Editorial (marzo 2017)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2017.

En espíritu y en verdad

La Cuaresma ha sido, desde su fundación, un tiempo importante para la Familia Eucarística Reparadora. Baste citar, a modo de ejemplo, aquel 4 de marzo de 1910 cuyo 107º aniversario celebramos en este mes. Aquel primer viernes de Cuaresma fue el día elegido por el joven arcipreste de Huelva para pedir, casi suplicando, a un grupo de mujeres que acudían asiduamente a su parroquia «una limosna de cariño para Jesús Sacramentado» y, en él, para todos los abandonados de aquella ciudad.

Aquella humilde semilla cayó en el terreno fecundo del corazón de aquellas primeras Marías y creció y se propagó, llegando hasta el día de hoy. Los miembros de la Familia Eucarística Reparadora hemos recibido esa misma semilla y con nuestra vida trabajamos para que se haga realidad aquel anhelo de nuestro fundador.

Cada Cuaresma no es simplemente una repetición. Por el contrario, es una invitación renovada a vivir con coherencia y plenitud el carisma recibido. No mediante la multiplicación frenética de obras sino a través de la vivencia coherente y sencilla de nuestra fe. Solo así podremos vivir la Cuaresma en espíritu y en verdad.

La Iglesia, como madre y maestra, nos ofrece durante estos cuarenta días, medios para que nos acerquemos más al Señor, sentido de nuestra vida y meta de nuestro peregrinar. Así es que la liturgia nos va llevando delicadamente en este camino con sus signos, sacramentos y sacramentales: el morado en las vestimentas del sacerdote, la sobriedad en la decoración y animación del culto, la imposición de las cenizas el miércoles que inicia la Cuaresma, los días penitenciales, etc.

Todo nos invita, nos sumerge, en la vida divina, plena de misericordia, y en nuestra realidad, muchas veces desorientada y siempre en búsqueda. No en vano se nos invita con las palabras «conviértete y cree en el Evangelio» en el momento de la imposición de las cenizas. En efecto, la invitación es siempre a la fe, a la confianza, al abandono en un Dios que es Padre, que es misericordia, el Dios de Jesucristo, el que nos describe en el Evangelio. Volver al Señor, implica reconocerlo una vez más, ya que la vida, con sus vaivenes, con sus luchas y dolores, puede hacer que se nos desdibuje su imagen.

La Cuaresma es, en este sentido, invitación a contemplar una vez más el verdadero rostro de Dios. Un Dios que se hace hombre por amor al hombre y que no cejará en su empeño de salvación aunque el precio sea la muerte.

Las lecturas de este tiempo nos irán guiando sabiamente en este sentido: en los primeros días de la Cuaresma se refieren al ayuno y la penitencia que agrada a Dios, aquella que estamos llamados a practicar en espíritu y en verdad, no con la intención de demostrar que somos fuertes, sino para descubrir que en nuestro corazón la semilla de la misericordia de Dios ha crecido y ha dado frutos de compasión hacia el hermano más necesitado y de solidaridad con los pobres de este mundo.

Cuando la Pascua se vislumbra ya cercana en el horizonte, las lecturas nos invitan a contemplar al Señor en su pasión, consecuencia del amor que no conoce límites ni se echa atrás ante el dolor y la dificultad.

En este tiempo toda la Iglesia, por tanto, es invitada a contemplar a su Señor para descubrir con renovada profundidad sus sentimientos. Solo así podremos ser luz en el mundo, verdadero signo, en espíritu y verdad, de la victoria pascual. «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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