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ENERO 2008: El fracaso de la vida pública es el triunfo del amor misericordioso
«El fracaso de la vida pública es el triunfo del amor misericordioso» (Testimonio y mensaje,146).
En la Sagrada Escritura se nos dice que el mayor pecado de una persona es vivir con un «corazón cerrado» y endurecido, un corazón de piedra y no de carne: un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio. Quien vive «cerrado» no puede acoger el Espíritu de Dios.
Cuando nuestro corazón está «abierto», nuestros ojos ven, nuestros oídos oyen. Vivimos conectados a la vida. Un enlace invisible nos une al Espíritu de Dios que lo alienta todo; sentimos la vida como la sentía Jesús.
Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios.
Cuando nuestro corazón está «cerrado», vivimos volcados sobre nosotros mismos, insensibles a la admiración y la acción de gracias, en nuestra vida no hay compasión. No es extraño escuchar esta expresión «también yo sufro», dicha con cierta indiferencia, cuando una persona cercana nos comparte un sufrimiento. No sabemos sentir el sufrimiento de los demás. ¡Tantas veces vivimos indiferentes a los atropellos e injusticias que destruyen la felicidad de tanta gente!
Cuando nuestro corazón se abre, empezamos a intuir con qué ternura mira Dios a las personas, cómo ama sin excluir a nadie de su compasión. Sólo entonces escuchamos la llamada de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre».
La sociedad en la que estamos vive sumergida en el bienestar, por ello hoy se está olvidando la compasión. No sabemos lo que es «padecer con» el que sufre. Si nos hemos acomodado en una vida de placer y bienestar no percibimos el sufrimiento de los otros.
Jesús siente el dolor humano. La compasión le estremece las entrañas. No podía pasar de largo si veía a alguien sufriendo. Lo dejaba todo para responder a las necesidades y sufrimientos de las personas. Por eso le buscaban tanto los enfermos y desvalidos.
Ser compasivos no nos resulta muy difícil si se trata de desastres, de quien muere de hambre, de los niños explotados, de los que sufren las consecuencias de las catástrofes.
Pero a veces nos resulta más difícil cuando quienes nos piden compasión son personas algo pesadas, o con un ligero desequilibrio, que resulta muy difícil encontrar el punto justo entre la exigencia y la compasión, entre la tolerancia y dejarse enredar. Mejor excederse en compasión que tener el «corazón duro». Dios es amor, es misericordia, este es nuestro reto: amar como Dios nos ama.
«¡Qué fuente de consuelo para Él, de finuras de caridad para nuestros hermanos y de bendiciones para la María es buscarlo dolorida, compadecida y afanosa de repararlo en donde quiera que lo ve, sea en el Sagrario, repitiendo perennemente su evangelio, sea en los pobrecitos que lloran abandono del alma o del cuerpo!» (Bto. Manuel González García, OO.CC., t. I, n. 1171).

Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n. 
Unión Eucarística Reparadora