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JULLIO-AGOSTO 2008: Para enseñar con obras de caridad inventa la traza de darse en cada Hostia consagrada a cada hombre que le busque

«Él ama a los hombres hasta el anonadamiento de sí mismo. El hombre se ama a sí mismo hasta el aniquilamiento de los demás… Para enseñar con obras de caridad, inventa la traza de darse en cada Hostia consagrada a cada hombre que le busque» (Testimonio y Mensaje, 192).
Desde los primeros tiempos, la Eucaristía no era sólo el recuerdo de la muerte y resurrección del Señor, era, al mismo tiempo, una «vivencia anticipada de la fraternidad del Reino».
Nosotros, creyentes de hoy, quizá tengamos que recuperar con más fuerza la Eucaristía como signo y vivencia de la comunión y la fraternidad que debemos tener entre nosotros, porque la Eucaristía es el «mayor amor perpetuado en una locura, hasta la consumación de los siglos» (BTO. MANUEL GON¬ZÁLEZ, OO.CC . I, n. 476).
La Eucaristía hace presen¬te el amor, no sólo lo recuerda, sino que lo realiza. Cuando par¬ti¬cipa¬mos en la Celebración euca¬rís¬tica, cuando nos encontramos con Jesús Eucaristía, siendo conscientes de ello, «se abre en nosotros una dimensión real de aquel amor inescrutable, nace en nosotros una viva respuesta de amor. Entramos en la vía del amor y progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza» (JUAN PABLO II, Carta Domenicae Cenae, sobre El misterio y el culto de la Eucaristía, n. 5).
Nosotros, hombres y mujeres que por nuestro carisma somos llamados a eucaristizar el mundo, corremos el peligro de creernos que lo vivimos porque visitamos Sagrarios abandonados o comulgamos todos los días o hacemos visitas y compañías reparadoras, pero ¿no tenemos que dar un paso más para reconocerlo y acogerlo en el hermano que pasa a nuestro lado o vive con nosotros? La vivencia de nuestro carisma es completa cuando la Eucaristía es una invitación constante a crear fraternidad. Nos exige preguntarnos cómo son nuestras relaciones, porque «si lo que de Él sabemos, comemos y gustamos y lo que con Él contamos no lo convertimos en aceite que alimente la lámpara de la caridad, si nuestro ir al Sagrario no nos hace vivir más para el amor cada vez más fino y abnegado de los hermanos ¡recelemos...! ¡Jesús seguirá sintiéndose abandonado y profiriendo su queja: Busqué...!» (BTO. MANUEL GON¬ZÁLEZ, OO.CC . III, n. 4830).    Cuántas veces nos preo¬cupamos de las pequeñeces de nuestra vida, del cumplimiento exter¬no de algunas normas, y no nos preocupa la celebración de una Eucaristía que no es signo de verdadera fraternidad ni impulso para buscarla.
Y, sin embargo, hay algo claro en la tradición de la Iglesia cuando falta el amor, sobra la Eucaristía y «Jesús seguirá sintiéndose aba¬ndo¬nado y profiriendo su queja: Busqué…».
El pan de la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo. La presencia de Jesús en la Eucaristía nos lleva a estar para nuestros hermanos y no a desentendernos de ellos. Celebrar la Eucaristía es reproducir en mí lo que Él vivió, contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más lleno de amor.

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora