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FEBRERO 2008: Cuando perdonamos una ofensa...
«Por el Evangelio tenemos la dulcísima seguridad de decir cuando perdonamos una ofensa: Así perdono mi Maestro Jesús» (Testimonio y mensaje, 135).
«¿Cuántas veces he de perdonar?» (Mt 18, 21).
No es fácil escuchar la llamada de Jesús al perdón, ni percibir todo el alcance que puede tener el aceptar que una persona es más humana cuando perdona que cuando se venga.
¿Qué está sugiriendo Jesús? A veces pensamos ingenuamente que el mundo sería más humano si todo estuviera regido por el orden, la estricta justicia y el castigo de los que actúan mal. Pero, ¿no construiríamos así un mundo tenebroso? ¿Qué sería una sociedad donde quedara suprimido de raíz el perdón? ¿Qué sería de nosotros si Dios no supiera perdonar?
Perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas de manera pasiva e indiferente. Al contrario, si se perdona es precisamente para acabar la espiral del mal y ayudar a la otra(o) a rehabilitarse y actuar de manera diferente en el futuro.
El rechazo del perdón nos parece la reacción más normal y hasta la más digna ante la ofensa, la humillación o la injusticia. No es eso, sin embargo, lo que humanizará al mundo. Unos amigos sin mutua comprensión se destruyen; un grupo, una comunidad, una familia sin perdón es un infierno. Una sociedad sin compasión es inhumana. «¿Quieres ser feliz un instante? Véngate. ¿Quieres ser feliz toda la vida? Perdona», dijo H.D. Lacordaire.
Nuestras familias y comunidades cristianas y religiosas tienen que ser lugares de perdón y de acogida. Dios nos otorga el perdón una y otra vez, dándonos la oportunidad de empezar de nuevo setenta veces siete. Así somos perdonados, indefinidamente. Ese es el perdón que Jesús nos enseña: Dios no condena y nos invita al perdón. Un perdón que tiene que empezar por sabernos perdonar a nosotros mismos, por aceptar nuestros errores, sabiendo que de ellos también podemos aprender. Luego, perdonar a quienes conviven con nosotros y, después, a todos los que se nos acercan.
Jesús nos dice que no juzguemos ni condenemos. Cuando juzgamos, rechazamos a los otros, levantamos un muro, una barrera. Cuando perdonamos, esas barreras se destruyen y nos aproximamos a los demás. El perdón es un don que proviene de la oración y de una profundidad de vida. La fe en un Dios perdonador será entonces, para el creyente, una fuerza y un estímulo inestimable. Cuando uno vive del amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar y pedir perdón.
El Bto. Manuel González, a su llegada a Gibraltar, después de la quema del Palacio, se «dirigió a sus diocesanos con estas palabras: “perdonemos como perdonó el Maestro, enclavados en la cruz y dispuestos a morir por los mismos que nos crucifican”» (J. CAMPOS GILES, El Obispo del Sagrario abandonado, 6ª ed., p. 352).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora