«La caridad paciente, benigna, no
ambiciosa, que no obra mal, que no se busca a sí propia, os hará fácil
lo que para la simpatía y el cariño natural es difícil o imposible»
(Testimonio y mensaje, n. 255). Los cristianos iniciaron su
expansión en una sociedad en la que había distintos términos para
expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. Ellos pusieron de moda una
palabra casi desconocida, «ágape», a la que dieron un contenido nuevo y
original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor
inspirado en Jesús. De ahí su interés en formular bien el mandato nuevo
del amor: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo
os he amado». El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se
acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción, su
seguridad o bienestar. Sólo parece interesarse en hacer el bien,
acoger, regalar lo mejor que él tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir.
Lo recordarán así años más tarde en las primeras comunidades
cristianas: «Pasó toda su vida haciendo el bien». Cuando intentamos
vivir el amor en nuestro beneficio –para obtener algo (cerrarte sobre
ti, el chantaje, el dominio, el odio…, a nivel personal, comunitario,
social)–, ese amor alejado de su verdad esclaviza. Si intentamos amar
como le hemos visto amar a Jesús, entonces es el Amor quien conduce y
noso-tros quienes lo seguimos. Entonces el amor diviniza y se convierte
en fuente de vida. Es necesario que nos preguntemos sobre nuestro
modo de amar. Si nos dinamiza o nos repliega, nos da vida o nos lleva a
cerrarnos y encerrar a los demás en la imposición, en la obligación, en
la muerte. Pensemos en formas de muerte –la memoria detenida; los
juicios inamovibles, «justificados» contra los otros; el aislamiento,
el aburguesamiento, la mentira; consentir la burla y maltrato hacia los
débiles e indefensos–, y preguntémonos en qué amor estamos creyendo, en
qué amor hemos dejado de creer. Lo habitual entre nosotros es amar a
quienes nos son simpáticos, a quienes nos aprecian y quieren de verdad,
y ser cariñosos y atentos con nuestros fami-liares y amigos. Lo normal
es vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a
nuestro pequeño mundo de intereses, apartarnos de los que son difíciles
de tratar. Hasta parece correcto vivir rechazando y excluyendo a
quienes nos rechazan o excluyen. Sin embargo, lo que le distingue al
seguidor de Jesús no es cualquier «amor», sino precisamente ese estilo
de amar que consiste en saber acercarse a quienes son más necesitados
de los demás, a quien nos rechaza y relega, a quien nos diferencia de
los demás. «Amar al prójimo es amarlo a Él, por-que Él se ha querido
quedar entre las más repug-nantes apariencias humanas. Con ese amor de
en-trega amaba el Bto. Manuel González» (El Obispo del Sagrario
Abandonado, p. 480).
Hna. Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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