Cordialmente, una carta para ti (abril 2017)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2017.

La flor de Jerusalén

Estimado lector: Durante mi estancia en Jerusalén, ciudad a la que acudí para visitar los Santos Lugares, me acerqué al Huerto de los Olivos. Allí tuve ocasión de conocer a un venerable anciano, todo amabilidad y cortesía, quien me contó algo que bien podría ser una vieja leyenda. Una de esas leyendas que suelen surgir en torno a un hecho histórico importante. Es una leyenda que tiene una gran base real, razón por la que me pareció más verdad que leyenda. Te la cuento, apreciado lector, para que saques tus propias conclusiones.


Me contó aquel anciano de Jerusalén que hace muchos años había una piedra en el camino que llevaba al monte Calvario. Aquella piedra estaba semienterrada, de tal modo que era mucho mayor la parte enterrada que la parte visible. Algo similar a lo que ocurre con un iceberg. Era una piedra muy dura y tenía una cortante arista. Muchos se habían hecho daño con ella; sin embargo, nadie se había tomado la molestia de arrancarla de su sitio. El anciano también me dijo que aquel camino recibía ahora el nombre de Vía Dolorosa. Es el camino que Cristo hubo de recorrer con la cruz a cuestas antes de ser crucificado. Durante el recorrido, el Salvador cayó varias veces al suelo bajo el peso de la cruz. Precisamente, una de esas veces fue debido a que tropezó con aquella dura piedra de cortante arista. Jesús cayó sobre la piedra y de su cuerpo comenzó a brotar abundante sangre…

Tan rojo como un rubí
Mientras permanecía caído, bajo el peso de la cruz, no cesaba de brotar sangre de sus numerosas heridas. Tanta sangre brotaba que la piedra se tiñó de rojo. Y tan rojo era su color que aquella piedra más bien parecía un rubí… Al poco tiempo alguien se acercó a Jesús, le ayudó a levantarse y a continuar camino del Calvario. Llegados a este lugar, fue crucificado entre dos ladrones. Después de muerto lo descendieron de la cruz y lo llevaron a un sepulcro… Al tercer día corrió por todo Jerusalén la noticia de que su cuerpo había desaparecido… ¡El sepulcro estaba vacío!… ¡Cristo había resucitado!

Y es ahora, estimado lector, cuando realmente nace la leyenda. Me aseguró el anciano que unos meses después de aquel sangriento suceso, al comienzo de la primavera, aquella dura piedra del camino comenzó a resquebrajarse, convirtiéndose en unos pequeños trozos que los niños usaban para sus juegos. Tantos trozos fueron sacando que un buen día todos observaron que, del fondo del hoyo donde había estado la piedra, asomaba una pequeña planta. La planta fue creciendo poco a poco. De ella nació una hermosísima flor… ¡Era una pasionaria o flor de la pasión! Quienes se acercaban a la flor veían con asombro que allí estaban representadas la corona de espinas que pusieran a Cristo, las cuerdas con que le ataron, unos clavos y algo que semejaba unas llagas. ¡Eran símbolos de la Pasión! Todo Jerusalén recordó entonces el cruento suceso; sin embargo, nadie se explicaba el nacimiento de aquella extraña flor en la que estaban los símbolos de la Pasión.

La sangre de Cristo, derramándose sobre aquella piedra y empapando la tierra, había hecho que naciera una planta, de la que brotó más tarde una flor de la pasión, una pasionaria. Y de aquella primera flor surgió un pequeño fruto de forma ovoidal, el cual guardaba cuidadosamente en su interior unas semillas de color rojo: gotas de la sangre que Jesús había derramado camino del Calvario.

Aquel venerable anciano, apreciado lector, me aseguró que sus antepasados sostenían que de aquella planta había nacido la primera flor de la pasión que se había visto en Jerusalén. Nunca antes se había visto semejante flor. También me aseguró que aquella planta fue trasladada a una zona verde de la ciudad y que, poco tiempo después, toda la zona se cubrió de plantas que daban infinidad de hermosísimas pasionarias.

Un recuerdo para el mundo
Pasados algunos años las bellas pasionarias ya se habían extendido por todo Israel. No existía ciudad ni pueblo que no tuviera flores de la pasión. Y lo que es más significativo: todas las flores producían, y lo siguen haciendo hoy, un pequeño fruto que en su interior guarda cuidadosamente unas semillas de color rojo: gotas de la sangre que Cristo derramara camino del Calvario… Aquella primera pasionaria de Jerusalén, nacida de la sangre de Jesús, recordará a todas las generaciones el valioso sacrificio de la Cruz. Aquella primera pasionaria, reproduciéndose año tras año, siempre recordará al mundo que la sangre del Redentor no se derramó en vano.

Amigo lector, esta es la leyenda de la primera flor de la pasión nacida en Jerusalén. Como me la contaron, yo te la he contado. Cordialmente,

Manuel Ángel Puga
Publicado en Cordialmente, una carta para ti, El Granito de Arena.

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