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MARZO 2008: otra de las constantes ocupaciones de Jesús
«Esa es otra de las constantes ocupaciones del Corazón de Jesús (en el Evangelio y en el Sagrario): ¡Escuchar siempre! Mirad estas tres cosas que no las hace nadie en el mundo: escuchar siempre, escuchar a todos y escuchar todo» (Testimonio y mensaje, 126).
«Lo mismo buscaban al Maestro a la caída de la tarde, que a media noche, Siempre escuchaba. Lo mismo escuchaba al discípulo ingenuo, que al fariseo taimado. Escuchaba a todos. Lo mismo escuchaba la petición de fe y el grito de blasfemia… ¡Todo, todo lo escuchaba!»
(OO.C C., T. I, n. 418).
La palabra es, sin duda, uno de los rasgos más maravillosos que caracterizan a las personas. Los animales y las plantas no hablan.
Hablar es poder expresar­ nos y descubrir nuestra propia verdad. Poder comunicarnos con la otra persona, salir de nosotros mismos y encontrarnos con los demás. La palabra, cuando es auténtica, es diálogo, encuentro y comunión interpersonal.
La palabra es como un puente por el cual se organiza la circulación en dos sentidos.
Pero a veces olvidamos escuchar; se organiza la circulación en sentido único, parece que en el otro sentido es dirección prohibida.
Las palabras no son, entonces, amor verdadero: echamos sobre los demás nuestras ideas propias, nos manifestamos, nos afirmamos a nosotros mismos, nos imponemos a los demás. Creemos dar prueba de amor porque nos preocupamos de hablar a los otros. Esta actitud es lo contrario de la acogida y la disponibilidad.
Saber escuchar a los demás es estar silenciosamente atentos, presentes para ellos con la mirada, mediante un silencio que está lleno de asistencia, de interés, de espera.
Saber escuchar es aprender a hacer preguntas, porque es una manera de exteriorizar nuestra atención y nuestro deseo de escuchar.
Saber escuchar es «saber dar espacio al hermano» (NMI, 43) hacer el vacío dentro, perder toda prevención y prejuicio para que el otro pueda entrar dentro de mí.
Saber escuchar es lo que transforma un ambiente para que sea fraternal.
Cuando se ha sabido escuchar, pocas palabras bastan para decir muchas cosas y para establecer un contacto verdadero, a menudo muy profundo, mediante la presencia atenta de nuestro silencio.
«Les escuchaba sin prisa, les preguntaba con interés su historia, les sufría sus impertinencias, les tiraba algún pellizco en la barba y a cada cual les buscaba su flaco» (OO.CC., T. I, n. 418).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora