Documento
de trabajo - Carpeta 1 - Bloque 3 - Tema 1:
El Cuento de la Cabaña
La cabaña que habíamos construido junto al
río era un buen lugar para ocultarnos. En ella escondíamos nuestros
pequeños tesoros y celebrábamos reuniones secretas para decidir
nuestros planes.
En la última asamblea habíamos acordado que
Nuria, la hermana de Jorge y Susi, mi prima, serían en adelante bien
recibidas en nuestra cabaña y, si respondían a nuestra
confianza, podrían incluso llegar a formar parte de nuestra
pandilla.
Todos
sabíamos que algo no marchaba bien entre nosotros. A pesar de la
promesa de guardar en secreto nuestras
decisiones, siempre
llegaba a oídos de todos el más simple de nuestros secretos.
Y,
como podéis imaginar, aquello nos llenaba de indignación. Estaba claro
que alguno de nosotros no cumplía su palabra y se iba de la lengua. A
Tito te gustaba hacerse el gracioso y, aunque a veces nos hacía reír
con sus ocurrencias, había algo en él que nos impedía confiarle
decisiones secretas, así que procurábamos tomarlas cuando él no estaba
presente.
Una tarde, mientras jugábamos en el barrio, llegó
Tito agitando sus brazos con aire aparatoso y dando voces:
—
¡Pancho, Lito, Rafi! ¡La cabaña!
Todos dirigimos la mirada
hacia él.
—¡¡Susi, Lito,Rafi!! ¡¡Fuego!! ¡¡La cabaña!!
Comprendimos
al instante el nerviosismo de Tito y, sin dudarlo, emprendimos una
desenfrenada carrera hacia el río temiendo lo peor. Tomamos el camino
de los pastizales, atravesamos el pinar y bajamos por la ladera de las
Tres Fuentes, camino del río. Yo fui el primero en llegar a la cabaña,
¡Estaba
intacta! ¡No había el más mínimo rastro de fuego a su alrededor! Poco a
poco fueron llegando los demás, sofocados, casi sin aliento y sin poder
articular palabra.
Tito llegó el último, riéndose a
carcajadas que resonaban estrepitosamente entre la maleza.
Nadie
dijo nada. Ni siquiera miramos al gracioso. Dimos media vuelta y
regresamos indignados hacia el pueblo. Él nos siguió diciendo tonterías
Y haciendo gracias sobre su desagradable broma.
Al
cabo de una semana, el incidente se había olvidado casi por completo,
pero nuestras sospechas recaían ahora de forma más intensa sobre Tito;
seguro que era él quien se iba de la lengua. No era la primera vez que
nos mentía. ¡Ni sería la última!
Aquella tarde estábamos pescando
en la poza cercana a la cabaña. También Tito se encontraba con
nosotros, pero le aburría la pesca y se alejó del río. Al cabo de un
rato escuchamos el sonoro chasquido de una rama al resquebrajarse,
seguido de un golpe seco y una serie de gritos lastimosos.
¡Era Tito! ¡Algo le había ocurrido!
Corrimos, ingenuos y asustados, como otras veces lo habíamos hecho, y al llegar donde estaba comenzó a reírse
con
aquellas grandes carcajadas que tanto nos enfadaban. Ya no nos
cabía la menor duda. ¡No podía ser otro que Tito quien desvelaba
nuestro secreto! ¡Era él quien se iba de la lengua!.
Tan evidente era para nosotros su culpabilidad, que en la siguiente reunión decidimos expulsarlo de nuestra cabaña
y
de nuestra pandilla. Tito se defendió, protestó, lloró y aseguró una y
mil veces que él nunca sería capaz de traicionar a los amigos.
No le valieron sus argumentos. Para nosotros estaba muy claro. ¿Cómo podíamos confiar en su palabra? ¡Nos había
mentido
tantas veces! En la siguiente reunión, todos estábamos más relajados,
pensando que el delator ya no se hallaba entre nosotros.
Aquel día decidimos que la próxima semana haríamos una incursión en la mina del lobo, un lugar peligroso al
que teníamos prohibido acercarnos.
Me encontré con Tito al día siguiente.
— ¡Hola! -me dijo-.
—Me gustaría ir con vosotros a la mina.
Me
quedé de una pieza. ¿Cómo se había enterado Tito? ¿Acaso el delator
seguía entre nosotros? ¿Nos habíamos equivocado al sospechar de él?
— Tito- le pregunté con preocupación ¿quién te lo ha dicho?
Tito no despegó los labios. Me lanzó una mirada de reproche, dio media vuelta y se alejó silbando.