«Dios siempre deja la paz, todo lo
que quita la paz no es de Dios… Benditos sembradores, los sembradores
de paz» (El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 489). Hoy el
mundo sigue queriendo restablecer la paz a través de la guerra. Decimos
desearla y buscarla, pero no sabemos bien cómo alcanzarla. Nos damos
cuenta que es un bien valioso, no sólo para la vida personal de cada
uno, sino para la convivencia de los hombres y mujeres, pero la dejamos
escapar como si fuese cualquier cosa. Debería ser lo primero para
asegurar una vida digna y dichosa para todos, pero casi siempre es lo
primero que estropeamos. La represalia, el rescate y la compensación
no conducen a la paz. Sólo el perdón y la reconciliación abren la
puerta a un futuro nuevo. El perdón es la posibilidad de cambiar las
reglas de juego; de ese absurdo ping-pong donde la pelota envenenada de
la ofensa se echa constantemente de uno a otro. Carece de importancia saber «quién ha comenzado»; lo importante es ver quién quiere terminar. Cualquiera
no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, fanatismo
y dogmatismo se puede mover a la gente, pero no es posible regalar
verdadera paz a la convivencia. Desde los inicios del
cristianismo, el saludo de los cristianos era desearse mutuamente la
paz, pero no era un saludo mecánico y convencional, sino que tenía un
significado más profundo. Era la paz que San Pablo desea en sus saludos: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones» (Col 3,15). Sin
duda, los cristianos recordaban lo que Jesús había pedido a sus
discípulos al enviarlos a construir el Reino de Dios: «En la casa en
que entréis, decid primero: paz a esta casa» (Lc 10,5). Esta paz
no es una ausencia de conflictos y tensiones, ni una sensación de
bienestar o la búsqueda de sentirse bien interiormente. Según San Juan,
es un regalo de Jesús, es la herencia que ha querido dejar para siempre
a sus seguidores. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, mi paz os doy» (Jn
14,27). Sólo las personas que poseen paz pueden transmitirla a la
sociedad. «Por los caminos del Sagrario iba sembrando paz» (El Obispo
del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 488). No es difícil señalar
algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo.
Busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las
diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que
enfrenta. Esta paz, antes que nada, es un don que hay que acoger y
sólo después contagiar y comunicar. «Os dejo la paz, mi paz os doy; no
os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). «Esa era su predicación
constante; un sacerdote, señalando el cadáver (del Bto. Manuel
González), pudo decir sin temor a equivocarse: “Aquí yace el apóstol de
la paz”» (ib.).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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