«Con Jesús va siempre… la caridad que seca todos los odios, hace de
corazones de fiera corazones de hermanos y pone deleite en el
sacrificio y hasta la muerte por la vida de los enemigos» (Testimonio y
mensaje, 170).
Como medio para erradicar las injusticias,
las ofensas o la violencia, nuestra sociedad se mueve hoy por la
«guerra sucia», que es lo mismo que decían nuestros antepasados: «ojo
por ojo y diente por diente». De tal forma que, aun cuando a veces esto
no se haga, sí se anidan en el corazón resentimientos y hostilidades.
Lo
que parece se pretende es convencer al agresor de su equivocación
haciéndole pasar por el mismo daño que él hace pasar, y tratarle con la
misma dureza que él trata.
En muchos lugares se está
adueñando la violencia del corazón y de nuestra convivencia, de tal
manera que tiene que ser uno demasiado ingenuo, para atreverse a
recordar entre nosotros aquella llamada original de Jesús: «Amad a
vuestros enemigos».
Cuando Jesús habla del amor a los enemigos
no significa dar por buena su actuación negativa, sino adoptar una
actitud positiva de interés real por su bien.
La gran novedad
del Evangelio no es tanto que Dios sea Fuente de bondad, sino que los
hombres pueden y deben reaccionar al estilo de su Creador: «Sed
misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Desde
que vino el Hijo, Jesús, esto es posible, porque también nosotros
tenemos que ser hijos del Altísimo, personas capaces de responder al
mal con el bien, al odio con el amor. «A los que me escucháis, os digo:
Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian»
(Lc 6,27).
Es esta la actitud de los
amigos de Jesús: «Mientras descansa en la noche de aquellos incendios
en la casa que lo acogió, vinieron a decirle que uno de los
incendiarios de su palacio sobre un tejadillo elevado se encontraba ya
rodeado de las llamas sin poder salir. Muy cerca -contestó al momento
el Sr. Obispo- hay una escalera y fácilmente puede salir si le ayudan».
Así
les indicó el lugar exacto de la misma con una paz inalterable,
gozándose en salvar aquella vida, y acabó rápido: «Anden deprisa, no
tarden, que se pueda salvar. Es preciso vengarnos de nuestros enemigos
haciéndoles mucho bien» (J. CAMPOS GILES, El Obispo del Sagrario
abandonado, pp. 485-486).
A todos se nos ofrece la posibilidad
de llevar a cabo, aunque sea sólo en el interior de la propia
conciencia, el abandono de prejuicios, hostilidades, rencores,
resentimientos. Siempre habrá alguien con quien debamos reconciliarnos
o, al menos, recuperar relaciones más serenas y confiadas. El Padre
quiere que seamos ante el mundo testigos creíbles y gozosos de su
misericordia.
Hna. Mª
Leonor Mediavilla, m.e.n.