«Por el Evangelio tenemos la
dulcísima seguridad de decir cuando perdonamos una ofensa: Así perdono
mi Maestro Jesús» (Testimonio y mensaje, 135). «¿Cuántas veces he de perdonar?» (Mt 18, 21). No
es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón, ni percibir todo el
alcance que puede tener el aceptar que una persona es más humana cuando
perdona que cuando se venga. ¿Qué está sugiriendo Jesús? A veces
pensamos ingenuamente que el mundo sería más humano si todo estuviera
regido por el orden, la estricta justicia y el castigo de los que
actúan mal. Pero, ¿no construiríamos así un mundo tenebroso? ¿Qué sería
una sociedad donde quedara suprimido de raíz el perdón? ¿Qué sería de
nosotros si Dios no supiera perdonar? Perdonar no significa ignorar
las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva e
indiferente. Al contrario, si se perdona es precisamente para acabar la
espiral del mal y ayudar a la otra(o) a rehabilitarse y actuar de
manera diferente en el futuro. El rechazo del perdón nos parece la
reacción más normal y hasta la más digna ante la ofensa, la humillación
o la injusticia. No es eso, sin embargo, lo que humanizará al mundo.
Unos amigos sin mutua comprensión se destruyen; un grupo, una
comunidad, una familia sin perdón es un infierno. Una sociedad sin
compasión es inhumana. «¿Quieres ser feliz un instante? Véngate.
¿Quieres ser feliz toda la vida? Perdona», dijo H.D. Lacordaire. Nuestras
familias y comunidades cristianas y religiosas tienen que ser lugares
de perdón y de acogida. Dios nos otorga el perdón una y otra vez,
dándonos la oportunidad de empezar de nuevo setenta veces siete. Así
somos perdonados, indefinidamente. Ese es el perdón que Jesús nos
enseña: Dios no condena y nos invita al perdón. Un perdón que tiene que
empezar por sabernos perdonar a nosotros mismos, por aceptar nuestros
errores, sabiendo que de ellos también podemos aprender. Luego,
perdonar a quienes conviven con nosotros y, después, a todos los que se
nos acercan. Jesús nos dice que no juzguemos ni condenemos. Cuando
juzgamos, rechazamos a los otros, levantamos un muro, una barrera.
Cuando perdonamos, esas barreras se destruyen y nos aproximamos a los
demás. El perdón es un don que proviene de la oración y de una
profundidad de vida. La fe en un Dios perdonador será entonces, para el
creyente, una fuerza y un estímulo inestimable. Cuando uno vive del
amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar y pedir perdón. El
Bto. Manuel González, a su llegada a Gibraltar, después de la quema del
Palacio, se «dirigió a sus diocesanos con estas palabras: “perdonemos
como perdonó el Maestro, enclavados en la cruz y dispuestos a morir por
los mismos que nos crucifican”» (J. CAMPOS GILES, El Obispo del
Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 352).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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