«El fracaso de la vida pública es el triunfo del amor misericordioso» (Testimonio y mensaje,146). En
la Sagrada Escritura se nos dice que el mayor pecado de una persona es
vivir con un «corazón cerrado» y endurecido, un corazón de piedra y no
de carne: un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio. Quien
vive «cerrado» no puede acoger el Espíritu de Dios. Cuando nuestro
corazón está «abierto», nuestros ojos ven, nuestros oídos oyen. Vivimos
conectados a la vida. Un enlace invisible nos une al Espíritu de Dios
que lo alienta todo; sentimos la vida como la sentía Jesús. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios. Cuando
nuestro corazón está «cerrado», vivimos volcados sobre nosotros mismos,
insensibles a la admiración y la acción de gracias, en nuestra vida no
hay compasión. No es extraño escuchar esta expresión «también yo
sufro», dicha con cierta indiferencia, cuando una persona cercana nos
comparte un sufrimiento. No sabemos sentir el sufrimiento de los demás.
¡Tantas veces vivimos indiferentes a los atropellos e injusticias que
destruyen la felicidad de tanta gente! Cuando nuestro corazón se
abre, empezamos a intuir con qué ternura mira Dios a las personas, cómo
ama sin excluir a nadie de su compasión. Sólo entonces escuchamos la
llamada de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre». La sociedad
en la que estamos vive sumergida en el bienestar, por ello hoy se está
olvidando la compasión. No sabemos lo que es «padecer con» el que
sufre. Si nos hemos acomodado en una vida de placer y bienestar no
percibimos el sufrimiento de los otros. Jesús siente el dolor
humano. La compasión le estremece las entrañas. No podía pasar de largo
si veía a alguien sufriendo. Lo dejaba todo para responder a las
necesidades y sufrimientos de las personas. Por eso le buscaban tanto
los enfermos y desvalidos. Ser compasivos no nos resulta muy
difícil si se trata de desastres, de quien muere de hambre, de los
niños explotados, de los que sufren las consecuencias de las
catástrofes. Pero a veces nos resulta más difícil cuando quienes nos
piden compasión son personas algo pesadas, o con un ligero
desequilibrio, que resulta muy difícil encontrar el punto justo entre
la exigencia y la compasión, entre la tolerancia y dejarse enredar.
Mejor excederse en compasión que tener el «corazón duro». Dios es amor,
es misericordia, este es nuestro reto: amar como Dios nos ama. «¡Qué
fuente de consuelo para Él, de finuras de caridad para nuestros
hermanos y de bendiciones para la María es buscarlo dolorida,
compadecida y afanosa de repararlo en donde quiera que lo ve, sea en el
Sagrario, repitiendo perennemente su evangelio, sea en los pobrecitos
que lloran abandono del alma o del cuerpo!» (Bto. Manuel González
García, OO.CC., t. I, n. 1171).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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