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ABRIL 2008: ¡Benditos sembradores los sembradorse de paz!
«Dios siempre deja la paz, todo lo que quita la paz no es de Dios… Benditos sembradores, los sembradores de paz» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 489).
Hoy el mundo sigue queriendo restablecer la paz a través de la guerra. Decimos desearla y buscarla, pero no sabemos bien cómo alcanzarla. Nos damos cuenta que es un bien valioso, no sólo para la vida personal de cada uno, sino para la convivencia de los hombres y mujeres, pero la dejamos escapar como si fuese cualquier cosa. Debería ser lo primero para asegurar una vida digna y dichosa para todos, pero casi siempre es lo primero que estropeamos.
La represalia, el rescate y la compensación no conducen a la paz. Sólo el perdón y la reconciliación abren la puerta a un futuro nuevo. El perdón es la posibilidad de cambiar las reglas de juego; de ese absurdo ping-pong donde la pelota envenenada de la ofensa se echa constantemente de uno a otro.
Carece de importancia saber «quién ha comenzado»; lo importante es ver quién quiere terminar.
Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, fanatismo y dogmatismo se puede mover a la gente, pero no es posible regalar verdadera paz a la convivencia.
Desde los inicios del cristianismo, el saludo de los cristianos era desearse mutuamente la paz, pero no era un saludo mecánico y convencional, sino que tenía un significado más profundo.
Era la paz que San Pablo desea en sus saludos: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones» (Col 3,15).
Sin duda, los cristianos recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el Reino de Dios: «En la casa en que entréis, decid primero: paz a esta casa» (Lc 10,5).
Esta paz no es una ausencia de conflictos y tensiones, ni una sensación de bienestar o la búsqueda de sentirse bien interiormente. Según San Juan, es un regalo de Jesús, es la herencia que ha querido dejar para siempre a sus seguidores. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, mi paz os doy» (Jn 14,27).
Sólo las personas que poseen paz pueden transmitirla a la sociedad. «Por los caminos del Sagrario iba sembrando paz» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 488).
No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo. Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que enfrenta.
Esta paz, antes que nada, es un don que hay que acoger y sólo después contagiar y comunicar. «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27).
«Esa era su predicación constante; un sacerdote, señalando el cadáver (del Bto. Manuel González), pudo decir sin temor a equivocarse: “Aquí yace el apóstol de la paz”» (ib.).


Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora