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MAYO 2008: Admirar e imitar  la caridad humilda del Sembrador generoso

«¿Receta para ser grande? Hacerse Sagrario… Admirar e imitar la caridad humilde del Sembrador generoso» (Testimonio y mensaje, 192).

Ciertamente nuestros criterios no coinciden con los de Jesús. ¿A quién se le hubiera ocurrido hoy pensar que los hombres y mujeres más importantes son aquellos que parecen los últimos porque viven al servicio de los demás?

Para nosotros, importante es el hombre de prestigio, seguro de sí mismo, que ha alcanzado el éxito en algún campo de la vida, que ha logrado sobresalir sobre los demás y ser aplaudido por las gentes. Esas personas cuyos rostros podemos ver en las revistas sensacionalistas, los premios Nobel, los deportistas, los políticos o economistas, esos son los considerados importantes.

Pero este no es el estilo del Evangelio, ni de Jesús en el Sagrario.

Jesús, con su vida y con su predicación, nos sitúa en el núcleo de la humildad, esa virtud que todos quisiéramos, pero tan difícil de alcanzar.

Y sin embargo Él no hizo otra cosa que enseñarnos el camino del abajamiento, de la verdad de lo que somos, de nuestra pobreza, de nuestros deseos, de nuestras limitaciones, y de nuestra posibilidad de amar, que Él mismo ha puesto en nuestro interior.

«A este respecto, podemos pensar que Dios mismo, sabiendo que los hombres estábamos enfrentados con Él como rebeldes, se ha puesto en camino desde su divinidad para venir a nuestro encuentro. Antes del don de la Eucaristía, se arrodilló ante sus discípulos y les lavó los pies sucios, los purificó con su amor humilde» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, p. 194).

La humildad nos libera de la prisión de nuestros miedos, de hacernos centro de los demás. La humildad nos lleva al amor auténtico; este, cuanto más se da más aumenta, cuanto más se entrega, más se tiene. Cuanto más distribuyo los dones que he recibido, mi amor, mis deseos, más aumentan en mí.

«El Obispo Manuel González se acercará a ese pueblo, lo amará con toda la inmensa locura de un corazón enamorado del pobrísimo Jesús, sus manos estarán siempre derramando consuelos, sus limosnas remediarán sus males, él visitará a los enfermos, acariciará a los niños y, con la sencillez de un hermano, se mezclará entre los pobres para compadecer sus miserias y aliviarlas en la medida de sus fuerzas» (J. Campos Giles, El Obispo del Sagrario abandonado, p. 246).

Las personas «grandes» al estilo de Jesús son quienes ponen la vida a disposición de los otros. Las que no se imponen ni existen para sí mismas. Pueden parecer los «últimos», pero su vida es verdaderamente grande. Sabemos que una vida de amor humilde, de servicio desinteresado merece la pena, aunque no nos atrevamos a vivirla.

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora