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JUNIO 2008: Con Jesús va siempre la caridad que pone deleite en el sacrificio y hasta la muerte por la vida de los enemigos

«Con Jesús va siempre… la caridad que seca todos los odios, hace de corazones de fiera corazones de hermanos y pone deleite en el sacrificio y hasta la muerte por la vida de los enemigos» (Testimonio y mensaje, 170).

Como medio para erradicar las injusticias, las ofensas o la violencia, nuestra sociedad se mueve hoy por la «guerra sucia», que es lo mismo que decían nuestros antepasados: «ojo por ojo y diente por diente». De tal forma que, aun cuando a veces esto no se haga, sí se anidan en el corazón resentimientos y hostilidades.
Lo que parece se pretende es convencer al agresor de su equivocación haciéndole pasar por el mismo daño que él hace pasar, y tratarle con la misma dureza que él trata.
 En muchos lugares se está adueñando la violencia del corazón y de nuestra convivencia, de tal manera que tiene que ser uno demasiado ingenuo, para atreverse a recordar entre nosotros aquella llamada original de Jesús: «Amad a vuestros enemigos».
Cuando Jesús habla del amor a los enemigos no significa dar por buena su actuación negativa, sino adoptar una actitud positiva de interés real por su bien.
La gran novedad del Evangelio no es tanto que Dios sea Fuente de bondad, sino que los hombres pueden y deben reaccionar al estilo de su Creador: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Desde que vino el Hijo, Jesús, esto es posible, porque también nosotros tenemos que ser hijos del Altísimo, personas capaces de responder al mal con el bien, al odio con el amor. «A los que me escucháis, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian» (Lc  6,27).
 Es esta la actitud de los amigos de Jesús: «Mientras descansa en la noche de aquellos incendios en la casa que lo acogió, vinieron a decirle que uno de los incendiarios de su palacio sobre un tejadillo elevado se encontraba ya rodeado de las llamas sin poder salir. Muy cerca -contestó al momento el Sr. Obispo- hay una escalera y fácilmente puede salir si le ayudan».
Así les indicó el lugar exacto de la misma con una paz inalterable, gozándose en salvar aquella vida, y acabó rápido: «Anden deprisa, no tarden, que se pueda salvar. Es preciso vengarnos de nuestros enemigos haciéndoles mucho bien» (J. CAMPOS GILES, El Obispo del Sagrario abandonado, pp. 485-486).
A todos se nos ofrece la posibilidad de llevar a cabo, aunque sea sólo en el interior de la propia conciencia, el abandono de prejuicios, hostilidades, rencores, resentimientos. Siempre habrá alguien con quien debamos reconciliarnos o, al menos, recuperar relaciones más serenas y confiadas. El Padre quiere que seamos ante el mundo testigos creíbles y gozosos de su misericordia.

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora