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Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los
labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: "
Señor, enséñanos a orar " (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese
diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: " Permaneced en
mí, como yo en vosotros " (Jn 15,4). Esta reciprocidad es el fundamento
mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida
pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos
abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre.
Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola
plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida
eclesial,17 pero también de la experiencia personal, es el secreto de
un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el
futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en
ellas". Juan Pablo II, NMI, 32 ORAR:
UNA CIENCIA Y UN ARTE. ¿Hace falta la
oración? ¿Se debe enseñar? ¿Se puede aprender? Cierto; sí, es
verdad que es una ciencia y un arte. Sin embargo a
petición de un discípulo: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a
sus discípulos. Jesús accede, volviendo sobre el tema repetida veces.
¿Qué nos dice la
propia experiencia? - Hace treinta años
que sigo fiel a la meditación , pero nunca he meditado. Muchos de
nosotros suscribiríamos esto. ¿Hay alguna causa de tal situación? El
cardenal Lercaro, arzobispo de Boloña, la hallaba ante todo en una
falta de dirección segura: "El primero y más grave defecto es la falta
de una escuela de oración que, hoy en día, se tiende a simplificar en
la superficialidad y en la improvisación..." -
¡Oramos tan poco, tan raras veces, tan mal! Nos lamentamos de ello y
nos parece imposible cambiar. ¿cómo hacerlo? Siempre andamos muy
ocupados: nuestra vida se halla tan colmada de actividades, de
distracciones, incluso de buenas obras que ya no tenemos tiempo para
hacer nada. - Preferimos hacerlo todo antes que
ocuparnos de Dios. Tememos aburrirnos, tememos aprender lo que no
deseamos saber, tememos vernos inducidos a dar lo que no deseamos dar.
Y, sobre todo carecemos de tiempo para Él... Ante
esto, ¿qué diremos? El que toda oración
sea cosa sencilla no significa que no necesite iniciación. Su misma
simplicidad lo exige. Espontaneidad, inmediatez y sencillez (cualidades
de una verdadera oración) no se encuentran al principio, sino, mas
bien, al término de nuestro caminar humano y espiritual, según la
exigencia evolutiva de nuestro ser complejísimo. Así ocurre en todos
los dominios de la vida. Fijaos en las circunstancias más cotidianas,
como en el hacer un tipo de ejercicios, al principio nos cuesta más,
luego al paso de los días, meses o años, somos mucho más ágiles en
aquello que iniciamos con esfuerzo, hasta hacerlo con simplicidad y
espontaneidad, incluso en menos tiempo y queriéndolo aún prolongar
porque llegamos a sentir el gozo de hacerlo. Sí, lo natural se halla al
fin del caminar humano. Antes de ser palabra o
silencio, clamor o murmullo, salmo milenario o inspiración espontánea
escapada hoy del corazón, la oración es la entrada para un encuentro
cara a cara con Dios. Respecto al tiempo: "¡No
tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro
tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. Él es quien
conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad, y nos
entrega " su día " como un don siempre nuevo de su amor. El
descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir, no sólo
para vivir en plenitud las exigencias propias de la fe, sino también
para dar una respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de
cada ser humano. El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo
perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras
relaciones y de nuestra vida"
Juan Pablo II, Dies Domini, 14-15 El
bien que tiene quien se ejercita en oración hay
muchos santos y buenos que lo han escrito; digo oración mental. ¡Gloria
sea a Dios por ello! Y cuando no fuera esto, aunque soy poco humilde,
no tan soberbia que en esto osara hablar. De lo que yo tengo
experiencia puedo decir, y es que por males que haga quien lo
ha comenzado, no la deje; pues es el medio por donde puede tornarse a
remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y no le tiente el
demonio por la manera que a mí, a dejarla por humildad; crea que no
pueden faltar sus palabras; que en arrepintiéndonos de veras y
determinándose a no ofenderle, se torna a la amistad que estaba, y
hacer las mercedes que antes hacía, y a las veces mucho más, si el
arrepentimiento lo merece. Y quien no la ha comenzado, por amor del
Señor le ruego yo no carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino
que desear; porque, cuando no fuere adelante y se esforzase a ser
perfecto, que merezca los gustos y regalos que a éstos da Dios a poco
ganar irá entendiendo el camino para el cielo; y si persevera, espero
yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo (que no se
lo pagase); que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar
de amistad, estando muchas veces tratando a solas con
quien sabemos nos ama. Y si vos aún no le amáis, porque para
ser verdadero el amor y dure la amistad, hanse de encontrar las
condiciones; la del Señor ya se sabe que no puede tener falta, la
nuestra es ser viciosa, sensual, ingrata, no podéis acabar con vos de
amarle tanto, porque no es de vuestra condición; mas viendo lo mucho
que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama, pasáis por esta
pena de estar mucho con quien es tan diferente de vos. Vida
de Santa Teresa, 8. La oración, más que
definición, es experiencia. Así habla nuestro beato D. Manuel:
" ¡La oración! ¡La llave de oro que abre de par en par el
Corazón de Jesús! ¡La luz divina que disipa todas las tinieblas y
aclara todos los misterios! ¡El bálsamo que cura las heridas del alma,
sana los cuerpos y perfuma la vida! ¡el secreto de la paz y de la dicha
en medio de las penas acerbas, y receta de la más excelsa santidad!"
La decisión, la determinación, es la raíz de una
vida de oración. Decidirse a orar es determinarse por Dios
como el valor primero y fundamental de la vida. Decidirse a orar es
determinarse a no perder a Dios, a traerle junto a sí. Decidirse a orar
es querer que Dios sea como el aire que se respira, como la luz que nos
envuelve. Es querer que Dios sea Dios en la vida. Se
propone leer una carta sobre la oración.
CARTA SOBRE LA ORACIÓN
de Bruno Forte
Me preguntas ¿por qué rezar? Te contesto, para vivir. Porque, en
efecto, para vivir de verdad hay que rezar. ¿Por qué? Porque vivir
significa amar. Una vida sin amor no es vida. Es soledad vacía, es
cárcel y es tristeza. Sólo quien ama vive de verdad. Y solamente ama
quien se siente amado, alcanzado y transformado por el amor. Así como
la planta no puede florecer y dar sus frutos si no recibe los rayos del
sol, también el corazón humano no puede abrirse a la vida verdadera y
plena si no es alcanzado por el amor. Ahora bien, el amor nace y vive
del encuentro con el amor de Dios, el más grande y verdadero de todos
los amores posibles; más aún: el amor que está más allá de cualquier
definición que podamos dar y de todas nuestras posibilidades. Al rezar
nos dejamos amar por Dios y nacemos al amor. Por lo tanto, quien ama
vive en el tiempo y para la eternidad. ¿Y quién no reza?
Quien no reza corre el riesgo de morir interiormente, porque tarde o
temprano le faltará el aire para respirar, el calor para vivir, la luz
para ver, el alimento para crecer y la alegría que da sentido a la
existencia. Me dices: ¡pero yo no sé rezar! Me
preguntas: ¿cómo se reza? Te contesto: empieza por darle algo de tu
tiempo a Dios. Al comienzo, no importará que ese tiempo sea mucho, sino
que tú se lo des con fidelidad. Fija tú mismo un tiempo para darle cada
día al Señor, y dalo con fidelidad, cotidianamente, cuando lo sientas y
cuando no. Busca un lugar tranquilo, donde si es posible haya algún
signo que remita a la presencia de Dios. Medita en silencio, invoca al
Espíritu Santo para que sea él quien diga en ti: "Abbá, Padre". Llévale
a Dios tu corazón, aunque esté confuso. No tengas miedo de decirle
todo: tus dificultades y tu dolor, tu pecado y tu incredulidad, y
también tu rebelión y tu oposición, si así lo sientes.
Abandonándolo todo en las manos de Dios. Recuerda que es Padre-Madre en
el amor, que todo lo recibe, todo lo perdona, todo lo ilumina, todo lo
salva. Escucha su silencio. No quieras recibir en seguida respuestas.
Persevera. Como el profeta Elías, camina en el desierto hacia el monte
de Dios. Y cuando te hayas acercado a él, no lo busques en el viento,
en el temblor o en el fuego, en signos de fuerza o de grandeza, sino en
la voz sutil del silencio. No pretendas poseerlo, deja en cambio que
pase por tu vida y por tu corazón, que toque tu alma y se deje
contemplar por ti aunque sólo sea de espaldas.
Escucha la voz de su silencio. Escucha su Palabra de vida. Abre la
Biblia y medita con amor. Deja que la palabra de Jesús hable al corazón
de tu corazón. Lee los salmos, donde encontrarás expresado todo lo que
querrías decirle. Escucha a los apóstoles y a los profetas. Enamórate
de la historia de los patriarcas, del pueblo elegido y de la iglesia
naciente. Cuando hayas escuchado la Palabra de Dios, sigue caminando
por los senderos del silencio, dejando que el Espíritu te una a Cristo,
Palabra eterna del Padre. Al comienzo, te podrá parecer que el tiempo
es demasiado. Persevera con humildad, dándole a Dios todo el tiempo que
logres darle, pero nunca menos de lo que estableciste poder darle cada
día. Verás que, de cita en cita, tu fidelidad se verá premiada. Y
advertirás que poco a poco crecerá en ti el gusto por la oración: lo
que al inicio te parecía inalcanzable, se tornará cada vez más fácil y
hermoso. Comprenderás que lo que cuenta no es obtener respuestas, sino
ponerse a disposición de Dios. Y verás que todo lo que presentes en la
oración poco a poco se irá transfigurando. Cuando
vayas a rezar con el corazón agitado, si perseveras, advertirás que
luego de haber rezado largamente no obtendrás respuestas a tus
interrogantes, pero ellos se irán derritiendo como la escarcha ante el
sol. Y en tu corazón irrumpirá una gran paz: la paz de estar en las
manos de Dios y de dejarte conducir con docilidad por él hacia el lugar
que te ha preparado. Entonces, tu corazón renovado podrá cantar el
cántico nuevo, y el Magnificat de María estará espontáneamente en tus
labios y será cantado por la silenciosa elocuencia de tus obras.
Sin embargo, no faltarán momentos de dificultad. A veces no
podrás acallar el ruido que te rodea y que está en ti; a veces sentirás
el cansancio y hasta el desagrado de rezar; a veces tu sensibilidad
preferirá cualquier otra cosa menos que estar en oración frente a Dios,
como si ese fuera sólo "tiempo perdido". Sentirás, finalmente, las
tentaciones del Maligno, que tratará de separarte del Señor, de
alejarte de la oración. No temas. Las mismas pruebas que tú vives las
experimentaron antes los santos, a menudo mucho más abrumadoras.
Persevera, resiste y recuerda que lo único que realmente podemos darle
a Dios es la prueba de nuestra fidelidad. Con la perseverancia salvarás
tu oración y tu vida. Llegará después la hora de
la "noche oscura", cuando todo te parecerá árido o inclusive absurdo en
las cosas de Dios. No temas. Ese es el momento en que Dios lucha junto
a ti: remueve todo pecado en la confesión humilde y sincera de tus
culpas y busca el perdón sacramental. Dale a Dios más de tu tiempo.
Deja que la noche de los sentidos y del espíritu se convierta para ti
en la hora de la participación en la pasión del Señor. En este punto
Jesús mismo cargará con tu cruz y te conducirá consigo hacia la alegría
de la Pascua. No te asombrará, entonces, descubrir como amable esa
noche, ya que la verás transformada para ti en noche de amor, inundada
por la alegría de la presencia del Amado. No
tengas miedo, por tanto, de las pruebas y de las dificultades de la
oración. Recuerda solamente que Dios es fiel y no permitirá nunca una
prueba sin salida, no dejará nunca que seas tentado sin darte la fuerza
para soportar y vencer. Déjate amar por Dios. Como una gota de agua que
se evapora bajo los rayos del sol y sube para volver a la tierra como
lluvia fecunda o rocío consolador, deja así que tu ser sea cincelado
por Dios, plasmado por el amor de los Tres, absorbido y restituido a la
historia como regalo fecundo. Deja que la oración haga crecer en ti la
libertad de todo miedo, el valor y la audacia del amor, la fidelidad a
las personas que Dios te ha confiado y a las situaciones en las que te
ha puesto, sin buscar evasiones o consuelos mediocres. Aprende, al
rezar, a vivir la paciencia de esperar los tiempos de Dios, que no son
los nuestros, y a seguir sus caminos, que a menudo tampoco son los
nuestros. Un don especial, fruto de la fidelidad
en la oración, será el amor por los demás y el sentido de Iglesia.
Cuanto más reces, mayor misericordia sentirás por los demás, más
querrás ayudar a quien sufre, más tendrás hambre y sed de justicia para
con todos, especialmente con los más pobres y débiles, más te harás
cargo del pecado de los otros para completar en ti lo que falta a la
pasión de Cristo. Al rezar, sentirás qué bello es estar en la barca de
Pedro, solidario, dócil, sostenido por la oración de todos, dispuesto a
los demás con gratuidad, sin pedir nada a cambio. Al rezar sentirás
crecer en ti la pasión por la unidad del cuerpo de Cristo y de toda la
familia humana. Al rezar se aprende a rezar, y se
gustan los frutos del espíritu que dan verdad y belleza a la vida. Al
rezar, uno se transforma en amor; y la vida cobra el sentido y la
hermosura que Dios ha querido. Al rezar se advierte la urgencia de
llevar el Evangelio a todos, hasta los últimos confines de la tierra.
Al rezar se descubren los infinitos dones del Amado y se aprende a
darle gracias por cada cosa. Al rezar se vive. Al rezar se ama, se
alaba. Si tuviera, entonces, que desearte el regalo más
preciado, si quisiera pedírselo a Dios para ti, no dudaría en solicitar
el don de la oración. Se lo pido. Y tú no dudes en pedírselo a Dios
para mí. Y para ti. Que la paz de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de
Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén contigo. Y tú en
ellos, porque al rezar entrarás en el corazón de Dios, escondido con
Cristo en él, envuelto en su amor eterno, fiel y siempre nuevo. Ya lo
sabes, quien reza con Jesús y en él, quien reza a Jesús o al Padre o
invoca su Espíritu, no le está rezando a un Dios genérico y lejano.
Desde el Padre, por medio de Jesús, gracias al Espíritu, cada uno
recibirá el don perfecto, el más oportuno, el que le ha sido preparado
desde siempre. Es el regalo que nos espera. El regalo que te espera.
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