«Esa es otra de las constantes
ocupaciones del Corazón de Jesús (en el Evangelio y en el Sagrario):
¡Escuchar siempre! Mirad estas tres cosas que no las hace nadie en el
mundo: escuchar siempre, escuchar a todos y escuchar todo» (Testimonio
y mensaje, 126). «Lo mismo buscaban al Maestro a la caída de la
tarde, que a media noche, Siempre escuchaba. Lo mismo escuchaba al
discípulo ingenuo, que al fariseo taimado. Escuchaba a todos. Lo mismo
escuchaba la petición de fe y el grito de blasfemia… ¡Todo, todo lo
escuchaba!» (OO.C C., T. I, n. 418). La palabra es, sin duda, uno
de los rasgos más maravillosos que caracterizan a las personas. Los
animales y las plantas no hablan. Hablar es poder expresar nos y
descubrir nuestra propia verdad. Poder comunicarnos con la otra
persona, salir de nosotros mismos y encontrarnos con los demás. La
palabra, cuando es auténtica, es diálogo, encuentro y comunión
interpersonal. La palabra es como un puente por el cual se organiza la circulación en dos sentidos. Pero
a veces olvidamos escuchar; se organiza la circulación en sentido
único, parece que en el otro sentido es dirección prohibida. Las
palabras no son, entonces, amor verdadero: echamos sobre los demás
nuestras ideas propias, nos manifestamos, nos afirmamos a nosotros
mismos, nos imponemos a los demás. Creemos dar prueba de amor porque
nos preocupamos de hablar a los otros. Esta actitud es lo contrario de
la acogida y la disponibilidad. Saber escuchar a los demás es
estar silenciosamente atentos, presentes para ellos con la mirada,
mediante un silencio que está lleno de asistencia, de interés, de
espera. Saber escuchar es aprender a hacer preguntas, porque es una manera de exteriorizar nuestra atención y nuestro deseo de escuchar. Saber
escuchar es «saber dar espacio al hermano» (NMI, 43) hacer el vacío
dentro, perder toda prevención y prejuicio para que el otro pueda
entrar dentro de mí. Saber escuchar es lo que transforma un ambiente para que sea fraternal. Cuando
se ha sabido escuchar, pocas palabras bastan para decir muchas cosas y
para establecer un contacto verdadero, a menudo muy profundo, mediante
la presencia atenta de nuestro silencio. «Les escuchaba sin prisa,
les preguntaba con interés su historia, les sufría sus impertinencias,
les tiraba algún pellizco en la barba y a cada cual les buscaba su
flaco» (OO.CC., T. I, n. 418).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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