
Los
temas de trabajo para el curso 2007-2008, cuyo lema es:
Eucaristía, acontecimiento de fraternidad tiene como hilo conductor el
programa el Plan Pastoral que la Conferencia Episcopal Española
presentó el año pasado: «Yo soy el pan de vida (Juan 6,36). Vivir de la
Eucaristía» y que culminará en el año 2010, centenario de la fundación
de la UNER.
El objetivo del curso es redescubrir el sentido de la primera parte de la Misa: los ritos iniciales. De estos ritos se desprende las actitudes para preparar la Eucaristía, que es acontecimiento de fraternidad.
La acogida, el perdón, la fe, el amor, la esperanza, cultivados en nuestro corazón, serán la buena semilla y disposición para celebrar y vivir el misterio eucarístico. Nuestro fundador, el Beato Manuel González, nos invita a hacerlo vida con estas palabras:
«Dar y darse todo a Dios y por Dios al prójimo, sin pedir nada en pago: esa es toda [la vida cristiana], y esa es la lección de cada instante del Maestro callado la Eucaristía» .
LOS TEMAS DE FORMACIÓN
Son una invitación a tener deseos de trabajar en nosotros las actitudes y valores de fraternidad, haciendo posible que la Mesa del Altar sea, el lugar donde colocamos los valores vividos: nuestra propia vida.
Están programados para trabajarlos en los grupos en varias sesiones:
a) El animador lo presenta y lo desarrolla en líneas generales.
b) Se trabaja el apartado de iluminación a nivel personal o grupal y se presenta al grupo.
c) Se celebra el encuentro de oración invitando a otras personas.
Esperamos que este material os sirva de apoyo. Os animamos a seguir trabajando con entusiasmo en los grupos, como ya lo hacéis.
Que Jesús Eucaristía sea el gran formador y apoyo de todos los que estamos en Misión constante.
Equipo Nacional UNER.
Objetivo:
Tener unas ideas claras, esenciales, como introducción de los tres
momentos de la Misa que vamos a vivir estos tres cursos.
1.- DESARROLLO
1.1.- Introducción
EUCARISTÍA Y VIDA
En la Eucaristía, se da la máxima expresión litúrgica cristiana, la vida forma parte del mismo núcleo celebrativo y el misterio pascual, es el centro de la celebración.
«Porque Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» .
Cristo es la Vida (cf. Juan 14,6), y por eso es la razón más originaria de la fiesta y del gozo de sus discípulos: «Porque sólo Él es el camino que nos conduce hacia el Dios invisible, la verdad que nos hace libres, la vida que nos colma de alegría» .
CLAVES DE LA TEOLOGÍA EUCARÍSTICA DE NUESTROS DÍAS
* Se da un enfoque más bíblico, teniendo también muy en cuenta a los Padres de la Iglesia.
* Siguiendo las acentuaciones sucesivas de los varios as-pectos de la Eucaristía en la historia, hoy se ponen en primer plano algunos que en los últimos siglos estaban como abando-nados y viceversa: se acentúan, por ejemplo, perspectivas como: “la cena del Señor”, “comida fraterna”, “la comunidad celebran-te”, y se relativizan otros como “presencia”, “culto”, “misterio”.
* Antes se habían separado aspectos de la Eucaristía, que ahora se complementan y relacionan mejor, tales como “sacra-mento” y “sacrificio”; se ve mejor la íntima conexión entre las dos partes de la celebración, la Palabra y la Eucaristía.
* Se había perdido la sensibilidad del signo, ahora se ve mucho más la Eucaristía como signo, sacramento, dando impor-tancia a la expresividad antropológica de la acción sacramental, y no sólo a su eficacia o validez.
* Un aspecto preferido de la teología de hoy es entender la Eucaristía desde la perspectiva de la Pascua del Señor, a partir del Señor glorioso que se hace presente, se hace don para los suyos, y que nos invita a la celebración memorial, actualizadora, de su misma Pascua.
1.2.- Contenido
LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE LA PASCUA DE CRISTO
a) La pascua judía se centra primordialmente en el gran
acontecimiento del Éxodo, que es liberación, alianza organi-zación como pueblo, protección de Dios, peregrinación a la tierra prometida. Cada año se celebra sacramentalmente este aconte-cimiento salvífico en la cena pascual, como memorial que condensa el pasado y el futuro en el presente.
b) Todo lo anterior es figura y tipo de lo que se iba a cumplir en Cristo. El llenó y cumplió las promesas. Realizó el gran “éxodo”; en Juan (13,1) se ve claramente que la nueva pascua es el “paso” de Cristo a el Padre, el verdadero “tránsito”.
c) La Eucaristía es el sacramento de la Pascua de Cristo. La celebración ritual de la pascua judía queda sustituida por la Eucaristía: «Haced esto como memorial mío» (Lucas 22,19).
La nueva Pascua es la muerte de Cristo y la nueva celebración sacramental de esta Pascua es la Eucaristía.
El binomio “pan-vino”, parece sustituir en el relato de Lucas 22 al clásico “cordero-vino”.
d) La comprensión patrística va también en esta línea los
Padres de la Iglesia, conectan espontáneamente la Eucaristía con la Pascua, ven en ella el sacramento, el memorial de la Pascua de Cristo. También los textos litúrgicos centran su comprensión de la Eucaristía en el memorial que en ella celebramos de la Pascua de Cristo.
EL SIGNO CENTRAL DE LA EUCARISTÍA
Un camino válido para entender la teología de un sacramento es el de estudiar el signo central con el que lo celebra la Iglesia.
a) Los elementos de la celebración eucarística fueron ya desde el principio el pan y el vino.
El pan es la comida ordinaria del hombre. El fruto de la tierra y don de Dios, a la vez que producto del trabajo humano.
Los evangelios no parecen dar importancia al hecho de que el pan que usó Cristo fuera ácimo. En los primeros siglos la comunidad cristiana tampoco utilizó el pan ácimo. Fue en el s. IX cuando se empezó a emplear el pan ácimo para la Eucaristía, hasta que Roma terminó por imponerlo.
El vino recuerda también la sangre, que para los judíos constituía lo más íntimo y sagrado de un viviente y se identifi-caba con la vida. El mismo Cristo relacionó este vino de la cena
con su sangre derramada en la cruz.
b) Las palabras que dan sentido y eficacia a los gestos.
En la teología estas palabras son, ante todo, las que Cristo pronunció en la última cena cuando ofreció el pan y el vino a sus discípulos. Ellas son las que dan a la acción simbólica la cate-goría de signo sacramental y la realidad de la autodonación de Cristo en el pan y el vino, siempre con la invocación explícita del Espíritu, “la epíclesis”. El Espíritu es el que actúa hoy y aquí en nuestra celebración, dando su eficacia al gesto sacramental y a las palabras de Cristo repetidas por el sacerdote.
LA PRESENCIA REAL DE CRISTO RESUCITADO EN LA EUCARISTÍA
a) La clave para la comprensión de la real presencia de Cristo en la eucaristía es su resurrección.
En la Eucaristía se nos hace presente el Señor glorioso, Cristo resucitado.
La presencia de Cristo en el pan y el vino de la Eucaristía no es la única. Es, ciertamente, la más densa y privilegiada, porque en ella Cristo se hace comida nuestra, para comunicarnos su misma existencia. Pero Cristo también se hace presente en la Palabra proclamada, lo mismo que en la comunidad reunida.
b) Es el Espíritu el que hace real esta presencia de Cristo en medio de los suyos y el que da la nueva existencia escatológica al pan y al vino convirtiéndolos en el Cuerpo y Sangre del Señor.
c) Es una presencia dinámica, “para nosotros”. No se
puede entender la Eucaristía si esta presencia de Cristo se enfoca demasiado cosificada y cerrada. La presencia de Cristo es real, corporal, pero desde su existencia de Glorificado.
d) Cristo está presente a nosotros, para hacernos entrar en comunión con Él. La presencia en el pan y el vino es el medio que ha pensado Cristo, para hacer posible nuestra incorporación a su vida de Resucitado y la participación en su nueva alianza.
e) El Kyrios (Señor) tiene el poder de darse en todo lugar, de hacerse presente en toda la plenitud del “yo” que se ofrece al “tú” del hombre, y aquí lo hace a través del pan y del vino en la Eucaristía.
f) La Parusía del Hijo del hombre, su segunda venida, no es algo meramente futuro: ya es actualidad. La Iglesia se incor-pora a la resurrección escatológica de Cristo en la Eucaristía.
Este sacramento no sólo es actualización de la pascua pasada, sino también del Reino definitivo.
LA EUCARISTÍA COMO SACRIFICIO
¿En qué sentido es sacrificio la Eucaristía cristiana? Y si se puede decir que la Eucaristía es sacrificio, ¿de quién lo es: de Cristo o también de la Iglesia?
Claves para comprender el sacrificio eucarístico:
a) ¿Cómo se puede entender que el sacrificio único e his-
tórico de la cruz se pueda hacer presente en el sacramento? En nuestra celebración no sucede un nuevo sacrificio, ni se repite el de Cristo, sino que se actualiza sacramentalmente siempre el mismo y definitivo sacrificio de la cruz (memorial).
b) Lo esencial del acontecimiento de la cruz es su “entrega por y para”, su obediencia y su entrega al Padre por la humanidad. El hecho histórico no tiene por qué repetirse o renovarse, porque no ha dejado de ser realidad en él mismo. No tiene por qué volver a ofrecerse, porque su ofrenda permanece en Él en un perpetuo “hoy”, escatológico y definitivo.
c) Hay otro aspecto: el eclesial. La Iglesia es el desplie-gue histórico del acontecimiento de la cruz. El sacrificio pascual no ha concluido en el Gólgota, sino que se prolonga en el Cristo eclesial, en el Cuerpo de Cristo.
Por una parte, la Iglesia se hace solidaria en la celebra-
ción del sacrificio de Cristo, lo hace suyo, lo ofrece al Padre, como el único don sacrificial que puede ofrecerle. Pero por otra, también se autoofrece ella misma, entrando en la dinámica pascual y sacrificial del Señor.
Así, la Eucaristía es a la vez sacrificio de Cristo y sacrifi-cio de la Iglesia; el único sacrificio hecho presente en y por Cristo, por la fuerza del Espíritu, y ahora comunicado sacramen-talmente a su comunidad.
EL CULTO DE LA EUCARISTÍA
Desde muy pronto la Iglesia tiene la convicción de que Cristo permanece en la Eucaristía después de la celebración.
a) En la celebración, Cristo se nos da en su actitud sacrifi-cial. El Cristo al que adoramos y alabamos es el mismo Cristo de la Cruz y de la Eucaristía.
Su presencia en el sacramento es “para prolongar la gracia del sacrificio”. Lo que pretende el culto fuera de la Misa es lo mismo que buscaba la celebración: que los fieles “se unan a Cristo y a su sacrificio” y así, “ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre... saquen de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad.
La finalidad de la entrega de Cristo es la transformación
de nuestra existencia: y ciertamente el sacrificio de Cristo es la mejor escuela de amor fraterno y nueva vida.
b) La clave principal para descubrir el sentido de este binomio -celebración y culto eucarístico- es el misterio mismo de
Cristo glorioso, acontecimiento y permanencia a la vez.
Él sigue presente en su Iglesia en la misma actitud salvadora de la cruz, como Señor glorificado.
2.- ILUMINACIÓN
Testimonio y mensaje, nn. 3, 12, 26, 27, 54, 75.
3.- COMPROMISO
* Valorar más la comunidad cristiana en la Celebración eucarística.
* Ver lo que puedo aportar para mejorar la fraternidad: puedo hacer frases publicitarias cortas, elaborar un gráfico de las partes de la Misa y exponerla, cada domingo antes de la Celebración eucarística, de formas diferentes para no cansar.
4.- EVALUACIÓN
* De este tema, que es fundamental en la formación, saca las diez claves más importantes para vivir la Eucaristía.
* Llevarlas al grupo y elaborar “un decálogo” de las que consideréis mejores. Colocarlo en una cartulina bien presentada y poner en la cartelera parroquial o en la sala donde os reunís.
5.- ORACIÓN
En la capilla o iglesia, encender el Cirio Pascual, ante el Sagrario, colocar al pie los nombres de cada miembro del grupo. Un miembro del mismo los va leyendo, haciendo un espacio de silencio de 20 segundos, para pedir, ofrecer, dar gracias por cada uno.
Al final de cada silencio, decimos en voz alta esta pequeña oración todos juntos:
“Señor Jesús, que has muerto y resucitado para darnos la vida; en fraternidad, ante tu presencia, nos unimos a... (decir el nombre) y te pedimos le concedas lo que más esté necesitando él/ella y su familia”.
Objetivo:
Profundizar que en cada Celebración de la Eucaristía nuestra fe,
esperanza y caridad se alimentan y se fortalecen para una mejor
vivencia de éstas.
1.- DESARROLLO
1.1.- Introducción
La experiencia del Cardenal Van Thuan de Vietnam muestra cómo la Eucaristía reúne en comunidad fraternal y de fe, incluso en las condiciones más difíciles.
En el silencio de su celda, cuando todos dormían, el Cardenal Van Thuan se levantaba, ponía unas gotas de vino en la palma de su mano, lo mezclaba con su propio sudor, tomaba un trocito de hostia y celebraba la Misa de memoria.
Muy pronto los otros prisioneros se dieron cuenta de lo que hacía, y comenzaron a levantarse para asistir a la Euca-ristía. Los detenidos de otras celdas oyeron que en la del Cardenal se celebraba la Misa, y expresaron su deseo de participar. No era posible que fueran a su celda, así que el Cardenal envolvía en papel de fumar un trocito de la hostia consagrada y lo pasaba a otra celda. Allí los prisioneros celebraban su adoración eucarística.
1.2.- Contenido
El relato evangélico de los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13-35) es ilustrativo para ver lo que acontece en nuestras celebraciones y en nuestra realidad: los dos discípulos huían de la comunidad, estaban confundidos por el “fracaso”, no enten-dían. Jesús les sale al paso, se hace presente en medio de sus desesperanzas y les explica las Escrituras. Luego, cuando parte el pan –cuando sus corazones ya estaban dispuestos- se les abren los ojos y le reconocen, pero Él ya no está. Para encontrarlo deberán regresar a la comunidad, donde nueva-mente “les arde el corazón” al compartir la palabra, y le podrán reconocer al partir el pan con los hermanos.
Gracias al encuentro con Jesús en el camino, pasan de las tinieblas de la incomprensión a la luz de la fe y se hacen capaces de ser testigos del Dios vivo ante la comunidad. El camino de la fe, hace posible la unión fraterna.
Las tres virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- son los cimientos sobre los que se asienta toda la vida cristiana. No son un sobreañadido, son principios operativos de la Gracia. Si bien tienen una parte de respuesta o compromiso por parte del hombre, son esencialmente don de Dios.
Profundizaremos en estas tres realidades en relación con la Eucaristía, para luego cuestionar nuestra vivencia y participación en la celebración de la misma.
MISTERIO DE LA FE
Con la fórmula “Este es el Misterio de la fe”, el sacer-dote, después de las palabras de la consagración, proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la conver-sión sustancial del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Y es que, como dice el Papa Benedicto XVI, la Eucaristía es misterio de fe por excelencia. Cuando la Iglesia celebra el Sacramento del Altar, memorial de la muerte y resurrección del Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y se realiza la obra de nuestra redención. Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y antes de volver al Padre nos dejó el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Esta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos los cristianos.
La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía: escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe, y en el encuentro de gracia con Jesús sacramentado se alimenta y crece .
La primera realidad de la fe eucarística es el misterio
mismo de Dios, el amor trinitario: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por El» (Juan 3,16-17), y así en cada celebra-ción confesamos la primacía del don de Cristo.
Dirá el Bto. Manuel González: «Una Misa es una vida a cambio de una muerte. La vida gloriosa y divina de Jesús resucitado, ganada y aplicada a los hombres por su muerte» .
Con razón los documentos eclesiales insisten en que la Eucaristía es «fuente y cima de toda la vida cristiana», porque ella «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» .
Una participación activa.
«Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos» . Esto no quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración, sino de una «toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» .
«Vivir la Misa es:
1º Conocerla a fondo.
2º Estimarla en su valor.
3º Tomar por norma de conducta lo que Jesús hace en ella.
4º Tener como cifra de mi mayor felicidad en la tierra [participar en la Misa].
5º Y este conocer, estimar, imitar y gozar mi Misa, tan metido en mi pensar, querer, sentir y obrar de cada día y de cada hora y en cada ocupación, que se pueda decir de mí peren-nemente: Está en Misa; esto es, está viviendo su Misa» .
SACRAMENTO DE CARIDAD
En cada celebración eucarística confesamos la primacía del don de Cristo, porque es quien eternamente nos ama primero. En ella nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Juan 13,1), un amor que no conoce medida. Por eso Benedicto XIV exclamará:
«Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el
don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infi-
nito de Dios por cada hombre […]. ¡Qué emoción debió embar-gar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!» .
Ya en la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Génesis 2,7). En Cris-to muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina. En el don de la Eucaristía nos comunica la misma vida divina.
Comunión que nos pide comunión, que tiene siempre y de modo inseparable una connotación vertical y una horizon-tal: comunión con Dios y comunión con los hermanos. Dimensiones que se encuentran en el don eucarístico.
La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión.
La forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y comunitaria. El cristianismo, desde sus co-mienzos, supone siempre una compañía, una red de relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra de Dios,
la Celebración eucarística .
Si bien la Misa no puede ser el punto de partida de la
comunión, sino que la presupone previamente (cf. Mateo 5,23-24), sí que la puede consolidar y perfeccionar. Sólo en el con-texto eclesial tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en la misma.
Notemos que tanto la Eucaristía como la Iglesia se definen de la misma manera: Cuerpo de Cristo. Si la Eucaris-tía y la Iglesia se definen por lo mismo, no es posible, o es un escándalo, participar en la Eucaristía sin vivir realmente la comunión eclesial. Por tanto:
«No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el cuerpo y con el corazón, es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, “la fe que actúa por la caridad” (Gálatas 5,6)» .
De hecho, el Bto. Manuel González dice:
«La Misa propiamente dicha es la realización del gran deseo de Jesús y de la gran petición a su Padre celestial: “Que sean uno”. Que seamos una sola cosa con Él, como Él lo es con el Padre. ¡El y nosotros, una sola víctima de un solo sacrificio! Purificados por la contrición y la humildad, iluminados por la Fe y la oración, y unidos a Jesús y a nuestros hermanos por el amor más grande, o sea, el amor llevado hasta el sacrificio. Así nos po-
nen nuestras Misas si nos empeñamos en vivirla» .
Si es importante tener conciencia clara de esta íntima vinculación entre la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos en la Celebración de la Eucarística, también lo es el recordar que es el lugar del «acontecimiento y proyecto de fraternidad» , en especial la dominical. Para ello contribuye:
* El servicio de acogida.
* El estilo de oración, atenta a las necesidades de toda la comunidad, respetando el estilo propio de la acción litúrgica .
* La fraternidad que se convierta en solidaridad con-creta, donde los últimos sean los primeros por la consideración y el afecto de los hermanos .
El sentido del amor de la Eucaristía.
Es san Pablo quien nos ofrece el sentido de este amor y sus exigencias de fraternidad.
«El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos hace en-trar en comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos hace entrar en comunión con el cuerpo de Cristo? Pues
si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1Corintios 10,16-17).
Cada vez que participamos de la Celebración eucarís-tica, se manifiesta plenamente que somos comunidad fraterna, nacida de la Pascua de Cristo. Con los hermanos, vivimos el amor, que se fortalece de la comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo. Es decir, que de la integración de cada uno en la vida de Cristo, al asumir su Cuerpo y su Sangre, brota la fraternidad de la Iglesia, en una nueva vida comunitaria.
FUENTE DE ESPERANZA
«Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20). Esta promesa se sigue escuchando en la Iglesia como secreto fecundo de su vida y fuente de esperanza.
La Eucaristía no es sólo el recuerdo de un aconteci-miento pasado, sino que es celebración de la presencia viva, pero velada, del Resucitado en medio de nosotros. Al celebrar el memorial de Cristo, la comunidad cristiana está a la espera de «la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al
hombre en su totalidad.
La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Una consecuencia propia de esta tensión escatológica es que da impulso a nuestro camino histó-rico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas . La esperanza es una virtud esencialmente activa. Una persona de esperanza es capaz de cambiar el mundo; por eso el mundo no se transforma por la furia homicida de la violencia, sino por la fuerza inquebrantable de una esperanza creativa que nace del amor y se compromete desde la fe madura.
Juan Pablo II, hablando precisamente de esta esperanza que brota de la Eucaristía nos decía:
«Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo [...] En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y la promesa de una humanidad renovada por su amor [...]. Anunciar la muerte del Señor “hasta que ven-ga” (1Corintios 11,26), comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo “eucarística”. Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de la Celebración eucarística y de toda la vida cristiana: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22,20)» .
Una espera en solidaridad.
Es significativo que el Evangelio de san Juan en vez de narrar la institución de la Eucaristía, propone el relato del lava-torio de los pies, en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Juan 13,1-20). Por su parte el Apóstol Pablo califica de indigno de una comunidad cristiana que participe en la Cena del Señor en un contexto de división e indiferencia hacia los pobres (cf. 1Corintios 11,17.22.27.34).
2.- ILUMINACIÓN
Sacramentum Caritatis, nn. 6, 52, 55.
Dies Domine, n. 29.
Testimonio y mensaje, n. 289.
3.- COMPROMISO
Vivir la fe, la esperanza o la caridad que me toque en la dinámica de la oración, de forma más intensa durante el mes.
4.- EVALUACIÓN
A la luz de los textos del Bto. Manuel González cuestionarse, el sentido de nuestras celebraciones eucarísticas: Testimonio y Mensaje, nn. 12, 15, 16, 20.
5.- ORACIÓN
Hacer unos momentos de oración en silencio, ante la presencia de Jesús Eucaristía, finalizar con una dinámica, con papeles de colores amarillo, rojo y verde, dibujar unas lamparitas, y entregársela al que tiene al lado diciéndole: “con ello te transmito mi fe y te invito a vivirla”. Así con todas: amarillo - mi fe, verde - mi esperanza, rojo - mi caridad.
Símbolos. Tener preparadas tres lámparas como símbolo de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; que se llevarán encendidas al altar en el momento abajo indicado.
Jesucristo vino a enseñarnos el camino del amor -dar la
vida, donación, entrega-, porque él mismo lo ha hecho realidad.
«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15,13).
«Yo soy el buen Pastor… doy mi vida por las ovejas» (Juan 10,14.15).
Cristo, con su AMOR, nos da la vida. Aquí se puede aplicar la expresión: muerte para la vida, es lo mismo que aquello que Jesús nos enseñó en su Evangelio «si el grano de trigo muere... da mucho fruto». Cristo quiso salvarnos a base de su amor entregado.
Abrámonos valerosamente a este Amor, pidiendo al Espíritu Santo su asistencia y consuelo, que encienda en nosotros un amor grande a la Eucaristía y a todos.
Canto o invocación al Espíritu
La fraternidad de la fe, en la esperanza, por el amor
* Llevar la 1ª lámpara encendida al altar.
La fe no es un acto aislado, aunque sea personal. El creyente ha recibido la fe de otro. Tener fe es con-creer con la comunidad, con-sentir con la comunidad, con-actuar con la comunidad. En virtud de ésta formamos parte del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia…
Jesús Maestro, te adoramos como Palabra encarnada y hecha eucaristía para enseñarnos la verdad que da la vida; sólo tú tienes palabras de vida eterna. Te damos gracias por habernos concedido la luz de la razón y de la fe. Nosotros creemos, abrimos del todo nuestra mente a ti y a la Iglesia y aceptamos cuanto por su medio nos enseñas.
Muéstranos los tesoros de tu sabiduría, danos a conocer al Padre, aceptar a los hermanos y ser auténticos discípulos tuyos. Aumenta nuestra fe para que podamos participar en el banquete eucarístico como verdaderos hermanos.
Todos: Jesús Maestro, camino, verdad y vida, ten piedad de nosotros.
* Llevar la 2ª lámpara encendida al altar.
El abandono esperanzado en Dios y en su palabra sólo es posible en un acto de confianza. Por ello la primera expre-sión de la fe no es: “creo que...”, sino “creo en ti”.
Jesús Maestro, te adoramos como al amado del Padre, único camino para llegar a Él. Te damos gracias porque te has hecho nuestro modelo; nos has dado ejemplo de fraternidad e invitas a todos a seguir tu camino.
Atráenos a ti para que busquemos tu voluntad, siguiendo tus huellas y renunciando a nuestro egoísmo. Acrecienta en nosotros la esperanza activa y el deseo de asemejarnos a ti, para que al final de la vida podamos poseerte eternamente.
Todos: Jesús Maestro, camino, verdad y vida, ten piedad de nosotros.
* Llevar la 3ª lámpara encendida al altar.
Puesto que el creyente se sabe aceptado por Dios, también él puede aceptarse a sí mismo, a los demás y al mun-do, de un modo nuevo. En este sentido dice la Escritura que la fe sin obras de amor es fe muerta (cf. Santiago 2,17). La fe, por tanto, no puede reducirse a una confesión de palabra; tiene que acreditarse en el servicio concreto al prójimo; tiene que producir frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (cf. Gálatas. 5,22ss).
Jesús Maestro, te adoramos como el Unigénito de Dios, venido al mundo para darnos la vida en toda su plenitud. Te damos gracias porque muriendo en la cruz nos has merecido la vida, que nutres en la Eucaristía.
Vive en nosotros, Jesús, para que te amemos con toda la mente, con todas las fuerzas y con todo el corazón, y amemos al
hermano como tú nos has amado.
Todos: Jesús Maestro, camino, verdad y vida, ten piedad de nosotros.
Canto
Lectura: Lucas 8,42b-48.
Reflexión
Con la fe se toca a Cristo, ha dicho san Ambrosio.
Pero no con una fe que se contenta con rezar el Credo, sino con aquella fe de la incurable que empieza en la humildad de no creerse digna ni de ponerse delante del santo Maestro y que termina y se manifiesta en la confianza firme de ser curada sólo por el contacto con lo más insignificante de su persona, la orla posterior de su vestidura.
«¡La fe viva! Esa es la que toca a Cristo, la que llega hasta su Corazón.
Si con fe viva nos llegáramos al [altar], ¡cómo nos su-mergiríamos en aquel mar de luz, de amor, de vida, que brota de aquel Corazón! ¡Cómo se curarían todas nuestras dolen-cias! ¡Cómo gozaríamos de salud inalterable! ¡Cómo obten-
dríamos mucho más de lo que pedimos y esperamos!
Pero, ¡nos hace tanta falta aquella humildad que lo teme
todo de sí y aquella confianza que lo espera todo de Él!
¡Vamos al Sagrario, [a la Misa], tan llenos de nosotros que no hay que extrañar que volvamos tan vacíos de Él!» .
Señor, yo quiero creer en ti
«Haz, Señor, que mi fe sea pura, sin reservas,
y que penetre en mi pensamiento,
en mi modo de juzgar las cosas divinas y las humanas.
Que mi fe sea libre, Señor,
es decir, acompañada por mi elección personal,
que acepte las renuncias y los riesgos que comporta,
y que exprese lo que es el vértice decisivo de mi personalidad.
Yo creo en ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea firme:
firme por una lógica externa de pruebas
y por un testimonio interior del Espíritu Santo;
firme por la luz aseguradora
de una conclusión pacificadora,
de una connaturalidad suya.
Yo creo en ti, Señor.
Señor, haz que mi fe sea feliz:
que dé paz y alegría a mi espíritu
que lo capacite para la oración con Dios
y para la conversación con los hombres;
de forma que irradie en el coloquio sagrado y profano
la original dicha de su venturosa posesión.
Yo creo en ti, Señor.
Oh Señor, que mi fe sea humilde:
que no presuma en la experiencia de mi pensar y sentir,
sino que se rinda ante el testimonio del Espíritu Santo;
y que no tenga otra garantía mejor que la docilidad a la autoridad del magisterio de la Santa Iglesia.
Amén».
(Pablo VI)
Conclusión
Cultivar la fe, esperanza y caridad (Oración a dos coros).
Señor: Ayúdanos, con la fuerza íntegra y plena de la Eucaristía, poder retomar y cultivar la dimensión mística y contemplativa de las virtudes teologales.
- Revalorar la preocupación de la realización corporal unida a los sentimientos y afectos mediante una lucha y pero-cupación por la dignidad humana en todas sus expresiones;
- Canalizar y colaborar en las múltiples iniciativas de comunión, defensa y preservación de la naturaleza y el medio.
- Vivir de manera coherente entre lo creído y lo vivido o lo practicado, uniéndonos así a las exigencias de la fe.
- Cultivando juntos valores como el amor, la vida, la justicia, la libertad, la autenticidad y la solidaridad para alcan-zar juntos la humanización de nuestra existencia.
- Experimentar que la comunión con el cuerpo y sangre de Cristo en la Eucaristía, nos encauzará al vínculo profundo de unidad entre nosotros, como personas y comunidad, en medio de la pluralidad social.
Recitar el Padre nuestro
Oremos
Señor Jesús, ante tu presencia queremos renovar la fe como Zaqueo, la caridad como Magdalena y la esperanza como María, ayúdanos a no decaer y vivir lo esencial del cristianismo, que se encuentra en estas tres lámparas de fe, esperanza y amor.
Canto a María
Objetivo: Descubrir, la importancia del altar, dentro de la Celebración, lo que allí sucede, los que se reúnen torno a ella.
1.- DESARROLLO
1.1.- Introducción
EL ALTAR – SIGNIFICADOS EN LA HISTORIA
* Etimológicamente es un lugar elevado, o tabla coloca-da sobre gradas, destinado a la celebración de sacrificios y al culto de una divinidad.
* En el culto católico, ara o piedra consagrada, usada para celebrar la Misa.
* Entre los babilónicos, el más antiguo altar se encuen-tra frente al templo de El-Obeid.
* Los israelitas usaban altares de piedra, para sacrifi-cios de características cruentas. El de los holocaustos del Anti-guo Testamento era, entre los hebreos, el utilizado para inmolar las víctimas ofrecidas a Dios, mientras que el de los perfumes era el usado para ofrecer incienso y perfumes.
* Entre los egipcios, los más frecuentes son mesas para libaciones, ricamente decoradas.
* Para los griegos y romanos, el altar era simplemente un amontonamiento de piedras o de tierra. Con posterioridad, fueron fijos, de mármol o ladrillo, con formas y dimensiones muy variadas, algunas veces eran auténticos monumentos.
* Entre los cristianos, los primeros altares fueron simple
mente mesas.
* En las catacumbas, se celebraba la Misa sobre altares de piedra y sobre las tumbas de los primeros mártires.
* En el año 517, se estableció que los altares debían tener una piedra de consagración o ara.
* A partir del s. V, los altares adoptaron la forma de mesa o de tumba, con gran diversidad de arte, desde el frontal románico al retablo gótico, o al lujo de los altares barrocos.
* Se designa como altar mayor, el principal de una igle-sia, situado en el centro del presbiterio, mientras son laterales, los secundarios, situados en las naves laterales o en una capilla aparte.
* Existía también el altar portátil, que era una piedra consagrada aplanada y de pequeño tamaño, que contiene reli-quias, o de madera pequeño para ser trasladado. De ahí la expresión: «El altar es Cristo» .
*Desde el Vaticano II, con la Constitución Sacrosanc-tum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia , se enriquece el sig-nificado del altar.
1.2.- Contenido
De estar de espaldas al pueblo -en el sentido de servir para celebrar el sacrificio, de la Muerte y Resurrección de Jesús, en que los fieles sólo participaban en momentos esporá-dicos-, pasa a ser el centro del templo y de la celebración de cara al pueblo, donde somos invitados a participar. Los fieles somos integrados a la celebración, teniendo una importancia vital nuestra vida.
REFLEXIONES DEL BTO. MANUEL GONZÁLEZ SOBRE EL ALTAR
El primer altar de la Iglesia fue la mesa de la última Cena y la Cruz del monte Calvario; en aquélla se ofreció el Sacrificio del Cordero que “había de ser inmolado”, en ésta el mismo Sacrificio del Cordero “inmolándose”, como sobre nuestros alta-res se hace diariamente la oblación del Sacrificio del Cordero inmolado .
El altar en el templo. De todos es sobradamente sabido que el lugar principal de un templo es el altar. Es su clave de arco, su razón de ser, su punto de convergencia, su centro...
Como el Sacrificio es el acto esencial de la religión, el altar sobre el que se ofrece es esencial al culto que da la religión; hasta el punto que si levantáis un altar, por tosco y mezquino que sea, allí podéis decir que hay un templo; y en cambio, si levantáis muros elevados y preciosos y con ellos sostenéis bóvedas y artesonados riquísimos y los adornáis con imágenes y símbolos y con órganos y campanarios del más exquisito arte y con púlpitos muy sonoros y en medio de tantas magnificencias no levantáis un altar, llamad aquel lugar como queráis, palacio, salón, teatro, academia, liceo, pero no podréis llamarlo templo, porque no lo es. Le falta el altar.
El altar, no es ni más ni menos, según la etimología de san Isidoro, que un alta ara. En ella que se ofrezcan todas sus Misas y se celebre el acto esencial de su culto, se haga la profe-sión solemne de su fe y se aprenda a guardar su Código de moral .
EL ALTAR EN LA SAGRADA ESCRITURA
En la Sagrada Escritura el altar significa el paso de la Antigua Alianza a la Nueva, de los sacrificios en el desierto del pueblo de Dios, pasamos a la etapa del Cordero Pascual, Cristo como salvación que se ofrece en comida y bebida, ante la co-munidad que celebra la Nueva Alianza de la salvación, de la reconciliación.
Actitudes ante el altar:
Vivimos el tiempo de Cristo, y esta «plenitud de los tiempos» (Gálatas 4,4) lo podemos recorrer por la simbología del altar y por las actitudes que se dan en su derredor.
a) Por la simbología del altar, podemos acoger la salva-ción y la entrega de Cristo:
* Jesús «me amó y se entregó por mí» - Gálatas 2,20.
b) Por las actitudes de fraternidad que se dan alrededor del altar, en busca de los hermanos:
* Tened los mismos sentimientos de Cristo – Filip 2,5.
* La fe sin obras esta muerta - Santiago 2,15-17.
* La prudencia en el hablar - Santiago 3,2-5.
* La verdadera humildad - Santiago 4,1-3.
2.- ILUMINACIÓN
Génesis 14,18; Éxodo 20,24; Isaías 56,7.
Testimonio y Mensaje, nn. 13, 16, 17.
Sacrosanctum Concilium, n. 107.
3.- COMPROMISO
A parte de tu inclinación de cabeza al pasar delante del altar, fíjate si -en el altar de la capilla o parroquia- le falta algún detalle que tú puedas aportar para que esté más digno, dentro de las normativas litúrgicas, también con tus actitudes.
4.- EVALUACIÓN
Hacer un pequeño trabajo de grupos de investigación:
a) Algunas diferencias sobre el significado del altar desde los primeros tiempos del cristianismo, hasta la época del Beato Manuel González.
b) Algunas diferencias sobre el significado del altar desde el Beato Manuel González hasta el Concilio Vaticano II.
ORACIÓN
Rodear el altar, besarle y colocar cada uno una flor.
Sentirnos comunidad cantando: “Iglesia Peregrina”.
Rezar juntos, la oración del libro “Orar con el Obispo de la Eucaristía” - La oración hecha fe (pág. 237).
Introducción
La relación altar-fraternidad es la pregunta que nos hace
mos constantemente y no sabemos responder, porque a nuestra vivencia aún le falta mucho, por eso en este rato de oración, intentaremos con la gracia de Dios dar una respuesta más clara.
La Eucaristía es fuente de fraternidad por tres razones: * Porque establece nuestra unidad en Cristo.
* Porque nos compromete con el sacrificio de Cristo.
* Porque el Espíritu Santo nos transforma por dentro como lo hace con el pan y el vino en el altar.
CREAR FRATERNIDAD
«Hagan discípulos a todas las naciones» (Mateo 28,19). Con estas palabras de Jesús, la Iglesia recibió la encomienda de reunir a toda la familia humana dentro de la fraternidad que comparte la comunión con Dios.
Mas sólo la Eucaristía puede capacitar a los bautizados para conducir a los seres humanos a la fraternidad con su Crea-dor. Por ello, el Pan partido y entregado, es el alimento que for-talece la fraternidad de los fieles, impulsándolos a salir al encuentro de los que sufren o no lo conocen.
EL VALOR DEL SACRIFICIO DEL ALTAR
La Eucaristía es a veces presentada sólo como un ban-
quete fraternal, en la que Dios nos da su amor incondicional, pero se deja de lado que se trata del mismo Sacrificio de Cristo; que al recibir su Cuerpo y Sangre se nos requiere conversión, sacrificio personal y actitudes de fraternidad.
Mirar el Sacrificio Redentor de Cristo que se realiza en el altar y se renueva en cada Eucaristía, para que a partir de Él proclamemos el valor del sacrificio y nos unamos a los pade- cimientos de numerosos hermanos, que sufren enfermedades, hambre, persecución… Después del Sacrificio del Calvario, nunca más hemos de estar aislados de Dios y de los hermanos.
- Gesto: En este momento de la oración, adornar el altar con flores y con los nombres de cada participante.
- Canto
- Monición
A dos mil años de la venida de Cristo, solamente el 30% de la humanidad cree, lo conoce y es su discípulo. Desde el altar, Jesús nos hace una invitación: tomar conciencia de la necesidad de construir comunidad, de no separar la Misa de la fraternidad.
- Lectura: Lucas 24,13-35 (leerlo despacio).
- Peticiones
En esta aparición del Resucitado, pone Lucas de relieve algunos rasgos fundamentales: la importancia que tiene la Sa-grada Escritura que abre el corazón de los discípulos para encontrarse con Cristo en la Eucaristía, y vuelven a la comunidad para vivir juntos a ella esta experiencia.
* Todos: Maestro, enséñanos a buscar la fraternidad.
Para entender su misterio es necesario recordar y creer la Palabra, puesto que en ella se ha revelado el designio divino que Cristo debía cumplir, a través del sufrimiento y de la muer-te en el Calvario, para enseñarnos que para vivir hay que morir.
* Todos: Maestro, enséñanos a asumir el dolor y el sacrifi-
cio, que cada día nos viene.
De este modo realiza, la esperanza de redención y fra-ternidad por toda la humanidad. Jesús mismo, el desconocido compañero de camino, se abre, y explica el sentido de las Escrituras a quien se pone a la escucha y busca el amor fraterno.
* Todos: Maestro, ayúdanos a abrir el corazón a tu Palabra.
A lo largo del camino se produce así el paso de la tris-teza a la alegría que pone ardiente el corazón hasta que llegan al reconocimiento del Resucitado a través de un gesto tan cotidiano como significativo: la fracción del pan.
* Todos: Maestro, que vivamos la alegría que produce el en-
cuentro contigo.
El modo de realizar ciertos gestos fraternales, revela, en
efecto, la identidad del que los hace. Por eso desaparece el peregrino, ya saben lo que tienen y hacer en la comunidad.
* Todos: Maestro, que te reconozcamos y te amemos en el
Pan Vivo del Altar.
- Oración
No hay fraternidad que no sea cristiana, lo otro sería solidaridad. En el primer milenio, el cristianismo vio la fraternidad cristiana de Europa y el segundo milenio vio la fraternidad cristiana de América y África. Oremos para que el tercer milenio traiga la fraternidad cristiana de Asia.
Recemos juntos la oración de la fraternidad: Padre nuestro…
- Conclusión
Señor Jesús: tú que nos enseñaste constantemente el camino de la fraternidad y el deseo de que “todos seamos uno”, danos fuerza para que sigamos buscando formas de hacer fraternidad, una tarea difícil para nuestras pequeñas fuerzas. Acoge nuestros esfuerzos y danos la luz para llevarlos a su fin. Por Cristo Nuestro Señor.
Objetivo: Reflexionar sobre la peculiaridad de la naturaleza humana y profundizar en el concepto de fraternidad.
1.- DESARROLLO
1.1.- Introducción
Fraternidad es un término que todos utilizamos, del que todos sabemos mucho. Nos atrevemos a opinar cómo debe ser la fraternidad, quién la vive bien o mal, pero también nos encontramos muchas veces lo complicado que resulta vivirla, es un proceso de toda una vida.
Decimos saber de fraternidad por haber experimentado sobre nosotros mismos la necesidad de que no podemos estar solos en la vida, necesitamos de los otros, echamos de menos la fraternidad y, sin embargo, resulta difícil clarificar, por qué no la vivimos siempre y la rompemos con tanta facilidad.
Partiendo de que la persona es un ser que necesita de los otros, la fraternidad es un valor cristiano del que se des-prenden varias actitudes.
PARÁBOLA: LAS TINAJAS DE LA FRATERNIDAD
Había una vez tres tinajas, que se encontraron en el almacén de un alfarero y comenzaron a desahogarse; sentían miedo por su destino.
La primera dijo: “A mi me gustaría ir a parar a la casa de un rey, ser utilizada para el vino y de ahí llenar todas las copas, sentir las grandes fiestas, pero me da miedo que me usen, para basura o meter cosas viejas, pues soy de barro bueno y estoy bien cocida”.
La segunda dijo: “Me gustaría servir en un laboratorio para que depositen colonias y así perfumar el mundo de buen olor, pues soy muy delicada y tengo buen gusto”.
La tercera dijo: “A mi me gustaría llegar a un gran ho-tel, y servir para que depositen, un buen aceite, dar sabor a to-das las comidas y escuchar decir a la gente lo bueno que está”.
Llegó el día de la partida, las llevaron al mercado.
La primera la compró un carnicero y echaba en ella los despojos y suciedades malolientes de la carnicería. Estaba muy disgustada de su misión.
La segunda la compró un tendero y la llenó de sosa cáustica, aquel horrible olor la mareaba, pensaba en sus aden-tros ¿tanto esfuerzo del alfarero haciéndome tan bella y acabar así? Se puso a llorar.
La tercera la compraron unos ladrones y echaban en ella todo lo que robaban. Ella se sintió muy molesta y se preguntó si aquello tan injusto era una misión.
Pasó el tiempo y los dueños las abandonaron en rin-cones inimaginables…
La primera tinaja la encontró un pastor, la limpió y se la vendió por muy poco precio a un señor rico que la dejó en un pequeño almacén. Un día hubo una boda en la casa, de pronto entró una mujer en el almacén, la tomó y la limpió con cariño, la llenó de buen vino que sacaba y servía en copas. “Se terminó el vino. De pronto escuché la voz de un hombre, ordenó me llenaran de agua, la mujer sonrió y dijo a los criados «haced lo que él os diga». Pero cual sería mi sorpresa, de pronto sentí, que dentro de mí había vino. Todos estaban contentos, aquel vino era el mejor que habían probado y yo el mejor que había guardado. Sentí que mi ilusión se había cumplido, el vino no se acababa, viví la fraternidad con aquella gente”.
La segunda tinaja la encontró un posadero, la llenó de aceite de oliva. “Me sentí muy bien al comprobar lo consegui-do; un día oí ruidos en la posada, trajeron un hombre herido, se quejaba mucho, el dueño envió a un criado por aceite, y le de-cía; «Cúrale las heridas con ese aceite que es el mejor». Al cabo de unos días vi cómo el herido estaba feliz y curado; me sentí muy bien, mi misión había construido fraternidad”.
La tercera la encontró un comerciante de aromas caros,
un día llegó una mujer muy guapa llorando y con prisa, pidió una cantidad mayor de perfume que de costumbre, se metió en una casa donde estaban cenando y a los pies de un hombre muy sereno lloró, regándole los pies con lágrimas y perfume. “Un agradable aroma llenó el ambiente, me sentí bien, aquel perfume había servido para encontrarse con aquellas personas; sentí la fraternidad”.
Un tiempo después, en un mercado de vino, aceite y perfume se volvieron a encontrar las tres tinajas; les dio mucha alegría verse de nuevo; se contaron las penalidades y gozos que habían vivido hasta llegar donde estaban. “Tú el perfume, ella vino, yo el aceite. Salimos del mismo alfarero, pero con miras muy individualistas, queríamos ser el centro de todo y nos unió una misma misión: construimos fraternidad. Nunca hubiéra-mos imaginado lo que nos iba a suceder. Aquel día llenas de miedo por nuestro destino; hoy llenas de satisfacción, por construir fraternidad. Hay que estar siempre en camino hacia ella... y no cansarnos, es lo único que nos produjo alegría y sentido, siempre hay un día que se puede lograr.
1.2.- Contenido
Para crear fraternidad se necesitan unas actitudes y tres protagonistas: Jesús, el otro y yo. El ambiente de la fraternidad depende de nuestras actitudes en la convivencia con los demás, hay que construirla en la parte que nos toca a cada uno; en Jesús siempre se da.
Algunas actitudes que construye fraternidad:
a) Basado en el mandamiento del amor.
La fraternidad es la vocación última del hombre y extensión del mandamiento evangélico del amor recíproco (cf. Juan 15,17).
b) Tenacidad.
En el ejercicio virtuoso de luchar hasta el final por conseguir el objetivo.
c) Diálogo. Dialogar, ¿pero cómo? Desde la vida…
d) Viviendo las alegrías y tristezas del grupo como tuyas.
Haz tuyos sus problemas. Gózate en los triunfos de los demás, como de los propios. Respeta profundamente las ideas y la vida del otro. Todas las personas suelen ser muy sensibles a esta actitud de escucha.
e) Manos que trabajan.
Trabajar con responsabilidad en el grupo, no dejes que otro haga lo que debes hacer tú.
f) Cristianos audaces.
¿Qué implica ser cristiano?, ¿cuáles son nuestros retos en un mundo individualista, consumista…?
g) Aprender a fracasar.
¿Qué lecciones hay que aprender del fracaso? ¿Se nos educa para el éxito?
h) Paciencia.
Para contigo mismo y con los otros; somos frágiles, no pode-mos todo, pero si muchas cosas que logramos hacerlas bien.
i) Perdonar y olvidar.
Perdonar es un don de Dios. Mientras miraba una pequeña herida que me hice hace pocos días en mi mano, observaba como iba desapareciendo, borrándose. Procura amar a fondo perdido, sin pasar factura, sin exigir respuesta.
j) Misión de servicio.
No es individualista, no tiene un fin en sí misma, sino un bien para la comunidad.
IMPORTANCIA DEL ACONTECIMIENTO PASCUAL
Jesús es revelación de Dios. Continuidad, porque es el mismo núcleo de revelación del Antiguo Testamento; y discontinuidad, porque supone ruptura del Dios poder, dominador, justiciero a un Dios amor, comunión, gratuidad, perdón… PADRE.
Por la comunión de amor existente entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, supone un Dios fraternidad. Pablo pondera la novedad y la grandeza de esta nueva revelación (cf. Efesios 1). Puede verse el himno cristológico que escribe a los Filipenses 2,6-11.
Entramos en la fraternidad partiendo del misterio de la muerte y resurrección de Cristo.
2.- ILUMINACIÓN
Trabajar estos textos en pequeños grupos y llevarlo a un debate coordinado:
Mateo 11,25ss.
Testimonio y mensaje, n. 124.
Folleto formación UNER 12: “La elocuencia de los hechos”.
Gaudium et spes, n. 1.
3.- COMPROMISO
Vivir con mayor radicalidad y esfuerzo, las actitudes de fraternidad, enumeradas en la introducción, que más se necesi-ten en tu entorno familiar, grupal, parroquial, laborar…
4.- EVALUACIÓN
De los Ritos iniciales de la Misa, descubre los momentos que tienen relación con la fraternidad.
1.- Rito de entrada.
2.- Saludo inicial.
3.- Acto penitencial.
4.- Gloria.
5.- Oración colecta.
5.- ORACIÓN
Preparar un símbolo que represente las actitudes frater-nas que se viven en el grupo y otro que represente las que menos se viven. Quemar este último.
Orar juntos el “Padre Nuestro” ante la Sagrario, unien-do nuestras manos en el momento de “perdona nuestras ofen-sas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Hacer una pausa y pedir perdón en silencio y que cada uno lo acoja en su corazón.
Al final darse el abrazo de la paz.
Introducción
La Eucaristía, fuerza generadora de fraternidad es don de Dios.
* Alimento para el camino: «Yo soy el Pan de Vida».
* Condición de vida: «Quien no coma la carne del Hijo del Hombre… no tendrá vida».
* Presencia viva y vivificante: «Yo estaré con vosotros, hasta el final de los tiempos».
* Es lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia.
* Es el don por excelencia, porque es don de Jesucristo, de su persona en su santa humanidad y de su obra de salvación.
* Misterio grande, misterio de misericordia.
* La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada.
* Misterio de la Presencia real.
* Fuente y epifanía de comunión.
- Habla D. Manuel González
«La Sagrada Eucaristía es el corazón de la Iglesia, es su esencia, su centro, su vida...
Es Jesucristo tal como quiere ser buscado, deseado, creído, amado, obsequiado, agradecido y adorado en la tierra por los hombres.
Es Jesucristo repitiendo cada día el Calvario y el Evangelio, y perpetuando hasta la consumación de los siglos, la redención de aquél y los milagros de éste.
Es el Jesucristo de la gloria hecho alimento, luz, solución, redención, defensa, medicina y resurrección de los peregrinos de la tierra.
La Eucaristía es, si cabe decirlo así, el Jesucristo nuestro o en el estado en el que más nos conviene, tan necesario a nuestra vida como el aire a los pulmones» .
- Lectura: Juan 13,1-15.
- Reflexión
Desde esta perspectiva, la fraternidad, fruto de la Euca-ristía, exige dejarse lavar los pies o, en otras palabras, creer en la acción de Dios, dejarle hacer.
En la actitud de servicio humilde de Jesús: levantarse de la mesa, despojarse de las vestiduras de gloria, inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón, la fe de la Iglesia ve el fin natural de toda Celebración eucarística: «Nos amó hasta el extremo».
La auténtica participación en la Misa no puede dejar de generar correspondencia de amor.
«Si amor con amor se paga, el amor mayor de Cristo
debe pagarse con el mayor amor del cristiano. Es decir, con amor hasta el sacrificio y por toda la vida. Si el amor que tiene Jesús Eucaristía es amor de “Hostia entregada”, yo debo ser para Jesús “hostia de amor”» .
La fe se demuestra en la fraternidad: lavar los pies a los hermanos: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Juan 13,14-15).
Aceptar el lavatorio de los pies significa:
* Tomar parte en la fraternidad del Señor.
* Experimentarla en nosotros mismos, dejarnos identi-ficar con esta actitud.
*Continuar el lavatorio, lavar con Cristo los pies sucios del mundo.
EUCARISTÍA ESCUELA DE AMOR FRATERNO
«A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de fra-ternidad de Cristo. La Eucaristía, construyendo la fraternidad en Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hom-bres» .
Las acciones y palabras de Jesús durante la última cena
son el fundamento de la nueva fraternidad mesiánica, el Pueblo de la Nueva Alianza, la Iglesia. Cualquiera que reconozca esta fraternidad y busque experimentarla, entra en comunión con ella .
El mandamiento nuevo es un mandamiento que comprende también a los que han sido separados de la Iglesia, porque Jesús expresó su deseo de «que todos sean uno» (Juan 17,21) durante la misma cena eucarística.
- Recitar a dos coros
Todos: Del amor sin medida de Cristo, nace un nuevo modelo de fraternidad. Todo se hace nuevo en Cristo.
1- Una nueva humanidad liberada del pecado;
2- un nuevo pueblo: la Iglesia vivificada y asistida por el Espíritu Santo.
1- Una nueva ley: la del mandamiento nuevo del amor;
2- un nuevo sacrificio: el que anuncia la muerte y la resurrección del Señor.
1- Un hombre nuevo: el redimido por la sangre de Cristo;
2- un nuevo alimento: la Eucaristía.
1- Una nueva evangelización que invita con mayor entusiasmo y esperanza a ofrecer la Buena Nueva de Cristo para todos los pueblos;
2- una nueva civilización: la del amor.
1- Un camino nuevo, que debe recorrer la Iglesia para cumplir fielmente los mandatos que se le han encomendado.
Todos: Por este modo de fraternidad en Dios, Cristo se ha
hecho Alimento del pueblo de Dios.
- Reflexión
DESCUBRIENDO EL ROSTRO DE CRISTO EN EL PRÓJIMO
Mientras el Señor está presente de manera especial en las especies eucarísticas, no está menos presente en nuestros hermanos. Por lo tanto, reconocer al Señor en el pan y vino e ignorarlo cuando se hace presente en el pobre, el enfermo y el preso, es separar la Eucaristía del contexto de la comunión y la vida cristiana: quien no ama a su hermano o hermana a los que puede reconocer en la carne, no puede amar a Jesús que debe ser reconocido en el pan y el vino (cf. 1 Juan 4, 20).
UNA LLAMADA ESPECIAL A VIVIR LA FRATERNIDAD CON DIOS Y LOS HERMANOS
«Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18,20).
«Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo pues todos participamos del único pan» (1Corintios 10,16-17).
En la luz, estamos en comunión unos con otros (cf. 1Juan 1,3.6-7).
«Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (1Juan 4,6). Hemos tenido la suerte de conocer el don de la Eucaristía.
ESTAMOS DISPUESTOS A DAR PASOS DE FRATERNIDAD
Dejarnos lavar y disponernos a lavar los pies de nues-tros hermanos desde:
* Una mirada de fe: fraternidad universal. Todos somos gestados en las entrañas de misericordia de Dios. Amar a todos.
* Acogida y amor al prójimo más próximo.
* El amor se hace servicio siempre, enseguida, gratuito y con alegría.
* Un amor así es contagioso, se extiende. “El fuego, lo que toca, lo transforma en fuego”.
- Recitar juntos el Padre Nuestro (juntas las manos)
- Con María
VIVIR LA FRATERNIDAD EN UNIÓN DE MARÍA INMACULADA, LA “MUJER EUCARÍSTICA”
En la anunciación, María se dispone a que Dios la llene y actúe en ella: dice sí y cree. En la visitación, María se con-vierte en portadora de Cristo y es testigo de la acción de Dios: “El poderoso ha hecho en mí”. En Caná, María transmite su experiencia: “Haced lo que Él os diga”.
- Oremos
La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un Magníficat.
- Canto del Magníficat
- Acción de gracias
Se encienden lámparas y se da gracias.
Objetivo: Descubrir que en la Celebración de la Eucaristía, Jesús nos reconcilia con Dios y que este perdón que recibimos nos exige el perdón hacia el hermano.
DESARROLLO
1.1.- Introducción
PARÁBOLA: AMIGOS EN EL DESIERTO
Una historia que habla sobre el perdón y la verdadera amistad.
Dos amigos viajaban por el desierto y en un determina-do punto del viaje discutieron. Uno, ofendido, sin nada que de-cir, escribió en la arena:
"Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada”.
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvie-ron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse, tomo un estilete y escribió en una piedra:
"Hoy mi mejor amigo me salvó la vida".
Intrigado, el amigo preguntó: ¿Por qué después de que te lastimé, escribiste en la arena, y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
"Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargaran de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde el viento no podrá borrarlo".
Las relaciones humanas, por ser relaciones perfectibles más no perfectas, tienen que basarse en el perdón, sólo así podremos construir una verdadera amistad y, aunque muchas veces signifique renunciar a nosotros mismos y duela, podre-mos realmente amar, ser amados y por ende alcanzar la plena felicidad.
1.2.- Contenido
¿CÓMO HAY QUE ACUDIR?
a) Las actitudes adecuadas para poder celebrar la Eucaristía que instituyó Jesús, no nos las inventamos nosotros. El Espíritu que enseña a la Iglesia y le recuerda todo lo que Jesús dijo (cf. Juan 14,26), es también quien le instruye en este punto. Él nos enseña a acercarnos al misterio de la donación de Dios con unas actitudes que, expresando los sentimientos más profundos del corazón humano, coinciden con las actitudes religiosas del pueblo de Israel que vemos en la Biblia, con las del mismo Jesús y con las de su Iglesia. En una palabra, el Espíritu nos lleva a acercarnos a la Eucaristía desde Jesús, como Jesús y con Jesús, es decir, como cristianos. ¿Cuáles son las actitudes que nos inspira el Espíritu? Buscar en el Catecis-mo de la Iglesia Católica, nn. 2626-2643.
b) El primer movimiento que suscita el Espíritu ante la Eucaristía es la petición humilde de perdón y el deseo de conversión. Ante todo, siempre que nos acerquemos a la Eucaristía, hemos de recordar aquellas palabras del Apóstol: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1Corintios 11,28); no podemos sentarnos a esta sagrada Mesa con la conciencia manchada; sería contradecir la esencia misma de la comunión que vamos a vivir. Pero es que, además, siempre que nos acercamos a recibir el Cuerpo de Cristo «entregado por nosotros» y su Sangre «derramada por nuestros pecados», nos sentimos indignos y necesitados de perdón. Como el publicano imploramos: «Ten compasión de mí que soy un pecador» (Lucas 18,3). Como el hijo pródigo reconoce-mos: «No merezco llamarme hijo tuyo» (Lucas 15,21). Y con el centurión afirmamos: «Yo no soy digno de que entres en mi casa» (Mateo 8,8). Y esto necesitamos hacerlo desde el princi-pio de la celebración, para situarnos ante Dios desde nuestra verdadera realidad.
c) Una actitud fundamental que requiere la Eucaristía es abrirse a la comunión con los hermanos. Recordemos, una vez más, que san Pablo explica el verdadero significado de la Eucaristía precisamente con el fin de hacer volver a los cristia-nos de Corinto al espíritu de la comunión fraterna, rota por sus divisiones (cf. 1Corintios 11,17-34). La Eucaristía, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo, por obra del Espíritu Santo, exige la comunión fraterna, la expresa, la educa, la alimenta y la hace crecer .
Esta comunión tiene una dimensión invisible que, en Cristo y por la acción del Espíritu Santo, nos une al Padre y entre nosotros: «Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte» (1Corintios 12,27).
El perdón es la opción cristiana ante un mundo tan inhumano. «Si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda» (Mateo 5,23-24).
Saber perdonar es un “arte del espíritu”. Hay que tener mucho coraje para saber perdonar. La llamada cristiana al perdón forma parte de lo que es más radical y nuclear del mensaje evangélico: el amor. Hablar del perdón sorprende, pero no es un aspecto distinto del mensaje evangélico, sino que manifiesta el rostro cristiano del amor.
Se aprende a perdonar, a partir de la Palabra de Dios y del Espíritu de Jesús. Y se aprende no como algo raro y subli-me que llega a nuestra vida como un añadido, sino como res-puesta a la pregunta que la humanidad se formula y que todos sentimos dentro: cuál es la actitud adecuada ante los demás, y en concreto, ante los que hacen y nos hacen mal.
El amor cristiano se manifiesta en el amor que perdona. Dios llama a un amor que perdona, llama a la paz y a la reconciliación.
Metidos en este mundo tan violento, la actitud de perdón está llamada a crear ámbitos de humanidad, a recuperar relaciones que quizás ya han sido rotas, paliando así heridas muy hondas.
Saber perdonar comporta dos cosas: aceptar y entender al agresor; no acepta su error o malicia; entender que yo soy débil y pecador, que yo también estoy envuelto en mal.
Sólo el que acepta que es pecador, aprende a perdonar. Para perdonar de corazón tengo que tener experiencia de sentir-me perdonado por Dios. Saberse ya perdonado es el único clima que hace capaz al hombre de dar estos dos pasos: entender al que hace el mal y aceptar mis propias limitaciones.
En el Padre nuestro, pedimos perdón al Padre por nues-
tras faltas, por las ofensas que cometemos, por las deudas que tenemos, por nuestros pecados de omisión. Y también manifes-tamos con claridad nuestra intención de promover relaciones nuevas entre las personas. Nos presentamos ante Dios para decirle que estamos dispuestos a perdonar, que nos animamos a ser transmisores de su perdón, perdonando a los demás.
2.- ILUMINACIÓN
El perdón nos libera. Fuera de Cristo no hay auténtica libertad: Gálatas 5,1-3.13; Romanos 8,2; Juan 8,31-36; Santiago 1,25.
El Reino es presentado por Jesús como una praxis libera-dora: Marcos 8,35; Mateo 6,33; Lucas 12,31.
Testimonio y mensaje, nn. 61, 72, 225, 226.
El hombre es libre cuando coopera con la gracia: bajo el influjo de la gracia la voluntad del hombre permanece siempre libre. El pecado, la muerte y la ley invalidan históricamente a la libertad. La gracia se transforma por ello en una liberación de la libertad humana, el trampolín desde la deshumanización que inflige el pecado hasta la humanización plena.
3.- COMPROMISO
Revisa las relaciones con tus hermanos más cercanos y pide perdón si crees que con alguno algo no anda bien.
4.- EVALUACIÓN
a) Leer a nivel personal o grupal y reflexionar el texto de Rahner sobre la gracia.
RAHNER: Busca un sentido de gratuidad.
«'Mérito', en el sentido teológico de la palabra, significa una característica de lo que nos da la gracia de Dios, no un dere-cho autónomo que el hombre haya adquirido por sí mismo frente a Dios. Mérito significa: Dios concede en su gracia que lo que hace-mos en el tiempo tenga una homogeneidad interna con lo que es la vida eterna: comunidad con Dios en una verdadera participación íntima de la naturaleza divina que nos ha sido realmente concedida. Mérito significa eternidad en el tiempo, llegada de la gracia de Dios y de la vida eterna a nosotros. Es don de Dios: porque Él nos ha dado la posibilidad de realizar actos de vida eterna. Por eso el mérito no nos glorifica a nosotros sino a Él […]. El hombre es poseído por la vida de Dios cada vez más, cada vez más profunda y existencialmente; que esta vida le llena cada vez más en todas las direcciones de su existencia».
b) Buscar tres citas de la Palabra de Dios, del apartado iluminación que hable de la libertad que produce el perdón.
c) Trabajar un número de Testimonio y mensaje y sacar un pequeño texto de lo que el Bto. Manuel González dice sobre la Gracia.
5.- ORACIÓN
Dentro de la sala hacer una pequeña oración de perdón.
Poner la sala a oscuras, encender unas lámparas, de una en una, según se van haciendo aclamaciones de perdón, hasta la última.
Darse el abrazo de paz o cantar una canción relacionada.
Esta celebración se puede hacer en cuaresma o adviento. Los momentos de pausas y silencio se adaptan a las circunstancias del grupo orante.
- Introducción
TENGO SED DE OFRECER EL PERDÓN, DE ACOGERLO
Señor, aquí estoy ante ti, con mi pobreza y mi nada. Quiero buscarte con amor. Mi alma tiene sed de ti, todo mi ser suspira por ti, «como tierra reseca, agostada, sin agua».
Tengo una insaciable nostalgia de ti, una dolorosa año-ranza de tu presencia.
Necesito, Señor, silencio. Tú lo sabes mejor que yo, y te necesito a ti que eres el Amor.
Mi vocación eres Tú, Señor, sólo Tú, sólo Tú. En ti todo tiene sentido, sin ti todo es vaciedad superflua. Sólo en ti, Señor, quiero vivir. En ti está el sentido de mi vida. Tú eres mi única nostalgia.
- Canto: “Vengo ante Ti mi Señor”.
