Ponencia de la Dra. Dª Aurora Mª Lopez Medina en el I Congreso Internacional Beato Manuel González (II)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2017.

La acción social de don Manuel González. Chifladuras frente a la «soberanía pulmonar» (II)

En el I Congreso Internacional Beato Manuel González, que tuvo lugar en Ávila en la primavera de 2015, la Dra. Aurora Mª López Medina, de la Universidad de Huelva y miembro de la UNER, ofreció su reflexión sobre la acción social de don Manuel González. Ofrecemos en este número de El Granito la segunda parte de su intervención, en la que describe y analiza la intervención de san Manuel González en la III Semana Social que se celebró en Sevilla en 1908.


Precisamente en 1908 la III Semana Social de España tendría lugar en Sevilla y uno de los primeros conferenciantes fue el arcipreste de Huelva. Nunca se publicaron las Actas con las ponencias de esta Semana Social. Solo se publicaron las intervenciones de apertura y de clausura, que estuvieron a cargo de los obispos de Vich y de Orihuela respectivamente y por otro lado enseguida fue publicada la intervención de D. Manuel González La acción social del párroco (que se llegó a diez ediciones y posteriormente se unió como Apéndice a su libro Lo que puede un cura hoy).

He tenido que recurrir a la consulta del diario El Correo de Andalucía, el periódico sevillano que siguió muy de cerca el desarrollo de aquellas jornadas, y también al apartado «Crónica Social» de los números correspondientes a noviembre de 1908 de la Revista Católica de Cuestiones Sociales, aunque en su mayor parte reproduce los resúmenes ya publicados en El Correo (a la vista de la coincidencia he preferido dar las notas de la Revista Católica de Cuestiones Sociales que puede consultarse fácilmente a través de la Hemeroteca Digital en la web de la Biblioteca Nacional. He podido consultar El Correo de Andalucía gracias a la amabilidad del personal de la Hemeroteca Municipal de Sevilla. Me referiré a ambas con sus iniciales RCCS y ECA).

He pensado que sería interesante analizar el fundamento de la acción social en la doctrina de D. Manuel González buscando en las crónicas de la prensa de los días en los que pronunció su conferencia «La acción social del párroco» en 1908 y con ello poder conocer qué es lo que más pudo llamar la atención a sus conciudadanos. Las palabras del beato Manuel González las podemos leer en cualquier momento y reflexionar sobre ellas, pero además también podemos reflexionar sobre lo que significaron en aquellos momentos para quienes pudieron escucharle.

El arcipreste de Huelva, conferenciante en la III Semana Social
El Correo de Andalucía presentaba en su portada del 17 de noviembre de 1908 la reseña biográfica de dos de los «maestros de la Semana Social», uno de ellos era D. Manuel González, arcipreste de Huelva. Aquí, además de una síntesis de su formación académica, se señalaba que «D. Marcelo Spínola le nombró representante de las Congregaciones Marianas de la diócesis, asistiendo al Congreso celebrado en Barcelona por las Congregaciones marianas, y habló elocuentemente representando a Sevilla en aquel concurso de Amor a María, recibiendo grandes aplausos».

Es curioso ver cómo el periódico manifiesta que «tiene la inmensa satisfacción de haberlo contado como redactor cuando muy joven (motivo por el que algunos ignorantes de sus grandes condiciones censuraron a nuestra publicación por la intervención que en ella tomara) era fundada esperanza de la Religión y sus obras».

He tenido la oportunidad de leer en este periódico varias de las lecciones y de las conferencias que en esta sede fueron pronunciadas por personas de excelente formación, tanto académica como eclesiástica. No es difícil llegar a una primera conclusión: ninguna de ellas se parece a la conferencia que impartió el arcipreste de Huelva.

En efecto, quizás a excepción de la disertación del obispo de Badajoz D. Félix Soto Mancera, titulada «La acción católica debe ser popular», y en la que se hacía referencia a varias escenas del Evangelio (la intervención del obispo de Badajoz aparece recogida en RCCS, 1908, n. 14, pp. 810-815. Es curioso destacar que en algún momento se extraña de que el arcipreste de Huelva se refiera a Nuestro Señor como «el Amo», cf. p. 814), las restantes tenían títulos como «Los sindicatos agrícolas y las sociedades de socorros mutuos», «El trabajo a domicilio de la mujer en Madrid», «La propiedad en Andalucía», «El municipio cristiano en la Edad Media»… Eran temas técnicos, sin duda de gran interés, que se desarrollaron en ocasiones en varias lecciones, que impartían los conferenciantes en días sucesivos.

La disertación de D. Manuel tuvo otro aire, sin duda. Muy metódico en su discurso, comienza preguntándose qué es la cuestión social. Formula en primer lugar una definición amplia en conexión con la que ofrecen los autores, esto es, la influencia que el catolicismo ejerce en la sociedad con su doctrina, pero a continuación ofrece otra mucho más cercana, seguramente más real de la acción social católica: «el conjunto de obras que los católicos han de realizar para ir al pueblo y traerlo a Cristo. Es un viaje de ida y vuelta, que empieza, el de ida, en Cristo y termina en el pueblo, y empieza en el pueblo, el de vuelta, y termina en Cristo» (OO.CC. II, n. 1884).

«Por si no quedara claro, explicará con gracia, que cuando dice pueblo se refiere a la gente corriente, que toma café, lee folletines (…) los que pagan las contribuciones y los vidrios rotos (…) y los que pegan cuando se cansan de pagar» (este párrafo no aparece así en las ediciones del discurso, sí en El Correo de Andalucía. Pienso que es posible que D. Manuel se equivocara diciendo «Pegan las contribuciones…» y solucionara con salero el error añadiendo la segunda parte de la frase, en el periódico se recoge que en ese momento se produjeron grandes risas y aplausos; cf. RCCS, p. 808).

En efecto, D. Manuel concreta el concepto amplio de «catolicismo» en el mucho más concreto de la Iglesia, y en vez de hablar de influencia sobre la sociedad, se refiere a la que esta puede ejercer sobre «la parte más numerosa y desgraciada de la sociedad, sobre el pueblo», sobre «la clase obrera y trabajadora».

La conferencia de D. Manuel en aquel otoño en Sevilla recobra, como tantas de sus palabras, una especial actualidad hoy, pues en sus palabras se refiere continuamente a eso que el papa Francisco nos recuerda casi cada día: «hay que salir a las periferias». El cronista de El Correo escribe al escuchar a D. Manuel: «Es menester ir al pueblo, hay que situarse para encontrarle, y preciso es reconocer que el pueblo está muy lejos, infinitamente lejos, porque aunque se estreche la mano del obrero, aunque se le proporcione el sustento y se le faciliten medios de esparcimiento, si no tiene a Cristo que en nuestro corazón reina, si en él no está, el obrero se encuentra muy lejos de nosotros. Así está el individuo y las masas aún más lejos».

Ese pueblo «está infinitamente distante de nosotros» (OO.CC. II, n. 1885), escribirá D. Manuel, y al decir nosotros no estaba hablando en plural mayestático, se refería a la primera persona del plural, y en este punto hay que tener en cuenta que estaba hablando a los arzobispos de Sevilla y Granada y a los obispos de Coria, Salamanca, Vich, Badajoz, Plasencia, Ciudad Rodrigo y Guadix; sin duda el joven arcipreste de Huelva, al hablar de esta distancia con respecto al pueblo a estos insignes prelados, estaba cometiendo una osadía . A esta afirmación tajante sigue una clara solución: para acortar esta distancia con respecto a este pueblo, lo que hay que hacer, lo único que se puede hacer, es meter a Dios en su «inteligencia y en su corazón» y entonces la distancia habrá cambiado. El razonamiento es lógico si se parte de un planteamiento claro: «¿quién es capaz de medir la distancia que hay entre un alma con Cristo y un alma sin Cristo?» (OO.CC. II, n. 1886). El discurso que tiene como base un tema social adquiere en la comparación de este párrafo una profundidad teológica que es tan sencilla como sobrecogedora.

Y se produce aquí el inciso en el que D. Manuel aborda una cuestión que estaría siempre presente en su corazón, la educación, especialmente la educación de los niños pobres. Esa deficiente educación que reciben la señala como una de las causas que les aleja del amor de Cristo. «El niño pobre no encuentra en su camino más que puntas de pie amenazadoras. La punta del pie del casero, porque deteriora las paredes. La punta del pie de ¡su padre!, que paga en la inocente criatura rencores ajenos. La punta del pie del guarda de paseo, del municipal de la calle, del maestro a palo seco, del capataz de su fábrica, y cuando sea mayor, no serán puntas de pies las que vea, sino puntas de plumas que chorrean veneno… Cada golpe que recibe es un callo en su corazón; cuando llega a ser hombre, ese corazón no es de carne, sino de piedra, si no es que los vicios no lo han convertido antes en una gusanera» (OO.CC. II, n. 1886).

Resulta curioso observar cuáles son las actitudes que D. Manuel señala como causas de la deficiencia de la educación de los niños con menos recursos. No se refiere a falta de medios, a la falta de valores, ni siquiera a la falta de escuela. La mala educación, esto es, la que hace a las personas insensibles y abiertas al mal, es la que no tiene en cuenta el amor y el cariño. Es la que proviene del padre maltratador, o del maestro, o del policía injusto. Con esto D. Manuel quiere poner de manifiesto que cada persona en la sociedad tiene una función educadora, de la que sin embargo la mayoría se desentiende. Todos estos abusos, esas puntas de plumas que «chorrean veneno» cuando el niño pobre llega a adulto «pervierten su inteligencia y su voluntad», según completa la crónica del periódico. No es de extrañar que la acción social del beato Manuel González haya siempre tenido muy en cuenta la importancia de la educación de los niños pobres y la promoción de las instituciones que han sabido mejorarla, siempre en el sentido en el que desde un primer momento la entendió. Seguramente esta visión de la educación como una tarea en la que debe empeñarse toda la sociedad podría ser una de las razones por las que, a pesar de su afán por crear escuelas gratuitas para niños necesitados, el beato Manuel González no estableció para las obras que fundó la dedicación a la educación, tan en boga en aquellos momentos. Como arcipreste en Huelva, y más tarde como obispo, favoreció y facilitó la instalación de las instituciones que se dedicaban a esta tarea, pero sin duda su prioridad era hacer comprender a la sociedad la importancia que tenía la bondad y la justicia en la tarea de educar. Sin duda D. Manuel Siurot, presente en aquella conferencia, fue la persona que mejor supo captar ese mensaje.

Pero tras este paréntesis que surge al mencionar el tema, fundamental, de la educación de los niños, vuelve el conferenciante a «su viaje». Asombra la sencillez con la que pone de manifiesto cómo todos los presentes sin duda estarían convencidos de esa necesidad de ir hacia el pueblo, de llegar a cada uno de ellos… y que la duda que se puede plantear no es otra de cómo emprenderlo. Para un largo camino las provisiones deben ser muchas, pero ¿cuáles? Sintetiza el cronista: «Unos dicen que el dinero, que el pobre entrega el corazón si se le da la bolsa; otros exigen el conocimiento de la ciencia de la sociología; otros requieren el don de gentes, la habilidad o influencia para atraer. Todo lo dicho hace falta, pero todo ello no basta para nuestra acción».

A grandes males grandes soluciones. La proporcionalidad entre los medios y la acción a desarrollar es algo tan lógico que la sabiduría popular lo fijó en este conocido refrán castellano. Si se trata de una empresa humana, los medios para llevarla a cabo se podrán encontrar en la sociedad (dinero, personas, ciencia), pero si se trata de recorrer la distancia infinita que existe entre una persona que está cercana a Dios de otra que no lo está, los medios no pueden ser humanos, hay que buscar entre los divinos, hay que buscar tejas arriba, y es que, destaca el escritor de la crónica de aquel día «tenemos que buscar a Dios más de lo que hacemos, que es bastante poco».

El mismo cronista explicará a continuación que el conferenciante hace una descripción «viva e interesantísima» de la situación del cura que va a un pueblo. Al leer esto se pueden fácilmente deducir dos cosas: de un lado cuánta sinceridad brotaba de sus palabras. Y es que D. Manuel no fantaseaba, a él le habían tirado piedras, amenazado, y tuvo casi que llegar a las manos para poder dar la sepultura cristiana que le pidió como última voluntad una anciana de Huelva; en efecto, hasta los muertos se los arrebataban (sobre estas cuestiones pueden leerse los apartados «Una asociación de dolientes» y «Anecdotario macabro» en J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado, pp. 81-86). No inventaba nada de lo que contaba. Una segunda consecuencia puede extraerse de la forma en la que se asombra el relator de la noticia. D. Manuel estaba contando esto en Sevilla, a pocos kilómetros del lugar donde sucedían estos hechos, a escasos cien kilómetros de donde estaba aquel pueblo alejado de Dios, y los lectores de El Correo y los que le escuchaban, sin embargo, quedaban asombrados, ¿desconocían aquella situación? Parece que sí.

Llegados a este punto, el arcipreste de Huelva va a ofrecer la solución a los interrogantes que venía planteando. Ante este panorama, ¿qué puede hacer un párroco?, ¿con qué armas debe contar? El resumen que aparece en el periódico es contundente, «¿qué hace entonces el cura? No le queda otro recurso que ir al Sagrario y hartarse de llorar; por ahí debe empezar la acción social». Hay una frase que aparece recogida en el resumen de la conferencia de una forma destacada: «Es una amenaza terrible para un pueblo impío un cura llorando en un Sagrario desierto», y es que realmente se trata de una frase muy explícita que contiene una afirmación contundente. Ese cura llorando al que se refiere es una imagen y no es una metáfora. Si quien lo escuchaba supo captarlo y después expresarlo así es señal de que el conferenciante fue muy claro.

Vuelvo al cronista que asistió en noviembre de 1908 a su conferencia en Sevilla, y que destaca del discurso cuando trata de los medios necesarios para quien emprende una acción social: «no sabrá quizás de organización de sindicatos, ni de Toniolo, es un chiflado que hará ciento, vendrá dinero, porque quien ablanda el corazón puede abrir el bolsillo, y como el amor tiene una extraordinaria intuición, sin saber sociología hará más que los que hablan mucho y ejecutan poco».

Aurora Mª López Medina
Publicado en Congreso Internacional Beato Manuel González, El Granito de Arena, San Manuel González.

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