«¿Receta para ser grande? Hacerse Sagrario…
Admirar e imitar la caridad humilde del Sembrador generoso» (Testimonio y mensaje,
192).
Ciertamente nuestros criterios no
coinciden con los de Jesús. ¿A quién se le hubiera ocurrido hoy pensar que los
hombres y mujeres más importantes son aquellos que parecen los últimos porque
viven al servicio de los demás?
Para nosotros, importante
es el hombre de prestigio, seguro de sí mismo, que ha alcanzado el éxito en
algún campo de la vida, que ha logrado sobresalir sobre los demás y ser
aplaudido por las gentes. Esas personas cuyos rostros podemos ver en las
revistas sensacionalistas, los premios Nobel, los deportistas, los políticos o
economistas, esos son los considerados importantes.
Pero este no es el estilo del Evangelio,
ni de Jesús en el Sagrario.
Jesús, con su vida y con su predicación, nos
sitúa en el núcleo de la humildad, esa virtud que todos quisiéramos, pero tan
difícil de alcanzar.
Y sin embargo Él no hizo otra cosa que
enseñarnos el camino del abajamiento, de la verdad de lo que somos, de nuestra
pobreza, de nuestros deseos, de nuestras limitaciones, y de nuestra posibilidad
de amar, que Él mismo ha puesto en nuestro interior.
«A este respecto, podemos pensar que Dios
mismo, sabiendo que los hombres estábamos enfrentados con Él como rebeldes, se
ha puesto en camino desde su divinidad para venir a nuestro encuentro. Antes
del don de la Eucaristía,
se arrodilló ante sus discípulos y les lavó los pies sucios, los purificó con
su amor humilde» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, p. 194).
La humildad nos libera de la prisión de
nuestros miedos, de hacernos centro de los demás. La humildad nos lleva al amor
auténtico; este, cuanto más se da más aumenta, cuanto más se entrega, más se
tiene. Cuanto más distribuyo los dones que he recibido, mi amor, mis deseos,
más aumentan en mí.
«El Obispo Manuel González se acercará a
ese pueblo, lo amará con toda la inmensa locura de un corazón enamorado del
pobrísimo Jesús, sus manos estarán siempre derramando consuelos, sus limosnas remediarán
sus males, él visitará a los enfermos, acariciará a los niños y, con la sencillez
de un hermano, se mezclará entre los pobres para compadecer sus miserias y
aliviarlas en la medida de sus fuerzas» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario
abandonado, p. 246).
Las personas «grandes» al estilo de Jesús
son quienes ponen la vida a disposición de los otros. Las que no se imponen ni
existen para sí mismas. Pueden parecer los «últimos», pero su vida es verdaderamente
grande. Sabemos que una vida de amor humilde, de servicio desinteresado merece
la pena, aunque no nos atrevamos a vivirla.
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.