- Invocación al Espíritu Santo
Espíritu Santo, enciéndeme con el fuego de tu sabiduría, para que sólo pueda amar lo que es santo.
Espíritu Santo, ilumíname con tu inteligencia, para que sólo pueda comprender lo que es santo.
Espíritu Santo, refleja en mí la luz de tu consejo, para que sólo pueda discernir lo que es barro y pecado en mi vida y
me deje transformar.
Contemplar a Cristo implica saber reconocerle donde-quiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento de la fraternidad, donde podemos compartir el perdón mutuo.
Espíritu Santo, infúndeme el fuego de tu fuerza, para que sólo pueda desear lo que es bueno.
Espíritu Santo, derrama en mí tu conocimiento, para que sólo pueda hacer lo que es correcto.
Espíritu Santo, dame devoción ardiente, para que sólo pueda buscar lo que te agrada.
Espíritu Santo, quémame en mi vida, para que no pierda los deseos de buscarte.
- Reflexión
La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada para perdonar y ser perdonada.
La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, lugar de vivir el perdonar y ser perdonados. «Misterio de luz». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron». Se sintieron perdonados.
El mundo de hoy está orgulloso de sus conquistas, se
jacta de estar bajo el signo del progreso. El hombre moderno corre, corre mucho, está devorado por el vértigo de la veloci-dad, pero su carne anhelante ha terminado por dejar a sus espaldas muchas cosas importantes. El hombre de hoy lo tiene todo pero le falta algo, se siente insatisfecho.
«Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». El hombre por naturaleza tiende a Dios, pero parece no darse cuenta y anda buscando otras identidades, otros lugares vacíos que no pueden saciar su sed de amor. Vive la angustia de no sentir el perdón, porque dice no le hace falta, por que no necesita perdonar a nadie y ser perdonado, en la angustia de no haber sido comprensivo con sus caídas y equivocaciones, de haberse perdonado y pacificado.
Solo Dios puede saciar esa sed. Solamente poniéndonos cara a cara con Él brotará esta súplica: ¡Señor tengo sed de Ti! Me amas como soy, desde dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro.
Sed de Dios: desearle y adorarle, sentir nostalgia de su presencia en nuestra vida, es decir, caer en la cuenta de que amamos pero que nuestro amor ha de crecer, de que cada día hacemos camino en la fraternidad pero, que aún queda mucho
por recorrer.
De sentirnos poseídos, pero conscientes de que todavía no le pertenecemos del todo. Tener sed de Dios es realidad de amor y deseo de alcanzarlo. Es el todo y el nada.
¿Cómo vives esa nostalgia? ¿Cómo vives por dentro? ¿Qué buscas? ¿Qué deseas? ¿Qué hay detrás de todo lo que vives? ¿Está Él? ¿Sólo Él? ¿Cómo te sitúas ante Cristo desde tu realidad? ¿Crees que es capaz de llenar tu vida de perdón y misericordia?
Mira en tu interior, sé sincero contigo mismo, descubre que solo puedes vivir en Él y para Él, que lo es todo en ti, solo Él plenifica tu vida.
- Gesto
SOLO SU PERDÓN VIVIDO COMO REGALO TE HACE FELIZ
(Dejar una breve pausa).
* Hacer una ofrenda con nuestras firmas en un papel en blanco, colocarlo en el altar, y dejar que el Señor ponga el sello
del perdón.
* Recogerlos y escribir algunas cosas de las que aún tengo dudas que el Señor me las perdone y orarlas a nivel personal, sentir que hace mucho tiempo me perdonó. Soy yo el que no me he perdonado.
Si tu corazón está seco, estás como un leño delante de Dios, sin ningún deseo de Él, clama tu sufrimiento, llama a la puerta de Dios hasta que te abra.
Quiere concederte lo que le pidas, pero Él espera que perseveres hasta el final de tus fuerzas. Grita desde tu corazón: ¡Señor tengo sed de tu perdón!
- Lectura: Juan 7,37-39.
- Reflexión
Ante la contemplación del Cristo Eucarístico:
¿Qué me regala Él? ¿Dejo hacer al Espíritu? ¿Acepto la vida nueva que me ofrece? ¿Vuelvo continuamente al encuen-tro con Él? En mis cansancios y fatigas, ¿confío en que en Él está mi descanso? ¿Sé saciar mi sed en la fuente de agua viva que Jesús me ofrece?
- Canto o música meditativa
- Preces
Jesús, te reconocemos presente en la Eucaristía y en nuestra vida, pero también nos reconocemos débiles y pecadores, sobre todo reconocemos que no siempre sabemos corres-ponder a tu presencia y al don de tu perdón.
* Por las veces que nos cerramos a tu presencia amoro-sa en la Eucaristía, donde nos espera siempre.
Todos: Te pedimos perdón, Jesús.
* Por no haber sabido valorar que en los momentos agradables y en los desagradables estás Tú.
Todos: Te pedimos perdón, Jesús.
* Por no ser en todo momento testigos verdaderos de tu presencia salvadora.
Todos: Te pedimos perdón, Jesús.
* Por las veces que no creemos que tu presencia nos renueva y vivifica.
Todos: Te pedimos perdón, Jesús.
*Jesús, Tú eres el Hijo de Dios, has resucitado y tienes pleno poder para enviar a tus discípulos, y en ellos a nosotros, a comunicar tu perdón a la humanidad.
Todos: Te pedimos perdón, Jesús.
- Enfrentado a mis huellas de pecado
Déjame que comprenda que soy pecador, limitado, que en la huella de mi persona, hay algunas rayas que no empeza-ron bien. Las huellas del perdón no son como las biológicas que nos hacen únicos para siempre. Las huellas del perdón todos los días son diferentes y nuevas, cada día se da una nueva creación con tu perdón, nos hacemos hombres nuevos. Pero vivimos como si fueran perennes y no sabemos vivir de la novedad, de la gran noticia que es el perdón recibido y donado, para quitar las huellas viejas, solo hay que confiar en Ti.
- Salmo 56: Oración de misericordia. (Recitarlo a dos coros)
Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad.
Invoco al Dios Altísimo,
al Dios que hace tanto por mí:
desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará su gracia y su lealtad.
Estoy echado entre leones
devoradores de hombres;
sus dientes son lanzas y flechas,
su lengua es una espada afilada.
Elévate sobre el cielo, Dios mío,
llene la tierra tu gloria.
Han tendido una red a mis pasos,
para que sucumbiera;
me han cavado delante una fosa,
pero han caído en ella.
Mi corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despertad, cítara y arpa;
despertaré a la aurora.
Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes.
Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.
- Acción de gracias por el perdón
Tú vives y estás en medio de nosotros, y estás siempre perdonando. Tú eres el Dios-con-nosotros, el Emmanuel.
Tu presencia nos sostiene, nos fortalece, nos anima, nos envía. Te reconocemos presente y vivo, aquí, en la Eucaristía.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
Jesús, estás con nosotros. Tu presencia es como el aire que aspiramos y nos penetra, nos renueva y nos conforta.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
A pesar de los problemas y dificultades que nos presen-ta el día a día, podemos ir adelante y superar todo obstáculo, porque, Tú, Jesús estás en medio de nosotros.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
Cuando los que no te conocen o no te aman, quieran frenar nuestro deseo de buscarte y estar contigo, Señor, haznos experimentar tu amor y tu presencia.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
Porque nos sentimos llenos de alegría por lo que nos sale bien, y sobre todo por saber que Tú, Señor, nos amas y
acompañas en el camino.
Todos: Gracias, Señor, porque estás con nosotros.
- Gesto
Llevar un cántaro y pasárselo unos a otros. Desde el silencio, que cada uno lo vacíe, mentalmente, de lo que desea dejar en el brocal, después llenarlo de agua fresca y beberla a la salida.
- Quiero dejar mi pobreza (Recitarlo con voces diferentes).
Llena mi pobre cántaro. Llénalo.
Quiero dejar aquí mi barro, mi pobreza, mi pecado, mi nada.
aquí en el brocal.
Quiero decirles a los míos,
a los que encuentro cada día en el camino,
que vengan y vean lo que he visto.
Quiero que para ellos seas también el Mesías.
Quiero que salgan de sus cosas, de su vida,
y se lleguen hasta ti.
Quiero que tu alimento sea el mío.
Quiero llevar a cabo la obra que tu Padre tiene sobre mí.
Quiero levantar la vista y contemplar los campos:
ya están dorados para la siega.
Quiero hacer la obra que tú quieras: sembrar o segar.
Mis manos y mis pies para tus campos.
Quiero entrar en tu labor.
Jesús, creo en ti porque te he escuchado
y sé que realmente eres el Salvador del mundo.
Jesús, estás cansado. La Cruz, siempre es tuya.
Señor, te ha agotado el camino.
Estoy a gusto, sin más, junto a ti. Yo te doy mi pobre barro.
¡Dame de tu Agua Viva!
hecha perdón, para salpicarla en mi familia, en mi trabajo,
en el mercado, en las calles, con mis vecinos...
¡Señor, gracias por el agua del perdón!
- Conclusión
Recitar el Padre Nuestro, rodeando el cántaro al lado
del Sagrario, o del Santísimo.
Señor, al descubrir que siempre nos perdonas, necesita-mos tener conciencia que tu perdón solo lo podemos acoger si nuestro corazón está vacío de rencores y rabias, y si está dis-puesto a perdonar de forma gratuita sin esperar nada a cambio. Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor.
Genuflexión: Gesto de adoración ante la presencia de Dios: «al Nombre de Dios toda rodilla se doble», se hace po-niendo la rodilla derecha en el suelo, mostrando así vasallaje ante el Señor.
Santiguarse: Consiste en hacer la Santa Cruz en nuestro cuerpo, de la cabeza al pecho y del hombro izquierdo al derecho. Se trata de una confesión de fe en la salvación de Dios a través de la Cruz.
Darse golpes de pecho: Se trata de un gesto de penitencia, de humildad, al reconocer la propia condición de pecador. Tradicionalmente se hace con la mano tres veces, aunque también se puede hacer una sola vez.
Inclinación o reverencia: Es gesto de respeto y reverencia ante algo o ante alguien, bien se hace inclinación con la cabeza, o bien con el tronco.
Hacer la señal de la cruz: Consiste en trazar tres veces la cruz en nuestro cuerpo con el pulgar, para pedir a Dios que sus palabras las entendamos con nuestra inteligencia (en la frente), las proclamemos con nuestra boca (en los labios) y las llevemos en el corazón (en el pecho).
¿CUÁNDO SE HACEN?
Genuflexión: Se ha de hacer siempre que pasamos ante el Sagrario, donde está Dios mismo y cuando se pasa ante el altar después de la consagración, ya que está presente el Señor.
Santiguarse: Al principio de la Misa y en la bendición final (aunque ésta última puede no hacerse).
Darse golpes de pecho: Cuando se recita el «Yo confieso» y se dice: «por mi culpa...», expresando así el propio dolor por los pecados.
Inclinación o reverencia: Se hace siempre ante el Altar, símbolo de Jesucristo.
Hacer la señal de la cruz: Al comienzo de la lectura del Santo Evangelio.
Besar el Altar: Es un gesto de veneración, realizada por el celebrante, a la mesa (el altar) donde se ofrece el sacrificio, y como manifestación de fe.
Incensar: Para expresar respeto y reverencia a Cristo; como actitud interior de oración, y ésta suba, como suave olor, a lo más alto; como actitud de ofrenda debida a Dios.
Aspersión con agua: Para hacer memoria de nuestro bautismo, somos un pueblo sacerdotal, una nación consagrada que se dispone a celebrar su salvación.
Extender las manos: Es la postura del hombre orante, en el caso del sacerdote, al hacer las veces de Cristo Cabeza, es la oración de Jesucristo que mira hacia el cielo para que la ofrenda que realiza sea agradable a Dios Padre.
Estos textos estudiadlos o leedlos como formación, lo que consideréis más importante, llevadlos a debate a vuestro grupo, sacando tres o cuatro conclusiones claves para llevarlas a la vida y a la acción pastoral.
Los escritos del Nuevo Testamento no utilizan la palabra “laicos”, para referirse a los miembros de la Iglesia naciente, sino que usan términos como "llamados”, “elegidos”, “santos”, etc. La palabra "laico" proviene del griego “laós” (pueblo). El término “laós” diferenciaba a la comunidad cristiana, formada por consa-gra¬dos, del mundo exterior; a los fieles de los que no lo son. Sin embargo, el adjetivo derivado se utilizó desde Clemente de Roma para distinguir, dentro de la Iglesia, a los simples fieles de los diáconos y los sacerdotes.
La Constitución del Vaticano II - Lumen Gentium, en el número 31, acuña una definición de laico: «Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido por la Iglesia». La definición parece encerrar sólo elementos negativos (laico es quien no es clérigo ni religioso); se trata más bien de rasgos correlativos: se es cristiano como seglar, como ministro o como religioso. Ser laico es una vocación directa, no es el resto que queda por no haber sido elegido.
Lo importante, por tanto, es que el laico es "un cristiano", un miembro del Pueblo de Dios: su identidad nace del sacramento del bautismo, que lo hace hijo de Dios, miem-
bro de Cristo, templo del Espíritu. En virtud de ese sacramento, participa de la triple misión de Cristo -sacerdotal, profética y real-, a su modo específico de laico:
* Toda la vida del laico puede ser ofrenda espiritual. Este sacerdocio existencial adquiere su plenitud en la Eucaristía, cuan-do el seglar se asocia totalmente a Cristo.
* Todos estamos llamados a testimoniar en el mundo el mensaje de salvación de Jesucristo.
* Todo el quehacer en el mundo es servicio para santificarlo.
Según Lumen Gentium, en el número 10, la diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial es de "esencia y no tanto de grado". Ambos son participación del único sacerdocio de Cristo: la ofrenda de la vida al Padre en favor de los hermanos. El sacerdocio común es participación en plenitud de ese aspecto existencial. No hay grado posible.
Jesucristo, como único mediador entre Dios y los hombres, no tiene sucesores. El sacerdocio ministerial añade al común el ser instrumento y signo de Cristo mediador y está al servicio del sacerdocio común. Desde el punto de vista de la "prioridad ontológica", el principal es el común, pero este no puede existir sin el ministerial. La pregunta no es quién participa más del sacerdocio, sino cuál es el lugar de cada uno.
El laico vive todo lo anterior en el mundo, es decir, se caracteriza por su índole secular (seglar). El ámbito en el que el laico vive su vocación es el mundo. En el mundo es llamado por Dios y en la vida en sus múltiples dimensiones y características, en su vertiente personal y social, debe estar como fermento. El laico debe ser signo de que Cristo es el criterio y la norma supre-ma de todas las realidades temporales.
Frente a los "estados de perfección" de otras épocas, el Concilio Vaticano II llama a la santidad a «todos en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o sean regidos por ella» .
La fraternidad-comunión es el carácter fundamental de la Iglesia. La comunión espiritual ha de manifestarse visible y fra-ternalmente en una comunión orgánica, es decir, análoga a la que se da en un organismo vivo, caracterizado por la diversidad, la complementariedad y la unidad de vida. La diversidad en la unidad es un valor; es la teología clásica del cuerpo místico de Cristo (Cf. Romanos 12; 1Corintios 12; Juan 15).
La situación del laico en esa estructura de fraternidad es realizar los ministerios que nazcan de los sacramentos recibidos (Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Matrimonio). Incluso si debe "suplir" al sacerdote en determinadas funciones, debe hacerlo como laico, en su forma específica y con su condición.
Evangelización y eucaristización, la dicha más profunda de la Iglesia, la construye como comunidad de fe confesada, celebrada y vivida. En la nueva evangelización es insustituible la acción misionera de los laicos, en el campo de la familia, la acción caritativa, la política. Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar del ejercicio de la política, es decir, de la multiforme y variada acción, destinada a promover el bien común la vida económica y social, los problemas del paro, la ecología, la creación y transmisión de la cultura, los medios de comunicación social.
REFLEXIONES DEL PAPA SOBRE EL PAPEL DE LOS LAICOS EN LA IGLESIA
Ciudad del Vaticano, 17 de diciembre 2005.
Tras poner de relieve que el ambiente más esencial en la estructura de la Iglesia es el de la parroquia, el Papa Benedicto XVI dijo que la exigencia principal y más importante es que constituya una "comunidad eclesial" y una "familia eclesial". Además del papel insustituible de los sacerdotes, de modo particular de los párrocos, es importante la participación activa de los laicos en la formación de la comunidad. La cola-boración de los consejos pastorales se debe llevar a cabo según el espíritu de solicitud común por el bien de los fieles.
Es necesario que los pastores mantengan un vivo con-tacto con las diversas comunidades de apostolado que trabajan en el ámbito de la parroquia y de que haya una colaboración entre las mismas, sin permitir rivalidades entre ellas. Y deben, los pastores, hacer lo posible para que los fieles sean cons-cientes de la grandeza del don de la Eucaristía y se acerquen a ella con mucha frecuencia, tanto en la Misa, en la Comunión, como en la Adoración.
Los que ocupan lugares importantes en la sociedad o que se dedican a la política, necesitan la ayuda de la Iglesia. Hay que distinguir claramente entre las acciones que los fieles, individual o colectivamente, realizan en nombre propio, como ciudadanos, guiados por la conciencia cristiana, de las acciones que realizan en nombre de la Iglesia en comunión con sus pastores.
RETOS DE LA UNER HOY
1- Dos tentaciones de los laicos en el posconcilio: dejar las responsabilidades a los sacerdotes y religiosas, por el replie-gue en las tareas eclesiales y la separación fe-vida.
2- Tras el Vaticano II, se habían acentuado las dicotomías oración-compromiso, adhesión a la jerarquía-transformación de la Iglesia, Eucaristía-liberación, etc. Estas contraposiciones de-formaban la identidad cristiana. En los últimos años se busca la síntesis progresiva de las dos posturas, la renovación en fidelidad al Cristo.
3- El Sínodo sobre los laicos profundiza en la teología del laicado e integra los aspectos espirituales, eclesiales y seculares del laico.
4- Se necesita pasar de la de los movimientos apostólicos y asociaciones cerrados, hacia la integración de todos en una misión eclesial común, una formación compartida y un marco de referencia equilibrado, que dé unidad en la diversidad.
5- En los últimos años se ha profundizado en el perfil propio de la espiritualidad de la UNER, que en etapas anteriores, lo habían vivido desde una gran responsabilidad en la misión. ¿Qué nos pasa hoy que los laicos no cogemos las riendas de la responsabilidad?
6- Confrontados los seglares de la UNER con un mundo secularista, buscar una espiritualidad específicamente laical, que nazca de la Eucaristía y que se inserte en el modo de vida y responsabilidad de la sociedad civil, siendo levadura eucarística y eucaristizadora en medio del mundo.
7- Toda la espiritualidad de la UNER consiste en la vi-vencia de la fe, la esperanza y la caridad a nivel personal y comu-nitario, siendo la Eucaristía, entendida y vivida desde el carisma del fundador, el centro de todo, viviéndola en "fraternidad”
SEGÚN EL BEATO MANUEL GONZÁLEZ, UN MIEMBRO DE LA UNER ES…
La variedad suma en la suma unidad (fraternidad)
¡Qué bien quisiera yo que se grabara este contraste de dos cosas tan opuestas como variedad y unidad, en el alma de los miembros de la UNER!
"Variedad". Como tal, no exige para sí la exclusiva de na-da ni de nadie, ni de devociones, ni de prácticas, ni de métodos; no es ni acaparador ni acaparado por esta o aquella obra o persona; puede trabajar aquí, cooperar allí, dirigir ahora, ser dirigida después, ayudar a esta Hermandad o Congregación, permanecer oculto bajo el celemín o brillar sobre el candelero del monte.
"Suma". Y esa variedad, precisamente por ser UNER, también podrá ser de una intensidad suma, según le permitan sus fuerzas y... un poquito más. Pero toda esa complejidad e intensidad de vida han de ir dentro y sin salirse ni una línea de una:
"Unidad suma", también de «principio», o sea, el amor compasivo sobre todo amor al Sagrario abandonado, y de «fin» o sea, el deseo, el afán, la locura de darle y buscarle compañía por medio de toda aquella variedad de obras en que interviene, de personas que trata, de limosnas que da, de sacrificios que ofrece y de toda la actividad de su vida .
Documentos del Concilio Vaticano II.
JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistía, San Pablo, Madrid, 2003.
BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, San Pablo, Madrid, 2007.
GONZÁLEZ, Manuel, Testimonio y mensaje. Antología eucarís-tica, EGDA, Madrid, 1964.
“ “ , Florecillas de Sagrario en Obras Comple-tas. Escritos de Espiritualidad Sacerdotal, Tomos I, Monte Carmelo-EGDA, Burgos-Madrid, 1998.
“ “ , Un Sueño Pastoral en Obras Completas. Escritos de Espiritualidad Sacerdotal, Tomos II, Monte Carmelo-EGDA, Burgos-Madrid, 1998.
“ “ , Arte y Liturgia en Obras Completas. Escritos Catequísticos y de Liturgia, Tomos III, Monte Carmelo-EGDA, Burgos-Madrid, 1998.
FERNÁNDEZ, B.- PRADO, F., Eucaristía fracción del pan, encuentro entre culturas, Publicaciones Claretianas, Madrid, 2006.