«Él ama
a los hombres hasta el anonadamiento de sí mismo. El hombre se ama a sí
mismo hasta el aniquilamiento de los demás… Para enseñar con obras de
caridad, inventa la traza de darse en cada Hostia consagrada a cada
hombre que le busque» (Testimonio y Mensaje, 192).
Desde los primeros tiempos, la Eucaristía no era sólo el recuerdo de la
muerte y resurrección del Señor, era, al mismo tiempo, una «vivencia
anticipada de la fraternidad del Reino».
Nosotros, creyentes de hoy, quizá tengamos que recuperar con más fuerza
la Eucaristía como signo y vivencia de la comunión y la fraternidad que
debemos tener entre nosotros, porque la Eucaristía es el «mayor amor
perpetuado en una locura, hasta la consumación de los siglos» (BTO.
MANUEL GON¬ZÁLEZ, OO.CC . I, n. 476).
La Eucaristía hace presen¬te el amor, no sólo lo recuerda, sino que lo
realiza. Cuando par¬ti¬cipa¬mos en la Celebración euca¬rís¬tica, cuando
nos encontramos con Jesús Eucaristía, siendo conscientes de ello, «se
abre en nosotros una dimensión real de aquel amor inescrutable, nace en
nosotros una viva respuesta de amor. Entramos en la vía del amor y
progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros de la
Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza»
(JUAN PABLO II, Carta Domenicae Cenae, sobre El misterio y el culto de
la Eucaristía, n. 5).
Nosotros, hombres y mujeres que por nuestro carisma somos llamados a
eucaristizar el mundo, corremos el peligro de creernos que lo vivimos
porque visitamos Sagrarios abandonados o comulgamos todos los días o
hacemos visitas y compañías reparadoras, pero ¿no tenemos que dar un
paso más para reconocerlo y acogerlo en el hermano que pasa a nuestro
lado o vive con nosotros? La vivencia de nuestro carisma es completa
cuando la Eucaristía es una invitación constante a crear fraternidad.
Nos exige preguntarnos cómo son nuestras relaciones, porque «si lo que
de Él sabemos, comemos y gustamos y lo que con Él contamos no lo
convertimos en aceite que alimente la lámpara de la caridad, si nuestro
ir al Sagrario no nos hace vivir más para el amor cada vez más fino y
abnegado de los hermanos ¡recelemos...! ¡Jesús seguirá sintiéndose
abandonado y profiriendo su queja: Busqué...!» (BTO. MANUEL GON¬ZÁLEZ,
OO.CC . III, n. 4830). Cuántas veces nos
preo¬cupamos de las pequeñeces de nuestra vida, del cumplimiento
exter¬no de algunas normas, y no nos preocupa la celebración de una
Eucaristía que no es signo de verdadera fraternidad ni impulso para
buscarla.
Y, sin embargo, hay algo claro en la tradición de la Iglesia cuando
falta el amor, sobra la Eucaristía y «Jesús seguirá sintiéndose
aba¬ndo¬nado y profiriendo su queja: Busqué…».
El pan de la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo.
La presencia de Jesús en la Eucaristía nos lleva a estar para nuestros
hermanos y no a desentendernos de ellos. Celebrar la Eucaristía es
reproducir en mí lo que Él vivió, contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez
a hacer un mundo más lleno de amor.
Hna. Mª
Leonor Mediavilla, m.e.n.