Editorial (febrero 2017)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2017.

Estímulo poderoso de gratitud

En el mes de febrero celebramos dos acontecimientos importantes en la vida de san Manuel González: el nacimiento (día 25) y la gracia carismática (día 2). Dos fechas que nos abren al agradecimiento y a la novedad. La hora de Dios se hizo presente: su nacimiento a la vida y su nacimiento a una misión particular.

Siempre que intentemos centrarnos en la figura de san Manuel, nos cautiva como un gran polo de atracción su experiencia carismática, su encuentro con el Señor ante un Sagrario abandonado, en un lugar y fecha concreto: Palomares del Río, 2 de febrero de 1902.

Palomares del Río, la hora de Dios. Un encuentro vivido por pura gratuidad de Dios, al que él respondió con gratitud. Se trata de una llamada, de una presencia, que interpelan también nuestra vida a dar una respuesta. Una respuesta que puede ser muy variada, siempre está y estará en juego nuestra libertad, nuestra formación, nuestra situación actual.

Esa hora es, pura y llanamente, ¡la experiencia de la gracia!, es en ese momento que se experimenta –y él lo experimentó– que la salvación no es el resultado de sus obras sino el fruto de la benevolencia de Dios.

En esa hora la gratuidad de Dios se reveló en plenitud a san Manuel. Y se reveló gratuitamente. No es un juego de palabras, es eso: gratuidad gratuita. Así lo describe él mismo: «Yo no sé que nuestra religión tenga un estímulo de gratitud, un principio más eficaz de amor, un móvil más fuerte de acción, que un rato de oración ante un Sagrario abandonado» (OO.CC. I, n. 17).

En Palomares del Río, san Manuel iba dispuesto a servir al Señor, no buscaba servir a sus proyectos personales. Lo expresa cuando dice «hay que dar la misión. Dios lo quiere y Él me ayudará». Lo buscaba sólo a él, y el Señor hizo su obra. Buscaba hacer la voluntad de Dios, incluso en medio de un panorama poco alentador.

En medio de esa búsqueda no faltó una reacción, esa tendencia humana que opta por huir, pero que si se orienta la mirada al Señor todo lo supera; y optar desde el Señor fue lo que hizo, por ello allí se quedó un largo rato.

Don Manuel permaneció ante el Señor. Se encontró ante una situación difícil, como las que también nosotros podemos encontrar y ante las cuales podemos reaccionar con el deseo (o el hecho) de huir, de buscar otra cosa. Un deseo que brota por sugerencia de nuestras pasiones revueltas o desordenadas. En cambio, el camino cierto es el elegido por él: permanecer. Sí, permanecer, aunque duela, a la escucha del Señor. Permanecer en esa actitud puede llevarnos a encontrar el tesoro de nuestra vida; un tesoro que de otra forma no hubiéramos descubierto.

No sabemos cuánto duró ese largo rato. Los ratos largos según nuestros contadores no son igual de largos para Dios. Los ratos largos de las situaciones difíciles de la vida, que nos cuestan sobrellevar, son los momentos de la elaboración de la imagen de Dios en nosotros. Es así, aunque nos cueste creerlo y digerirlo. Como sucedió con san Manuel, seguramente en ese largo rato fue cuando Dios hizo su obra en él, dándole un carisma concreto.

¿Qué encontró? Encontró lo que Dios, en su gratuidad, quiso donarle: un carisma concreto. También a nosotros, Dios, en su gratuidad, quiere donarnos algo, quiere donarse a sí mismo.San Manuel, dio una respuesta a la gratuidad de Dios. ¿Y tú y yo? ¿Estamos dispuestos a dar una respuesta a la gratuidad de Dios? «

Publicado en Editorial, El Granito de Arena.

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