyo algo de las hieles amargas que en éste rebosan, estableciéndose así un flujo y reflujo de penas y amores, haciéndose él el adorador, el amante, la víctima por toda su pobre parroquia… Ése es el primer paso, asociarse a Cristo, entrar en compañía con Él, enamorarse de Él, quererlo con toda el alma y , ¿queréis que os lo diga de una vez?, ¡chiflarse de amor por el Corazón de Jesucristo!» (OO.CC. II, n. 1891).

La reparación completa, por así decirlo, el acto de consagración, implica vivir nuestra pertenencia a Dios, que nos lleva a amar como Él amó, a buscar a los pecadores, como Él los buscó, a subir a la cruz, como Él subió. Actos de amor que construyen la civilización del amor y que tienen en la Eucaristía su modelo y su espejo.

Amemos con el amor del Corazón de Cristo que se entrega, que se ofrece en cada Eucaristía. Reparemos todo el pecado del mundo en comunión con Cristo Eucaristía que vela, que acompaña, que espera a que vayamos a Él en el Sagrario. Amor reparador a Cristo Eucaristía que nos hace salir de nosotros y devolverle a Dios lo que es suyo, un amor infinito por la humanidad, porque «tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo» (Jn 3,16). Digamos con san Manuel González: «Corazón de mi Jesús Sacramentado, aquí tienes de rodillas ante tu Sagrario un aprendiz: ¡enséñale a hacer según tu programa!» (OO.CC. I, n. 498) y renovemos en este mes del Amo, y siempre, nuestro amor a su Divino Corazón y a su programa de eucaristización.

Sergio Pérez Baena, Pbro.
Publicado en El Evangelio a la lámpara del Sagrario, El Granito de Arena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *