La liturgia, encuentro con Cristo (enero 2017)

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2017.

Cristo, luz de los pueblos

Cuando pensamos en las fiestas de Navidad con frecuencia caemos en un reduccionismo: festejar el día 25 de diciembre como si fuera solo el dulce nacimiento del Niño Jesús lo que celebramos. Sin embargo, la Navidad va mucho más allá que esto. Realmente no sabemos cuándo nació el Señor, ni el mes, ni el día, ni la hora pero la Iglesia ha sabido conjugar las dos tradiciones navideñas tanto la del 25 de diciembre en Occidente como la del 6 de enero en Oriente.

Etimológicamente, Epifanía significa manifestación o aparición. Aquí, nos centraremos en la fiesta del 6 de enero, a pesar de su poca relevancia actual. Descubriremos juntos la importancia de esta efeméride y la urgencia de revalorizarla en este momento histórico.

Tres prodigios
Si prestamos atención a los textos litúrgicos de este día descubrimos que en Epifanía la Iglesia conmemora tres grandes prodigios: la adoración de los Magos de Oriente, el Bautismo del Señor y las Bodas de Caná. Es decir, las tres grandes manifestaciones de la divinidad de Jesucristo que la Escritura nos narra al inicio de su vida mortal. Es una fiesta que nos habla de la revelación universal de Jesucristo. En otras palabras, Epifanía hace público lo que doce días antes hemos contemplado en la intimidad de Belén: lo escondido se hace manifiesto. Epifanía hace pasar la Encarnación del anonimato del pesebre de Belén al conocimiento y provecho de los pueblos gentiles, como dice la oración colecta de la Misa del día: «revelaste en este día tu Unigénito a los pueblos gentiles por medio de una estrella».

La liturgia eucarística de este día realiza un juego de símbolos con los dones de los Magos. Lo que aquellos Magos presentaron al niño para simbolizar su triple condición de Sacerdote (incienso), Profeta (mirra) y Rey (oro); ahora es el pan y el vino que se transforman en su mismo Cuerpo y Sangre con los cuales «se manifiesta, se inmola y se da en alimento». Recordemos lo que enseñaba sobre esto san Manuel, cuya fiesta se celebra dentro de los doce días navideños.

El Prefacio propio
Pero donde hallamos el verdadero significado del conjunto de la Epifanía es en el Prefacio propio de esta misa. El Prefacio –inicio de la Plegaria Eucarística– es el lugar teológico donde mejor se conoce lo que la Iglesia vive, piensa y celebra en una fiesta o en un tiempo.

Así, el Prefacio de la Epifanía cumple con este cometido ya desde el título: «Cristo, luz de los pueblos». Nos situamos ante un Prefacio cuyo antecedente más antiguo es el Sacramentario Gelasiano Antiguo y el más actual es el Misal de París de 1738. Presente, además, a lo largo de la tradición eucológica romana, su redacción tras la renovación litúrgica se ha visto enriquecida por la afirmación «para luz de los pueblos» quedando así: «Porque hoy has revelado en Cristo, para luz de los pueblos, el verdadero misterio de nuestra salvación; y al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal nos renovaste con la gloria de su inmortalidad».

Como vemos, este Prefacio tiene como intención última hacer público y universal el anuncio del ángel a los pastores de Belén: para todo el mundo y toda nación, lengua y raza ha venido Cristo en carne mortal para reparar en nosotros, con su gloria divina, los efectos del primer pecado.

La idea motriz de este texto la hallamos, de nuevo, en los prefacios dominicales III y IV del Tiempo ordinario: «Porque reconocemos como obra de tu poder admirable no solo socorrer a los mortales con tu divinidad, sino haber previsto el remedio en nuestra misma condición humana» (III) y «porque él, con su nacimiento, renovó la vieja condición humana» (IV). El Prefacio nos presenta a Cristo como el Único y Universal Salvador. Fuera de Cristo no podemos esperar a otro.

Fiesta de las luces
La fiesta de la Epifanía es precisamente la fiesta de las luces, porque Cristo es, como decimos en el Credo, «luz de luz». En la Epifanía, el Señor irradia la luz de la gloria y de la salvación a todo hombre que se acerca a Él. Ilumina el camino del errante vagabundo que anda buscando la Verdad y un motivo para seguir viviendo y esperando. Es una fiesta, de impronta misionera porque nos llama a imitar a aquella estrella que iluminó el camino de los Magos que buscaban sin saber. Es la fiesta que sobresaltó a toda Jerusalén y que hoy debe sobresaltarnos a nosotros.

Magnífico compendio
Epifanía es, pues, el compendio de todo lo que en Navidad hemos celebrado. La cara pública del misterio revelado en la silenciosa noche de Belén, aquella noche en la cual en medio del silencio el Verbo Divino descendió desde el solio real de los cielos (cf. Sab 18, 14-15).

Termino con estas palabras tomadas de la liturgia bizantina que ilustra muy bien el sentido pleno de los días de Navidad tanto en Oriente como en Occidente: «La Virgen da hoy a luz al Eterno y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible. Los ángeles y los pastores le alaban y los magos avanzan con la estrella. Porque Tú has nacido para nosotros, Niño pequeño, ¡Dios eterno!». Feliz Navidad/Epifanía y próspero Año del Señor 2017.

Francisco Torres Ruiz, Pbro.
Publicado en El Granito de Arena, La liturgia.

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