La liturgia, encuentro con Cristo (marzo 2017)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2017.

La oración sobre el pueblo: una bendición solemne

La Ordenación General del Misal Romano (OGMR) dice: «Al rito de conclusión pertenecen: a) Breves avisos, si fuere necesario. b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne. c) La despedida del pueblo… d) El beso y la inclinación profunda al altar» (n. 90).


Los antiguos ordenamientos eclesiásticos, que se denominan Constituciones Apostólicas (380 c.), nos informan que la Misa concluía en Oriente con la oración después de comulgar y una monición diaconal animando al pueblo a inclinar sus cabezas para recibir la bendición. Tras la solemne bendición episcopal se despedía la asamblea. En Roma, sin embargo, antes de la Pascua se encuentra otra oración con el título «Sobre el pueblo». Esta plegaria ad populum ha caracterizado la Misa del Rito romano durante siglos. Probablemente, al inicio, era una bendición especial sobre los penitentes o sobre los catecúmenos que esperaban al resto de los fieles en un lugar aparte. La Misa papal solemne no presenta bendición alguna antes de la despedida diaconal (cf. OR I). Con el correr del tiempo –tras la reforma carolingia– esta plegaria se habría convertido en una bendición cuaresmal para toda la asamblea eucarística, que caracterizaba las semanas catecumenales y penitenciales previas a las Santa Pascua. Este era el tenor hasta el Misal Romano postconciliar que las sitúa en Apéndice.

La III edición del Misal Romano presenta una para cada día de la Cuaresma, domingos incluidos. En el día del Señor su uso es obligatorio, opcional a diario. Al proponerse, en el Ordinario de la Misa, como oraciones dominicales desaparece el tono penitencial. Lo mismo sucede con la serie de orationes super populum que aparecen en la sección de bendiciones solemnes (normalmente trimembres).

Cuando se emplea la oración sobre el pueblo o la fórmula de bendición solemne, el diácono invita a los fieles a la inclinación del cuerpo (cf. OGMR n. 185). Por parte de los cristianos este es el lenguaje gestual de recibir la bendición. El sacerdote pronuncia esta oración con «las manos extendidas sobre el pueblo». Al lenguaje no verbal de la inclinación sigue la respuesta «Amén» de la comunidad. Tras ella, el ministro añade: «La bendición de Dios todopoderoso…».

Obligatorias cada domingo
Como hemos visto, la bendición del sacerdote en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la «oración sobre el pueblo» (cf. OGMR 90. 167. 185). Esta última ahora es obligatoria en los seis domingos de Cuaresma, si bien puede alternarse con la Bendición solemne trimembre (de Cuaresma y Pasión) que presenta la actual edición. Los demás días es opcional.

Nosotros presentamos aquí, para la oración privada, los textos dominicales –que se oirán necesariamente en la celebración– y algunos que por la importancia del día puede ser interesante ofrecer a la consideración de los fieles. Presentamos, fundamentalmente, la versión del Misal de Argentina para que pueda compararse con la versión nueva de España o las anteriores de México o Colombia.

El Miércoles de Ceniza propone –de manera facultativa– una bendición donde se destaca la petición del espíritu de arrepentimiento para los que, inclinados, están dispuestos a recorrer un camino penitencial a fin de alcanzar misericordia: «Infunde el espíritu de compunción sobre los que se inclinan ante ti, Padre poderoso, para que merezcan conseguir por tu misericordia los premios prometidos a los penitentes. PJNS».

La oración del I domingo de Cuaresma expresa que se trata de una auténtica bendición final. En ella, por ser el domingo de las tentaciones de Jesús, se hace referencia a la fortaleza (del Espíritu) que nos sostiene ante la tentación: «Descienda, Señor, una copiosa bendición sobre tu pueblo, para que su esperanza crezca en la tribulación, la virtud se afirme en la tentación, y alcance así la redención eterna. PJNS».

En el domingo II Cuaresma resuena el mandato evangélico de escuchar al Hijo. La bendición final pide dos cosas: identificarse con el Evangelio de Cristo y anhelar la gloria mostrada a los Apóstoles en la teofanía tabórica: «Bendice, Señor, a tus fieles y protégelos constantemente; haz que se adhieran de tal modo al Evangelio de tu Hijo que puedan anhelar continuamente, y alcanzar al final, aquella gloria con la que se mostró a los Apóstoles. PJNS».

El texto del domingo III de Cuaresma –donde escuchamos que Cristo, al pedir agua a la samaritana, infundió en ella el fuego del amor divino – pide al Señor la perseverancia en el amor a Dios y al prójimo: «Dirige, Señor, los corazones de tus fieles, y concédeles generosamente la gracia de permanecer en el amor a ti y al prójimo, para que cumplan así la plenitud de tus mandatos. PJNS».

El domingo IV de Cuaresma –tradicionalmente del ciego de nacimiento conducido a la claridad de la fe– se pide a Dios que alumbra a todo hombre, que nuestro corazón esté iluminado con el esplendor de la gracia: «Protege, Señor, a quienes te suplican. Sostén a los débiles y vivifica siempre con tu luz a quienes caminan en las sombras de la muerte. Con tu clemencia, apártalos de todo mal y hazlos llegar a la plenitud de tus bienes. PJNS».

La oración sobre el pueblo del domingo V Cuaresma o de Lázaro implora el celestial auxilio –de la vida eterna– para los que confían en su misericordia: «Bendice, Señor, a tu pueblo, que pone su esperanza en tu misericordia. Concédele que obtenga, por el don de tu amor, lo que abundantemente desea. PJNS».

El viernes V de Cuaresma –de tradicional resonancia mariana– que ahora presenta una Colecta alternativa que hace referencia a la Virgen, podría utilizarse este conciso texto: «Concede a tus hijos, por tu gracia, Dios todopoderoso, que liberados de todos los males te sirvan con ánimo confiado. PJNS».

El último domingo cuaresmal, conocido como de Ramos, presenta una breve y conocida plegaria que incide en el título de la jornada «en la Pasión del Señor»: «Pon tu mirada, Señor, sobre esta familia tuya, por la cual Nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse a sus verdugos y sufrir el martirio de la cruz. PJNS».

Facultativos en la preparación inmediata
El Lunes Santo, en los días más cercanos a la Pasión gloriosa del Señor, se acentúa la renovación que supone la celebración de las fiestas pascuales: «Que tu auxilio, Señor, se haga presente en los humildes de corazón y proteja constantemente a quienes confían en tu misericordia, para que al celebrar las fiestas pascuales tengan no solo respeto por las observancias corporales sino, más todavía, por la pureza de sus almas. PJNS».

La renovación de nuestra vida como novedad se pide en la bendición del Martes Santo: «Que tu misericordia, Señor Dios, libre de la vejez espiritual al pueblo sometido a tu amor, y lo haga capaz de alcanzar la novedad de las cosas santas. PJNS».

En el penúltimo día de la Cuaresma, Miércoles Santo, la profundidad de la oración es máxima. Se pide pasar de la liturgia terrena de los sacramentos pascuales –o misterios que nos hacen renacer– a la vida prometida: «Concede, Señor, a tus hijos, participar constantemente de los misterios pascuales y desear apasionadamente los bienes futuros, para que, fieles a los sacramentos que los hicieron renacer, se sientan movidos a llevar una vida nueva. PJNS».

Manuel Glez. López–Corps, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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